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Hugo Herrera invoca a Kant, pero votó Kast: Cuando el aprendiz de filósofo es incoherente

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Hugo Herrera, profesor de filosofía del derecho en la UDP y comentarista político, reveló en entrevista a Tomás Mosciatti que en segunda vuelta votó por José Antonio Kast. Pudo haberse abstenido, anular, votar en blanco o por Jeannette Jara, la candidata de la coalición Unidad por Chile. Pero Herrera eligió a Kast. El problema no es el voto en sí, sino que Herrera invoca constantemente a Immanuel Kant en el debate público. Y Kast encarna lo que el filósofo alemán condena en su doctrina, tanto ética como políticamente. La conclusión es ineludible: quien defiende auténticamente a Kant no debe votar por J. E. Kast. El voto de Herrera no es un matiz ni un mal menor: es una contradicción lógica y práctica.

Para entender por qué, conviene recordar quién fue Kant y qué enseñó. Immanuel Kant nació en 1724 en Königsberg, Prusia Oriental (hoy Kaliningrado, Rusia), y murió en 1804. Fue uno de los pensadores centrales de la Ilustración y la Modernidad occidental y sentó las bases de la democracia con una enseñanza simple e imperativa: trata a cada persona como un fin en sí misma, nunca como un mero instrumento. Puedes pedirle a un trabajador que realice su tarea, pero no puedes explotarlo, pagarle una miseria y desecharlo. Puedes querer regular la inmigración, pero no deshumanizar a los migrantes. La persona tiene dignidad, no precio. Esa dignidad es universal: ningún Estado puede tratar al extranjero como enemigo por el solo hecho de llegar. De allí deriva Kant el derecho de hospitalidad.

Y en su opúsculo de 1795, Sobre la paz perpetua, Kant no solo defendió la paz entre las naciones, sino que esbozó la idea de una «Sociedad de naciones» (una federación de estados libres). Esta visión, que rechazaba un superestado mundial para evitar el despotismo, es el precedente filosófico directo de la actual Organización de las Naciones Unidas. Tan necesaria hoy para condenar los crímenes de guerra y contra la humanidad como condición de la paz.

Otra gran lección filosófica está en su artículo de 1784 ¿Qué es la Ilustración?Sapere aude, ¡atrévete a pensar por ti mismo! La ilustración (El Siglo de las Luces de la razón, criticado por todas las corrientes oscurantistas, conservadoras y neorreaccionarias) es salir del infantilismo, esa cómoda pereza que consiste en ponerse voluntariamente bajo tutela y delegar en otros —el pastor, el militar, el autócrata— la tarea de pensar. Kant exige el uso público de la razón en condiciones de igualdad: nadie puede clausurar el debate racional. La política republicana se basa en la discusión abierta y argumentada, en la certeza de que el adversario es un interlocutor, no un enemigo a silenciar.




Ahora miremos a Kast. Lo demostró. Como neoliberal, reduce el trabajo a mercancía y se opone al avance de los derechos sindicales: trata a la persona como un instrumento desechable.

Hay un punto aún más oscuro: Pinochet es el agujero negro del kantismo de Herrera en su voto por el actual presidente. Kast admira la figura del tirano. Ha lamentado que el dictador Pinochet no pudiera defenderse. Kant es inequívoco: un régimen que tortura, hace desaparecer personas y asesina anula la condición misma de República. No existe «forma histórica concreta» que justifique el terror de Estado. «La dignidad no es un precio», escribe Herrera. Pero votar por quien admira a quien pisoteó la dignidad de miles de chilenos es una contradicción insalvable. En la misma línea, su gobierno ha aplicado la “motosierra” a los Sitios de Memoria (veinte mil millones recortados) y pretende indultar a militares condenados por crímenes de lesa humanidad. Amnistía Internacional ha alertado que eso «ampliaría la brecha de impunidad».

En el plano fiscal, las contradicciones se vuelven aún más concretas.

¿Puede universalizarse la evasión tributaria? Aquí la contradicción de Hugo Herrera alcanza un punto agudo. El problema, claro, es que Mosciatti no conoce un carajo de filosofía y además tiene memoria selectiva. Vamos recordando los Panama Papers. En 2019, una investigación de La Tercera reveló que Kast participó en un holding familiar que incluyó tres sociedades constituidas en Panamá —Foods & Merchandising Investments Inc., Austral Inversiones S.A. y Latin American Real Estate Investment Co.— que nunca fueron declaradas en ninguna de sus declaraciones de patrimonio durante sus 16 años como diputado, pese a que una ley de 2016 obliga expresamente a declarar títulos en el extranjero.

Frente a la evidencia documental, J. A. Kast declaró en televisión: «No tengo nada en Panamá. Uno no puede declarar lo que no existe.” Sin embargo, actas del Registro Público de Panamá lo describen, junto a su hermano, como titulares de la totalidad de las acciones emitidas y en circulación de esas tres sociedades. Investigaciones más recientes revelan que una fusión realizada en 2024 transfirió el control de cuatro hoteles en Florida desde empresas chilenas hacia una sociedad panameña, lo que implicaría retirar esos activos del alcance del fisco chileno.

Nada de portaliano por aquí entonces. Ahora apliquemos el imperativo categórico kantiano en su formulación más conocida: actúa solo según aquella máxima que puedas querer que se convierta en ley universal. La máxima implícita en esta operación sería algo así: «Quien tiene suficientes recursos puede trasladar sus activos a paraísos fiscales o estructuras opacas para reducir su contribución al Estado, beneficiándose de los servicios públicos sin pagar por ellos». ¿Puede Kast querer que esa máxima se convierta en ley universal? Evidentemente no. Ya que, si todos los ciudadanos hicieran lo mismo, el Estado chileno se quedaría sin fondos para escuelas, hospitales, tribunales y seguridad. La máxima se autodestruye al universalizarse. Por lo tanto, es moralmente ilegítima. Si la igualdad republicana kantiana exige que la ley se aplique a todos sin excepción, la elusión fiscal —por más que se disfrace de «simplificación»— no es una mera irregularidad: es una ruptura del pacto republicano. Quien diseña su patrimonio para beneficiarse del orden que otros financian se trata como fin mientras trata a los demás como medios.

Pero hay un agravante que Herrera parece ignorar o minimizar. El presidente J. A. Kast no es un fenómeno aislado: es parte activa de una internacional de extrema derecha que ha declarado la guerra a la Ilustración. Preside la Political Network for Values, se reúne con Viktor Orbán y Santiago Abascal, y participa en la CPAC junto a Donald Trump y Jair Bolsonaro. Estas corrientes no solo discrepan de Kant: lo combaten abiertamente. Publicaciones de ese espectro acusan a la Ilustración de haber destruido la familia, la tradición y el orden natural, y propugnan un retorno a la autoridad incuestionada. El guion es el mismo en todas partes: cerrar el debate migratorio, estigmatizar al disenso, jerarquizar la dignidad humana. Kast ha asumido ese guion como propio, y Herrera, al votar por él, lo ha respaldado. Frente a esta moral heterónoma —valores impuestos por los poderes fácticos—, Kant defendió la autonomía moral del sujeto libre que piensa por sí mismo. Herrera, sin embargo, se ha puesto del otro lado. Así se normalizan las violaciones de derechos.

Escrutemos la influencia actual de Kant en el filósofo alemán Jürgen Habermas, fallecido hace apenas unas semanas, quien fue quizás el heredero más riguroso de Kant en el siglo XX. Su vida entera fue una defensa de la democracia deliberativa, del espacio público como condición de la libertad. Habermas dedicó su obra a mostrar que la legitimidad política no nace de la identidad, la tradición o la voluntad del líder, sino de la discusión abierta entre ciudadanos libres e iguales. Por eso, ante líderes que clausuran los debates, que minimizan dictaduras o que esconden su fortuna en paraísos fiscales, Habermas habría sido implacable. Jamás, bajo ningún cálculo estratégico, habría votado por José Antonio Kast. Pero el problema de Herrera no es solo personal: es un daño público. Al invocar a Kant para criticar a la izquierda mientras respalda a quien viola todo lo que Kant representa, Herrera intoxica el espacio público. Induce a sus lectores a creer que se puede ser kantiano y votar por Kast, cuando la verdad es que se trata de una contradicción imposible.

Llegados a este punto, alguien podría objetar que Herrera justificó su voto con aquello de «mejor muerto que rojo«. Una frase, dicho sea de paso, que no es un simple dicho popular: fue un eslogan de propaganda nazi. La versión alemana «Lieber tot als rot» fue utilizada por el ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial para movilizar a la población alemana contra el avance del Ejército Rojo. Como documenta la Wikipedia alemana, Goebbels la difundió a través de Radio Werwolf para motivar a soldados y civiles «a luchar contra el Ejército Rojo hasta la propia muerte». Herrera, sin saberlo quizás, justificó su voto con la misma lógica que el verdugo de la propaganda nazi. El «rojo» al que se refería era Jeannette Jara.

Pero aquí hay una salvedad que Herrera omite deliberadamente: el programa de Jara no violaba los principios kantianos. Se podía estar en desacuerdo con su militancia comunista, se podía discutir su concepción de la propiedad o su historia, pero ella no proponía evasión fiscal, ni nostalgia dictatorial, ni gobernar por decretos, ni por mentiras ni por la clausura del debate o por el apoyo de organizaciones internacionales de extrema derecha. Era una adversaria política legítima dentro de las reglas republicanas. Herrera, sin embargo, prefirió a Kast, que sí viola sistemáticamente esos principios. ¿Qué opciones kantianas tenía? Podía abstenerse, podía votar nulo, podía incluso votar por Jara. No eligió ninguna. Eligió a Kast. Y lo hizo con un argumento que no es racional sino visceral: el miedo o el desprecio al adversario ideológico, disfrazado además con un eslogan de origen nazi. Eso no es Sapere aude. Eso es minoría de edad autoimpuesta, la pereza de no pensar y la comodidad de delegar en un líder que promete respuestas fáciles.

La incoherencia es grotesca. Herrera predica el Sapere aude y practica la sumisión. Quiere tener a Kant con una mano y a Kast con la otra, pero no se puede. Él mismo cita a Kant: «No hay atajos. Pensar cuesta». Pero Herrera prefirió la «feliz vulgaridad» que el propio Kant describió: esa disposición que evita el esfuerzo de los principios. Por eso sus columnas parecen impecables y su voto es a todas luces moralmente indefendible. Porque la filosofía no se vota: se piensa. Y si se piensa de verdad, se descubre que no se puede tener a Kant con una mano y a Kast con la otra.

 

Leopoldo Lavín Mujica

 

 



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Leopoldo Lavín

B.A. en philosophie et journalisme, M.A. en Communication publique de l’Université Laval, Québec, Canadá.

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