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Los desconectados

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Herman Hess, en su obra póstuma “ El juego de los abalorios”, plantea un problema central de la humanidad actual: la separación, está especie de   “apartheid” que viven las capas dirigentes, empresariales, militares y todas las estructuras del poder, con respecto de la realidad real, la del hombre que sufre la vida, que sobrevive contra la corriente, que es atiborrado de publicidad seductora, de promesas de felicidad, pero que se ve atrapado por una riqueza que se evapora hacia las alturas y que nunca fertiliza la tierra que los alimenta, que no desciende como lluvia que fertiliza, sino que se queda atrapada en cúmulos grises llevados lejos por vientos que corren en otras corrientes de la estratósfera.  

Pero está separación tiene otra complejidad, se forja y convierte en una ilusión de cerradas certezas, una especie de fe canónica, que no admite confrontación ni duda. Es la utopía, de Milton, es la “Castalia” de Hess. Un pequeño enclave ideal, de gentes superiores, de supremacistas del intelecto doctrinario, esos que tienen y cultivan la verdad teórica amarrada a una elocuencia publicitaria incontrarrestable, esa que al gran intelectual germano- suizo le correspondió vivir en su tiempo, es decir la voluntariosa organización del poder diseñada con tal pureza de contaminantes, con tal asepsia, que nada de lo real lo problematiza, con lo cual le faculta crecer de manera endogámica, ajena a otra influencias críticas, lejos de las experiencias contrastantes. Se desarrollan en campana de vidrio, como escuelas teóricas que especulan con vocación bizantina, sin contacto efectivo con la realidad o torciendo la nariz de la misma realidad si ésta se les confronta como contradictoria, incluso como duda cuestionadora. 

Estos grupos de la supremacía separatista, cuentan y fomentan una nueva cultura universalizada, que conocemos como la filosofía posmoderna. 

Este pensamiento, que nace en la academia de la Europa de posguerra, fundamentalmente en Francia, y que postea a la filosofía existencialista de un Sartre, Heidegger y Kierkegaard, viene a resaltar ya no el valor solo del individuo, sino del individualismo agremiado como secta. Afirma que la comunicación y la obligación del discurso no es universal sino grupal, yo sólo puedo entenderme con los que piensan y hablan en un mismo lenguaje, con los mismos valores. Con el resto estoy desobligado, no puedo entenderme, por tanto los clausuro, y si me perturban, los combato. No aceptan ruidos que interfieran el flujo comunicacional entre iguales, pero esos iguales son los residentes en balnearios cinco estrellas, como también pueden ser las camarillas de especialista (economistas, ingenieros, médicos, teólogos, ideología, etc.), así como pueden ser los proletarios, los pobladores marginales, los sin techo, los migrantes, los discriminados por raza o sexo. 




Este caos de incomunicabilidad, es el magma donde se genera el suelo caliente de la convivencia imposible.  

Dentro de este ambiente es que vivimos la historia contemporánea. Los absolutismos fácticos, reales y virtuales, ideológicos o pragmáticos, que vienen poblando los países, hacen valer sus dogmatismos excluyentes, totalistas o totalitarios. Más del sesenta porciento  de la población mundial vive bajo regímenes no democráticos, y quienes  habitan democracias formales, vienen sufriendo el acoso de las fuerzas autoritarias que ganan terreno ante las crisis mundiales, generadas desde los regímenes “ separatistas” (neoliberalismo concentrador, neo imperialismo belicista, negacionistas climáticos, transnacionalismo), que deterioran la calidad de vida incluso de las sociedades más equitativas y democráticas, que se sienten amenazadas por las corrientes migratorias, deterioro del salario y escasez de oportunidades laborales y educativas, producto de la precarización de los Estados y las políticas sociales. 

El sector empresarial y las capas capitalistas más exuberantemente ricas de cada país, también aplican la doctrina de la desconexión. No sé comprometen en el destino económico de sus sociedades, simplemente buscan maximizar la utilidad de sus accionistas y evitan pagar impuestos, chantajeando a los tomadores de decisión, con redireccionar sus inversiones hacia regiones más permisivas. 

Esto ha hecho que los países que han adquirido más altos estándares de vida, desde hace tres décadas vienen confrontando un deterioro de las cuentas fiscales, con lo que han debido incrementar, año tras año, sus déficit fiscales, acumulando deudas impensadas hasta por los mejores especialistas de la economía. Japón exhibe una deuda pública que equivale al 250% de su PIB, Estados Unidos equivalente al 120% de su PIB., Francia alcanza a una deuda pública equivalente al 115% de su PIB., Reino Unido Alcanza el 101% de su PIB. 

Las élites políticas viven en una especie de Castalia, es decir habitan una comunidad separada, llena de privilegios, cuya única función es alcanzar el dominio perfecto de las teorías del poder. 

Pero, como lo plantea Hess, viven desconectados de las necesidades mundanas, en una especie de academia platónica, un mundo lleno de ideas pero sin cable a tierra, sin efectos positivos sobre la existencia. Equivale a la crítica que hacía Marx a la filosofía idealista alemana de su tiempo  

 ¿De qué sirve tanta teoría si no encarna en la realidad, si no se ocupa de su verificación o falseamiento? 

Castalia busca excelencias con rendimientos probados, pero excelencias no incumbentes, no comprometidas, ajenas y enajenadas, inmersas en sus exclusivos juegos de abalorios. 

Este juego de abalorios del mundo neoliberal, consiste en los rendimientos máximos del capital. En eso han adquirido la sabiduría de excelencia. Nunca el dinero fue tan pródigo en esta “Castalia” capitalistas. Pero el Mundo externo a Castalia lo pasa mal: concentración de poder despótico, concentración obscena del poder económico, degradación moral ( fraudes, corrupción privada y en los estamentos públicos, prevaricación, delincuencia organizada, malversaciones, represión, guerras, violación de derechos humanos), pero también degradación ambiental. Cómo la llamaba Hegel, la “Razón astuta”, ha dado en ser la más ilusa de las razones. 

Los altos rendimientos económicos y tecnológicos no vienen acompañados de mayor bienestar, sino de un malestar maligno de las personas, que se expresa en suicidio, alcoholismo, drogadicción y dependencia de medicinas psicotrópicas, violencia urbana, criminalidad, en el estrés del endeudamiento creciente de las familias y el encarecimiento constante de los costos de vida, con la consecuente caída de la natalidad en los jóvenes, necesariamente asociada también al alto nivel de desempleo juvenil. 

Pero, con todo, las empresas siguen disciplinando a las sociedades, cargando los rendimientos crecientes a la reducción relativa de los salarios globales (migración de las inversiones a países con salarios más bajos) y a los Estados que ofrezcan condiciones tributarias de máxima flexibilidad y holgura. 

La órbita en que circulan los “juegos de abalorios”, están estratosféricamente separadas del mundo real. La “ Castalia” florece en su capitalismo ideal, mientras las sociedades padecen la decadencia y conflictividad, producto de las incompetencias estructurales y de la total contradicción entre el idealismo teórico absolutista y la Praxis real. 

 

Hugo Latorre Fuenzalida

 



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Hugo Latorre Fuenzalida

Cientista social

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