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Sona Jobarteh en Cully: música, memoria y resistencia cultural

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La 43ª edición del Cully Jazz Festival concluyó el 18 de abril de 2026 con una escena que resume por sí sola el espíritu de esta manifestación: un pueblo entero reunido en torno a dos grandes artistas de África Occidental, Fatoumata Diawara y Sona Jobarteh. Durante ocho días, Cully acogió cerca de ciento cuarenta conciertos, entre bodegas vitivinícolas y orillas del lago Lemán, en una atmósfera donde la música parecía reencontrarse con su función primera: crear vínculos, abrir horizontes, recordar que las culturas solo sobreviven cuando circulan.

En esta edición marcada por la diversidad estética y la vitalidad de las escenas emergentes, la presencia de Sona Jobarteh adquirió una dimensión singular. No solo porque es una de las pocas mujeres procedentes de una línea griótica que domina la kora, sino sobre todo porque porta una visión de la cultura que desborda ampliamente el marco musical. Para ella, la tradición no es un legado inmóvil: es una herramienta política, un espacio de transmisión y un medio para reafirmar la soberanía cultural de un continente demasiado a menudo obligado a aprender su historia con palabras ajenas. La descolonización política fue solo un primer paso. La descolonización mental, cultural y social sigue pendiente — y constituye una de las misiones centrales de The Gambia Academy, fundada por Sona Jobarteh.

Una música que inscribe la tradición en el presente

Nacida en Gambia en una familia donde la música es un lenguaje cotidiano, Sona Jobarteh pertenece a una línea de griots cuya función va mucho más allá de la simple interpretación artística. En las sociedades mandingas, los griots son mediadores, guardianes de la memoria, transmisores de relatos. Al convertirse en una de las primeras mujeres en apropiarse de la kora en un marco tradicional, Jobarteh no solo rompe un tabú: cuestiona la manera en que las sociedades africanas pueden reinventar sus tradiciones sin desnaturalizarlas.

Su música, que combina estructuras mandingas, influencias contemporáneas y una conciencia política asumida, rechaza la separación entre modernidad y herencia. Recuerda que las tradiciones no son vestigios, sino recursos vivos, capaces de transformarse sin perder su sentido.




La Academia de Gambia: una respuesta a los modelos educativos heredados de la colonización

En 2015, Sona Jobarteh fundó The Gambia Academy, la primera escuela del país en integrar la cultura mandinga en el corazón del currículo. Sitio oficial: https://www.thegambiaacademy.org/

El objetivo es claro: ofrecer una educación que no reproduzca los modelos coloniales, sino que valore los saberes locales, las lenguas nacionales, la historia africana y las artes tradicionales. La academia acoge a niños de medios modestos y propone una enseñanza donde la música, la danza, la lengua y la memoria colectiva no son actividades periféricas, sino elementos constitutivos de la formación.

Este proyecto educativo responde a una convicción simple: un país que no valora su cultura se condena a depender de los relatos de otros. Jobarteh insiste a menudo en este punto. Para ella, la cuestión no es únicamente artística. Afecta a la manera en que las sociedades africanas pueden proyectarse hacia el futuro, afirmar sus propias referencias, transmitir sus saberes y construir instituciones que les sean propias.

Este trabajo se inscribe también en una lógica de descolonización profunda: la descolonización política fue solo un primer paso; la descolonización mental, cultural y social sigue pendiente. Esa es precisamente una de las misiones de The Gambia Academy. Al situar la cultura mandinga en el centro del currículo y rehabilitar lenguas, saberes y prácticas locales, la academia busca transformar tanto los imaginarios como las estructuras institucionales, permitiendo que nuevas generaciones piensen y construyan su futuro desde sus propias referencias.

En Cully, una actuación que enlaza memoria y porvenir

Durante la velada de clausura del Cully Jazz 2026, Sona Jobarteh ofreció un concierto donde la virtuosidad instrumental se combinaba con una palabra serena, casi pedagógica. La kora, instrumento de memoria y relato, se convertía en un hilo que unía generaciones. El escenario, en un espacio donde tradición y modernidad dejaban de oponerse. La música, en un recordatorio de que la cultura no es un decorado, sino una fuerza capaz de estructurar una sociedad.

La transmisión adquirió allí una forma concreta e íntima: la presencia en escena del hijo de Sona, Diakité, formado en la academia de su madre, ilustró la continuidad intergeneracional — compuso dos de los temas interpretados en Cully, mostrando cómo la escuela propaga creatividad y herencia. Junto a Fatoumata Diawara, Jobarteh transformó la carpa en un lugar de danza, de intercambio y de celebración. Su diálogo musical encarnó lo que el festival consigue tan bien: tender puentes entre culturas, generaciones e imaginarios.

La cultura como herramienta política

En la obra de Sona Jobarteh, la música nunca está separada de la cuestión del poder. Recuerda que la dominación cultural es una de las formas más duraderas de dominación política. Al crear una escuela, formar a niños y rehabilitar lenguas y saberes locales, propone una respuesta concreta a un problema estructural: el progresivo borrado de las referencias culturales africanas en los sistemas educativos.

Su trabajo se inscribe en una dinámica más amplia: la de una África que busca contarse a sí misma, enseñar sus propios saberes y construir sus propias instituciones. En este sentido, Jobarteh pertenece a una generación de artistas que se niegan a limitarse al escenario y que conciben la cultura como un espacio de lucha, reconstrucción y proyección.

Una artista esencial para pensar el futuro

La 43ª edición del Cully Jazz terminó con una nota de esperanza y de fuerza colectiva. Con Sona Jobarteh, el festival acogió a una artista que desborda las fronteras del jazz, de la world music o de la tradición mandinga. Encarnó una visión: la de un continente que avanza apoyándose en sus raíces, sus lenguas, sus saberes y su creatividad.

En Cully, no se limitó a ofrecer un concierto. Recordó que la cultura es una manera de mantenerse en pie en un mundo que fragmenta, que la transmisión es quizá la forma más duradera de resistencia, y que la descolonización cultural — impulsada por instituciones como The Gambia Academy e incarnada por generaciones emergentes como Diakité — es esencial para construir ese futuro.



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