
AfD el partido declarado extremista en Alemania y sus vínculos con Chile
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Algunos debates políticos europeos parecen lejanos. Cabe decir que el ascenso de las nuevas extremas derechas —con discursos más duros, agendas más sistemáticas y redes internacionales más visibles— está siendo observado con atención creciente por centros de pensamiento y revistas especializadas. Entre ellas, una en particular ha puesto el foco en Alemania con un nivel de detalle poco habitual. Y lo que emerge de ese análisis no solo interpela a Europa: también ofrece claves incómodas para entender dinámicas que empiezan a resonar en Chile.
El interés de que este análisis provenga de una revista prestigiosa como Le Grand Continent añade otra capa. La revista forma parte de un circuito intelectual europeo de referencia, en cuyos debates también participan voces latinoamericanas. Entre ellas, la del novelista chileno Benjamín Labatut —autor de MANIAC y uno de los escritores en lengua hispana más reconocidos internacionalmente en los últimos años—, quien ha sido invitado a los foros de la publicación. Su presencia en ese espacio no es un dato menor: refuerza la idea de que Chile no está fuera de este mapa intelectual, ni como observador ni como actor indirecto.
En Chile, el avance de la extrema derecha europea suele leerse como un fenómeno lejano, casi exótico, sin mayor impacto en la política local. Pero esa distancia es engañosa. El crecimiento de Alternative für Deutschland (AfD) no es un episodio aislado ni puramente alemán. Forma parte de una constelación política más amplia, con conexiones concretas que alcanzan América Latina y, de manera no menor, a Chile.
El análisis más completo y reciente del programa electoral del AfD —adoptado en Magdeburgo para las elecciones federales de febrero de 2025— no proviene de un medio masivo, sino de esta plataforma intelectual europea que ha ganado influencia en los últimos años: Le Grand Continent. Esta revista digital, publicada por el Groupe d’Études Géopolitiques y fundada en la École Normale Supérieure de París, se ha especializado en un método poco habitual en el periodismo: publicar traducciones íntegras y comentadas de documentos políticos clave, tratándolos no como piezas de campaña sino como textos doctrinarios que revelan proyectos de poder. Eso es exactamente lo que hizo con el llamado «Programa de Magdeburgo» del AfD: 156 páginas, cientos de medidas y un tono deliberadamente radical que, según el propio medio, debe leerse como una hoja de ruta ideológica de largo plazo.
La conclusión del análisis de Pierre Mennerat para la prestigiosa revista es inequívoca: el AfD ya no es simplemente un partido euroescéptico o antiinmigración, sino una fuerza de ultraderecha estructurada que propone una embestida furiosa contra el orden político democrático alemán construido tras 1945. Ese diagnóstico encontró respaldo institucional el 2 de mayo de 2025, cuando la Oficina Federal para la Protección de la Constitución —el Verfassungsschutz— clasificó oficialmente al partido como «organización de extrema derecha confirmada», declarando que sus posiciones son incompatibles con el orden constitucional del país. La resolución se basa en un informe de más de mil páginas y representa el paso más severo adoptado contra un partido con representación parlamentaria en la historia reciente de Alemania.
Esta clasificación no es menor. La democracia alemana se edificó sobre la memoria del nazismo y sobre límites institucionales claros. El AfD, en cambio, plantea —de manera explícita o implícita— superar ese consenso: cuestiona la cultura de la memoria, propone políticas de exclusión y «remigración», y promueve una visión identitaria del Estado que desplaza los principios liberales. Su función no es solo gobernar, sino redefinir el horizonte de lo posible.
Para entender este proceso, conviene detenerse en una figura central: Beatrix von Storch. Vicepresidenta de la bancada del AfD en el Bundestag y una de las voces más duras del partido, von Storch ha sido clave en el giro hacia posiciones más radicales. Le Grand Continent la describe como «el principal artífice» de la ofensiva del partido. Su figura adquiere otra dimensión cuando se considera su entorno más cercano: von Storch es nieta de Lutz Graf Schwerin von Krosigk, ministro de Finanzas de Adolf Hitler y condenado en los juicios de Núremberg por crímenes de guerra. En un país donde el trabajo de memoria sobre el nazismo —la Vergangenheitsbewältigung— ha sido central, esa genealogía no es un simple dato biográfico. No implica una continuidad directa ni determinista, pero dialoga con una línea política que hoy busca relativizar ese pasado y, en algunos casos, cerrar ese capítulo en nombre de un nuevo proyecto nacional.
El vínculo del extremismo de AfD con la derecha chilena
Pero hay un elemento adicional que vuelve este fenómeno especialmente pertinente para Chile. Beatrix Von Storch está casada con Sven von Storch, nacido en Osorno, quien ha sido durante décadas un articulador activo de redes conservadoras transnacionales y uno de los fundadores de la propia AfD. Su trayectoria conecta organizaciones europeas con circuitos latinoamericanos, promoviendo agendas comunes en temas como migración, valores culturales y política identitaria. Sven von Storch dirigió durante años el portal digital Freie Welt —considerado una plataforma clave en el crecimiento de la AfD— y construyó vínculos con figuras como el expresidente brasileño Jair Bolsonaro y, durante un tiempo, con el actual presidente José Antonio Kast, a quien asesoró en materia internacional. Esa relación, sin embargo, se fracturó: Von Storch retiró públicamente su apoyo a Kast, afirmando sentir «vergüenza» por haberlo respaldado, y trasladó su adhesión a Johannes Kaiser. El dato es relevante no solo como anécdota: revela que estas redes transnacionales son también inestables y están atravesadas por disputas internas.
Conviene recordar que, entre diciembre de 2024 y enero de 2025, Elon Musk no solo intervino en la campaña alemana desde su propia plataforma X, sino que expresó abiertamente su apoyo a Alternative für Deutschland —llegando a afirmar que ‘solo el AfD puede salvar Alemania’— y dialogó en vivo con su presidenta, Alice Weidel, amplificando sus posiciones ante una audiencia masiva.

A la izquierda Alice Weidel
El propio análisis de Le Grand Continent sitúa al AfD dentro de un ecosistema ideológico más amplio, donde aparecen figuras como Steve Bannon —ex estratega de Donald Trump, asesor comunicacional de Jeffrey Epstein e impulsor de la idea de una «internacional nacionalista»— y, en el caso latinoamericano, referentes de la derecha extremista de la región. No se trata de afirmar identidades plenas entre estos actores, sino de reconocer la existencia de un repertorio político compartido: centralidad del conflicto cultural, la defensa del capitalismo sin democracia, y una visión confrontacional de esta misma.
Mirado desde Santiago, el fenómeno del AfD puede parecer distante. Pero los elementos que lo impulsan —crisis de representación, tensiones migratorias, polarización cultural, concentración de la riqueza, corrupción— no son ajenos a la realidad chilena. Y las ideas que hoy circulan en Europa no permanecen confinadas a sus fronteras. En las últimas dos décadas, conceptos, estrategias y narrativas han cruzado el Atlántico con rapidez creciente, encontrando en cada contexto sus propias traducciones y adaptaciones.
El punto, entonces, no es establecer paralelos simplistas ni sugerir trayectorias inevitables. Es entender que la política contemporánea se organiza cada vez más en redes transnacionales que disponen de recursos enormes para difundir sus ideas. En esas redes, figuras como Beatrix von Storch —junto a Sven von Storch— funcionan como nodos de conexión entre continentes, tradiciones y estrategias. Lo que ocurre en Alemania no se queda en Alemania. Y lo que hoy se formula como programa en Magdeburgo, o se clasifica como extremismo en Berlín, puede, con otros nombres y matices, reaparecer en debates que ya están en curso en Chile.
Porque cuando las ideas viajan en red, y cuando las personas que las articulan tienen un pie en Europa y otro en América Latina, la distancia deja de ser una frontera real. Y, en política contemporánea, la influencia ya no pasa necesariamente por el territorio, sino por la capacidad de amplificación global.
Leopoldo Lavín





