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Suiza: la batalla subterránea por los OGM

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Cuando una campaña “protectora” prepara la llegada de aquello que dice combatir

Un debate que resurge en un momento de reconfiguración global

En tiempos de incertidumbre, ciertos debates reaparecen con fuerza. El de los organismos genéticamente modificados (OGM) en Suiza es uno de ellos. Mientras la agricultura helvética enfrenta un deterioro económico, la pérdida acelerada de biodiversidad y la presión creciente de los mercados globalizados, el país vuelve a situarse en el centro de una disputa política que muchos creían resuelta desde la instauración del moratorio de 2005. Pero esta vez, el retorno de los OGM no se presenta como un choque frontal: avanza de manera silenciosa, envuelto en un lenguaje tecnocrático y sostenido por una convergencia discreta entre el Consejo Federal, los grupos agroquímicos y parte de las organizaciones agrícolas.

Lo que está en juego va mucho más allá de la técnica. Es un momento en que se reordenan las relaciones de fuerza entre la agricultura campesina, la agroindustria y las instituciones políticas. Y es precisamente en estos períodos de transición cuando los desplazamientos semánticos, los compromisos ambiguos y las iniciativas aparentemente protectoras se convierten en herramientas decisivas.

Una iniciativa que tranquiliza en la superficie, pero normaliza la llegada de los OGM

La iniciativa popular “Por alimentos sin OGM”, lanzada en 2025 por la Alianza Suiza para una Agricultura sin Ingeniería Genética (ASGG), se presenta como un escudo frente a la liberalización. Su título sugiere continuidad del moratorio, prudencia, protección. Sin embargo, al examinar su contenido aparece un paradoja: el texto no busca prohibir los OGM, sino regular su presencia futura. No impide su llegada: la administra.




El artículo 4 exige etiquetar los alimentos que contengan OGM. El artículo 5 establece mecanismos para gestionar los “costos de coexistencia” entre cultivos OGM y no OGM. El artículo 6 reconoce la patentabilidad de las variedades genéticamente modificadas. En conjunto, estas disposiciones no constituyen un rechazo, sino la aceptación de que los OGM formarán parte del paisaje agrícola suizo.

Para los sectores campesinos críticos, este giro es decisivo. La granja colectiva del Joran, en Orbe, miembro de Uniterre, lo resume así:

“Al poner condiciones a la llegada de los OGM, la iniciativa acepta que esa llegada es inevitable”.

Ya no se trata de una iniciativa de oposición, sino de gestión. Una forma de volver aceptable lo que hasta ahora era políticamente impensable.

La ley especial: un rodeo explícito a la voluntad popular

En paralelo, el Parlamento suizo examina una “ley especial” destinada a excluir ciertas plantas modificadas genéticamente del moratorio. Para justificar esta excepción, se recurre a un vocabulario cuidadosamente elaborado: “nuevas técnicas de selección”, “edición genómica”, “variedades innovadoras”. El lenguaje se convierte en herramienta política. Ya no se habla de manipulación genética, sino de “modernización”.

La Coalición por un VERDADERO NO a los OGM denuncia un “intento de eludir la voluntad popular” y una “maniobra antidemocrática impulsada por el lobby agroalimentario”. Recuerda que el moratorio ha sido confirmado varias veces en las urnas y que la población suiza nunca ha expresado el deseo de flexibilizar la legislación.

La disputa no es técnica: es democrática. ¿Quién decide el futuro agrícola del país? ¿La ciudadanía o las instituciones alineadas con los intereses industriales?

Lecciones desde otros territorios: cuando la coexistencia se convierte en contaminación

Los defensores de flexibilizar la normativa afirman que las nuevas técnicas permitirían una coexistencia armoniosa entre cultivos OGM y no OGM. Sin embargo, la experiencia internacional —incluida la latinoamericana— cuenta otra historia.

  • Canadá: 80% de los silos de colza no transgénica terminaron contaminados con genes “Roundup Ready”, obligando a productores orgánicos a abandonar la actividad.
  • México: el maíz nativo fue contaminado pese a la prohibición nacional.
  • India: el algodón Bt generó endeudamiento masivo y miles de suicidios campesinos.
  • Burkina Faso: los costos aumentaron y los rendimientos cayeron.
  • Europa: incluso las modificaciones “de precisión” muestran límites; gallinas editadas con CRISPR para resistir la gripe aviar facilitaron la adaptación del virus a humanos.

La coexistencia no es un escenario técnico: es una ficción política. Una narrativa útil para hacer aceptable lo inaceptable.

Una fractura campesina: cuando la base rechaza la estrategia de las cúpulas

Uno de los elementos más reveladores de esta campaña es la fractura interna del mundo agrícola. Mientras las organizaciones faeneras apoyan la iniciativa, varias granjas y colectivos se niegan a respaldarla. Su crítica es doble: la iniciativa no protege realmente a la agricultura campesina y, además, legitima un modelo basado en la dependencia de patentes y multinacionales.

La granja del Joran recuerda que no es la primera vez que la ASGG adopta posiciones ambiguas. En 2008, StopOGM hablaba de crear “regiones con OGM” dentro de una Suiza “sin OGM”. En 2014, la organización se mostraba dispuesta a “adaptar la coexistencia a la realidad suiza”. Hoy, la historia se repite.

Para estos sectores, la cuestión ya no es técnica, sino política: ¿es posible defender la agricultura campesina aceptando las lógicas industriales que la debilitan?

Una contra‑campaña que rechaza la resignación

Frente a lo que considera una capitulación, la Coalición por un VERDADERO NO a los OGM llama a una movilización directa. Propone una alianza entre campesinos, artesanos de la tierra, ciudadanos y ciudadanas, sin distinción de partido ni etiqueta. Rechaza que el acceso a alimentos sin manipulación genética se convierta en un privilegio de las clases acomodadas o de quienes consumen productos orgánicos.

Para la coalición, la disyuntiva es clara:

  • Suiza mantiene una agricultura basada en la diversidad, los territorios y la autonomía;
  • ingresa plenamente en un modelo agroindustrial donde las semillas, las normas y las prácticas son dictadas por las multinacionales.

No hay tercera vía.

Un debate presentado como técnico, pero profundamente político

La campaña suiza sobre los OGM revela un paradoja: quienes dicen proteger al país de la manipulación genética están preparando las condiciones para su introducción. La iniciativa tranquiliza, pero normaliza. La ley especial elude la voluntad popular. Los lobbies avanzan bajo un lenguaje tecnocrático. Y una parte del mundo campesino se niega a acompañar lo que considera una rendición anticipada.

Lo que está en juego no es solo el futuro de las semillas. Es la soberanía alimentaria. Una soberanía que no se mide únicamente en hectáreas o rendimientos, sino en la capacidad colectiva de decidir qué se cultiva, qué se come y qué tipo de sociedad se quiere construir.



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Elena Rusca

Periodista, corresponsal en Ginebra

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