
La USS como nodo: cuando la élite se encuentra a sí misma
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I. El caso que no quiere ser caso
Todo comenzó —se nos dijo— con un sueldo. Uno alto, sin duda, pero no ilegal. La defensa fue rápida: en el mercado académico global, se argumentó, estas cifras no son excepcionales. Y sin embargo, el problema nunca fue solo el monto.
Porque cuando Marcela Cubillos aparece en el centro de la escena, lo que se activa no es únicamente una discusión salarial, sino una pregunta más incómoda: ¿qué tipo de instituciones estamos observando?
La Universidad San Sebastián (USS) no es, en este relato, un simple plantel universitario. Es algo más parecido a un punto de encuentro. Un espacio donde trayectorias políticas, capital simbólico y redes de influencia convergen con naturalidad.
El caso, entonces, deja de ser un caso. Y pasa a ser un síntoma.
II. La normalidad de lo anómalo
No hay ilegalidad comprobada. Conviene repetirlo.
Pero tampoco hay normalidad.
Exministros, exsubsecretarios, dirigentes partidarios, figuras públicas. La lista es conocida y ha sido documentada. Todos circulan por la misma órbita institucional. Todos, además, en un contexto donde la transparencia es, por decirlo suavemente, incompleta.
La derecha —y en particular su versión más ideológica, representada por el entorno del Partido Republicano— ha defendido históricamente la lógica del mercado en la educación. Menos Estado, más libertad, más competencia.
Pero aquí aparece la primera contradicción estructural:
Se defiende el mercado, pero se habitan espacios altamente cerrados.
Se predica competencia, pero se practica concentración.
No es el mérito el que organiza estas redes. Es la pertenencia.
III. La red como forma de poder
El punto de inflexión no está en la universidad, sino en la superposición de esferas.
Cuando nombres vinculados a la política coinciden con figuras del sistema judicial —como Manuel Guerra en el contexto del Caso Hermosilla— el mapa cambia.
Ya no estamos ante una institución.
Estamos ante una red.
Y las redes tienen una lógica distinta:
No necesitan ilegalidad para operar
No requieren coordinación explícita
Funcionan a través de confianzas acumuladas
Aquí la contradicción se profundiza:
Se exige institucionalidad fuerte, pero se construyen circuitos paralelos de influencia.
Se invoca el Estado de derecho, pero se navega en sus bordes.
No es necesario afirmar corrupción para advertir un problema democrático. Basta con observar la densidad de las conexiones.
IV. La fragilidad del control
En este contexto, la salida del Superintendente de Educacion José Miguel Salazar no es un detalle administrativo. Es un gesto político.
Ocurre en medio de una investigación.
Ocurre cuando la atención pública crece.
Ocurre, sobre todo, cuando el sistema debía demostrar autonomía.
¿Fue una decisión técnica? ¿Una señal de gestión? ¿Un intento de ordenar la crisis?
Puede ser todo eso.
Pero también revela algo más incómodo:
La fiscalización, en Chile, sigue siendo estructuralmente vulnerable al poder que debe supervisar.
Y ahí la contradicción se vuelve institucional:
Se crean organismos para controlar al sistema, pero el sistema sigue teniendo la capacidad de tensionarlos.
V. Intensidad y riesgo
No estamos frente a un escándalo equivalente a los del lucro universitario. No hay, hasta ahora, cierres ni delitos comprobados. La intensidad es menor.
Pero el riesgo es distinto —y quizás más profundo.
Porque lo que aparece no es una falla puntual, sino una forma de funcionamiento:
redes densas
baja transparencia
alta circulación de élites
débil separación entre esferas
La democracia no solo se erosiona con crisis abiertas. También lo hace cuando estas lógicas se naturalizan.
Y aquí la derecha enfrenta su propia paradoja:
Ha hecho de la defensa institucional su bandera, mientras tolera —o al menos convive con— estructuras que operan por fuera de esa promesa.
VI. La pregunta que queda
Chile ya conoció los límites de un sistema donde lo público y lo privado se entrelazaban sin suficiente control. Lo vio en el financiamiento de la política. Lo vio en el lucro en la educación.
Hoy, la historia no se repite exactamente.
Pero rima.
La Universidad San Sebastián puede no ser el origen de este fenómeno. Pero sí parece uno de sus nodos más visibles.
Y cuando los nombres se repiten, cuando las trayectorias convergen, cuando las instituciones se transforman en espacios de circulación de poder más que de deliberación pública, la pregunta deja de ser incómoda y pasa a ser inevitable:
¿cuánto de nuestra democracia está siendo sostenida por reglas formales… y cuánto por redes que nunca votamos?
Simón del Valle





