
Un pueblo en busca de su Izquierda y la derrota de V. Orbán
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Mientras Hungría cerraba las urnas el domingo y Péter Magyar —un dirigente de derecha surgido desde el propio sistema— se imponía a Viktor Orbán, poniendo fin a dieciséis años de hegemonía nacional-conservadora, Europa celebraba apresuradamente lo que parecía una derrota de las derechas iliberales y la restauración del Estado de derecho. Se destronaba a Victor Orbán, figura clave de la cruzada de las ultraderechas occidentales en las que se ubican Trump, Vance, Kast, Milei, Bolsonaro — tras 16 años de poder corrupto y cleptómano. Fue una derrota parcialmente ideológica: lo que se erosionó fue la podredumbre y su forma de gobernar, no necesariamente las condiciones que lo hicieron posible.
Magyar no representa una ruptura estructural, sino una corrección interna. Su victoria expresa el declive del iliberalismo más que el triunfo de un proyecto alternativo. Y ese es precisamente el punto: cuando la oposición carece de programa, incluso el cambio adopta la forma de una mutación dentro del mismo campo político. En Hungría, la izquierda —fragmentada, debilitada como el PS húngaro que llamó a votar Magyar— terminó alineándose tácticamente detrás del mal menor.
Casi en paralelo, en Perú, la primera vuelta del 12 de abril mostró una escena menos espectacular pero más reveladora. Keiko Fujimori encabezó la votación con apenas alrededor del 17%, y la izquierda disputó con dificultad su paso a la segunda vuelta en un sistema extraordinariamente fragmentado, donde ninguna fuerza logra articular mayorías. No hay aquí una derecha hegemónica. Hay algo inquietante: la hegemonía del sentido común de derecha.
Hungría y Perú no muestran lo mismo. En el primer caso, la alternancia corrige los excesos del autoritarismo conservador de Víctor Orbán. En el segundo, la fragmentación peruana impide siquiera la construcción de uno nuevo. Pero ambos comparten un rasgo decisivo: la ausencia de una izquierda capaz de disputar el poder con un proyecto reconocible. No es que la derecha gane. Es que la izquierda deja de ser alternativa.
El diagnóstico que incomoda
Chile no tiene oposición, se escribe por ahí. No una real. Lo que existe son «fragmentos, inercias, estructuras vacías que sobreviven más por costumbre que por convicción». La autocrítica ha sido sustituida por su negación. Los partidos promueven perfiles funcionales a la estructura política vigente que concentra los insípidos debates, no al país. Se privilegia la lealtad sobre el proyecto y los nuevos liderazgos. Y…mientras tanto, el movimiento sindical sigue inerte y ausente, tras años de cabeza gacha apostando a la buena voluntad de los gobiernos progresistas, el estudiantil desorientado y el de mujeres, con el FA, bajó la guardia.
Este diagnóstico es clave. Y su causa principal tiene nombre propio: el proyecto transformador que movilizó a una generación entera —el que emergió de las movilizaciones multitudinarias del 2019 que fueron la base de la Rebelión social que cristalizó en la candidatura de Boric— fue diluyéndose desde adentro del propio gobierno hasta culminar en un proceso de “normalización a la Tironi, es decir de abandono de un programa de transformaciones estructurales en beneficio de la adaptación al orden neoliberal vigente. Si el proceso constituyente fracasó dos veces, había que desde la izquierda retomar la iniciativa. Se podía. Las reformas prometidas avanzaron a paso lento, con resultados magros. La agenda de seguridad, que el mundo progresista subestimó sistemáticamente falto de propuestas desde la izquierda, se convirtió en el eje dominante del debate, y el gobierno tardó en reaccionar con credibilidad. Sin capacidad de responder a la demanda desde una perspectiva social que propusiera un relato diferente a la agenda derechista.
El resultado es que la izquierda y el progresismo chileno hoy no tienen un relato ni proyecto que ofrecer ni menos un programa movilizador que proponer. No pueden reivindicar lo que hicieron, porque sus propios votantes están decepcionados. No pueden plantear un proyecto transformador, porque se lo farrearon. Pues acaban de gobernar. Y no pueden, tampoco, comportarse como si nada hubiera ocurrido ante al peligro del vacío.
Lo que Francia enseña: la izquierda que no claudicó
Pero si el diagnóstico es correcto, la conclusión no puede ser la resignación. Porque el escenario descrito en Hungría y Perú —donde la disputa se resuelve dentro de la derecha porque la izquierda desaparece como alternativa— no es un destino inevitable. Es el resultado de decisiones políticas. O de su ausencia.
Francia lo demuestra. El golpe de la derrota de Orbán es duro para la extrema derecha fascistoide (Le Rassemblement national – RN). La France Insoumise (LFI) de Jean-Luc Mélenchon es exactamente el tipo de fuerza que el análisis comparado da por debilitada o ausente en tantos países. LFI es una izquierda que no intenta ocupar el centro por conveniencia, sino que reivindica abiertamente la ruptura con el orden establecido. Redistribución fiscal incisiva, soberanía popular, cuestionamiento de los tratados que considera neoliberales, política exterior autónoma. Un programa nítido y reconocible.
LFI ha logrado lo que pocas izquierdas europeas consiguen hoy: anclar un electorado fiel —jóvenes, clases populares urbanas, comunidades de origen inmigrante, juventud escolarizada sin techo— precisamente porque no abandonó su proyecto cuando gobernar se hizo difícil. La clave no es moderarse para capturar el centro. Es tener una narrativa coherente sobre los problemas concretos que vive la ciudadanía: poder adquisitivo, vivienda, seguridad, soberanía. Y líderes claros, dignos y sólidos ante las embestidas del terrible poder mediático de las ultraderechas. Además de planificación económica: concepto vilipendiado por las derechas neoliberales.
Nadie dice que ese camino sea sencillo, ni que LFI esté libre de contradicciones. Pero demuestra que la izquierda puede construirse como alternativa si conserva un proyecto propio. La pregunta para Chile es si está dispuesta a hacer el esfuerzo.
El programa existe: hay que levantarlo
Aquí viene lo concreto. Porque una de las críticas más certeras a la izquierda y al llamado progresismo chileno actual es que ha perdido la capacidad de operar con ideas programáticas en un entorno que cambió estructuralmente. Se pregunta, con razón, qué piensa la oposición sobre la inteligencia artificial, las plataformas, la transformación del trabajo, la geopolítica, el desempleo, el enriquecimiento del 5% de la población que elude impuestos. Preguntas pertinentes. Pero hay también debates inmediatos, aquí y ahora, donde la izquierda debería pararse con claridad y no lo está haciendo.
El debate tributario es uno de ellos
El gobierno de Kast ha propuesto reducir el impuesto corporativo del 27% al 23% y volver a la integración plena del impuesto de las empresas con los dividendos de los accionistas. Son medidas que suenan técnicas, pero tienen consecuencias políticas y distributivas enormes. Y los números, analizados con frialdad, no resisten el escrutinio.
La reducción representaría una pérdida de ingresos de alrededor de 2.000 millones de dólares anuales para el Estado. El efecto sobre el crecimiento, según el propio Comité de Expertos sobre Espacio Fiscal, sería visible recién en un horizonte de diez años —y solo «en el rango alto» de las estimaciones—. En el escenario más optimista, el aumento de recaudación derivado del mayor PIB apenas compensaría la pérdida inicial: ganancia neta cercana a cero. En los escenarios menos favorables, simplemente se pierde recaudación sin contrapartida real.
Pero hay más. Chile tiene una tasa corporativa baja en su entorno geográfico. Perú, Argentina, Brasil y Australia tienen tasas más altas. La reducción no fortalece la posición competitiva del país de manera significativa, especialmente porque la industria del cobre —el grueso de las exportaciones— tiene una fiscalidad específica, y el sector manufacturero es pequeño. La medida beneficia principalmente a los accionistas de grandes empresas, no a la economía en su conjunto.
Sabemos que los dueños del capital disponen de infinitamente más herramientas que el trabajador asalariado para reducir su carga tributaria real —retención de utilidades, sobreestimación de costos, planificación fiscal sofisticada—. La integración plena no nivela el campo: lo inclina aún más hacia quienes ya tienen ventaja.
Esto no es ideología. Son los números. Y la oposición debería decirlo en voz alta, con argumentos, sin complejos.
Lo que está en juego
Resistir la baja del impuesto corporativo no es solo una posición tributaria. Es la diferencia entre tener o no tener los recursos para financiar pensiones dignas, salud pública de calidad, educación universal. Es elegir entre el Estado que cuida y el mercado que promete favorecer a unos pocos. Es, en definitiva, el tipo de país que se quiere ser.
La izquierda chilena tiene tradiciones disponibles —la socialdemócrata, la socialcristiana, la republicana progresista, las pequeñas izquierdas, el nuevo progresismo ambiguo del FA, las capacidades del PC— con las cuales construir una respuesta contemporánea a los desafíos del siglo XXI. Las ideas están: es la voluntad de traducirlas en programa, de defenderlas con convicción, de asumir que la política sin sustancia no orienta, solo administra su propia decadencia lo que falta. El método son los congresos de orientación y debate. Con ponencias y tesis expuestas a la militancia.
La lección de Hungría no es que la izquierda deba rendirse y ceder el espacio a una derecha «moderada» como dice Monedero, el cofundador de Podemos. Es que cuando la oposición no tiene proyecto, el poder lo llena solo. Magyar ganó en parte porque logró articular el voto anti-Orbán, sí. Pero también porque frente a él no había ninguna alternativa progresista capaz de hacerlo.
Chile no puede darse ese lujo. No con el debate tributario encima. No con una agenda de seguridad represivo, con un Gobierno Kast de las derechas conservadoras que busca desmantelar todo programa social hacia las mujeres, los trabajadores y los estudiantes; y sin respuesta propia. No con la inteligencia artificial redibujando el mercado laboral sin que nadie en la oposición tenga nada serio que decir al respecto.
La hora de las definiciones
No se trata de volver al pasado. Se trata de entender que la derrota electoral del progresismo chileno no fue un accidente climático ni una mala racha. Fue la consecuencia de gobernar del equipo de Boric sin transformar lo suficiente, de prometer sin cumplir, de perder la capacidad de nombrar con claridad quiénes son los adversarios y qué se les opone.
Reconstruir la oposición no empieza por las candidaturas. Empieza por una pregunta honesta: ¿para qué queremos volver a gobernar, con qué programa, con qué liderazgos, y qué haremos distinto?
Sin respuesta a eso, cualquier candidatura será percibida como una continuación del desencanto. Y el espacio seguirá siendo ocupado por otros.
El programa existe. Los argumentos están disponibles. La urgencia es real.
Lo que falta es la decisión de levantarlo.
Leopoldo Lavín





