
La actual pelea de dos magnates de la IA bajo la mirada de Karl Marx
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Dos de los hombres más ricos del planeta se acusan mutuamente de traicionar la fundación «benéfica» que crearon juntos. Mientras el tribunal de Oakland asiste al espectáculo, afuera quedan preguntas incómodas: quién controla la inteligencia artificial que ya piensa por mil millones de personas, quién financia a la extrema derecha europea desde su teléfono y por qué la democracia mira hacia otro lado.
«It’s not OK to steal a charity«, declaró Elon Musk desde el estrado, con la mano en alto tras jurar decir la verdad este lunes 27 de abril. «No está bien robar una organización benéfica».
Al otro lado del pasillo, el abogado de Sam Altman esperaba su turno para destrozar esa frase: «No estamos aquí porque se rompieran promesas. Estamos aquí porque Musk no salió con la suya en OpenAI».
Bienvenidos al juicio del siglo tecnológico. Dos de los capitalistas más ricos del planeta, uno con 839.000 millones de dólares, el otro con «solo» 2.000 millones, pero dueño del algoritmo que piensa por mil millones de personas, se acusan mutuamente de traicionar el sueño de una inteligencia artificial «para el bien de la humanidad».
Mientras tanto, afuera del juzgado de Oakland, largas colas de periodistas serpentearon desde la madrugada. Musk y Altman pasaron por seguridad con quince minutos de diferencia. Ni siquiera comparten el mismo detector de metales.
La utopía que se convirtió en botín
Lo que está en juego, se dice en la plaza financiera, es el futuro de OpenAI: una empresa valorada en unos 730.000 millones de dólares que planea salir a bolsa este mismo año por casi un billón. Musk pide 134.000 millones en daños, la destitución de Altman como consejero delegado y que se revierta la conversión de la compañía en una entidad con ánimo de lucro.
Pero el verdadero fondo del asunto es mucho más antiguo y turbio. Es la historia de siempre: dos socios fundan una utopía, descubren que la utopía vale dinero y se odian por cómo repartirse las ganancias. La única diferencia es que aquí la utopía se llamaba «salvar a la humanidad de la IA malvada» y las ganancias se miden en cientos de miles de millones.
Karl Marx lo diagnosticó hace más de siglo y medio en el Manifiesto Comunista. Habló de cómo el capitalismo «ha ahogado en las aguas glaciales del egoísmo calculador los sagrados éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo pequeño burgués». Dicho de otro modo: la piedad, la hermandad y la misión noble se congelan en cuanto aparece el precio.
Eso es exactamente lo que ocurrió en OpenAI. En 2015, Musk, Altman y un puñado de investigadores fundaron un laboratorio sin ánimo de lucro para contrarrestar a Google. Prometieron transparencia, código abierto y una IA «para todos». En 2018, Musk se fue tras una lucha de poder. En 2022 llegó ChatGPT y el dinero empezó a llover. En 2024, Musk demandó. En 2026, se sientan frente a frente en un tribunal.
El salvador que apoya a la extrema derecha
Musk se presenta ante el jurado como el héroe de la función. Su abogado le hizo declarar que trabaja entre 80 y 100 horas semanales, que no posee yates ni casas de vacaciones, solo 839.000 millones, y que su única motivación es proteger a la humanidad. Relató una conversación con Larry Page, cofundador de Google: «¿Y si la IA acaba con todos los humanos?», preguntó Musk. «Eso estaría bien siempre que sobreviva la inteligencia artificial», respondió Page. Una anécdota que, cierta o no, pinta un mundo en el que los tecnomillonarios ven la extinción humana como un daño colateral aceptable. Por eso Musk prepara sus maletas para emigrar a un planeta B.
Pero el mismo Musk que dice salvar al mundo apoya activamente a formaciones políticas que los servicios secretos alemanes han clasificado oficialmente como extremistas de derechas confirmadas. En diciembre de 2024 escribió un artículo en un diario alemán afirmando que «solo la AfD puede salvar Alemania». Un mes después apareció por videoconferencia en el mitin de lanzamiento de campaña de ese partido e instó a los alemanes a «superar la culpa del pasado». El gobierno de Olaf Scholz lo acusó formalmente de injerencia electoral.
No es solo Alemania. Musk ha sentenciado que «Vox ganará las próximas elecciones» (la extrema derecha española) en España, ha pedido la liberación de Marine Le Pen en Francia, se fotografía con Giorgia Meloni en Italia y lo hacía con Viktor Orbán en Hungría. Ha construido una internacional de ultraderecha desde su teléfono móvil, la misma red social X que utiliza para llamar a Altman «Scam Altman» y amplificar artículos críticos contra él.
Y luego está el gesto del 20 de enero de 2025, durante la investidura de Trump. Musk subió al escenario, se llevó la mano al pecho y la extendió dos veces en un saludo que el mundo identificó como nazi. Él lo calificó de «truco sucio». La Liga Antidifamación lo condenó. Y no pasó nada.
Mientras tanto, desde su cuartel general extraoficial en Washington, el llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental, Musk ha accedido a datos clasificados, ha despedido a miles de funcionarios públicos y se ha convertido en el hombre más poderoso del gobierno estadounidense sin haber ganado una sola elección.
Este es el paladín de la caridad. Este es el guardián de la ética de la IA.
El tecnócrata prudente y su algoritmo en tu cabeza
Altman es más discreto. No hace saludos polémicos ni financia partidos de ultraderecha. Se viste con chaquetas cool, habla suavemente y dona a demócratas, aunque también donó un millón de dólares a la investidura de Trump. Su fortuna, ridícula al lado de la de Musk, sigue siendo obscena para cualquier persona normal: unos 2.000 millones de dólares.
Pero el poder de Altman es más silencioso y quizás más profundo. ChatGPT, su criatura, está en el bolsillo de mil millones de personas. No decide por quién votar, pero decide cómo redactar un correo, cómo argumentar un ensayo, cómo consolar a un amigo o cómo expresar un deseo. Está construyendo la inteligencia externalizada de la humanidad. Y nadie le ha pedido permiso.
Durante el juicio, el abogado de OpenAI soltó una frase que revela más de lo que pretende: «Musk nunca se preocupó realmente de si OpenAI era sin ánimo de lucro. Lo que le importaba era que Elon Musk estuviera en la cima». Y remató: «Como no pudo controlar OpenAI, lo dejó. Lo dejó por muerto». Incluso llegó a decir que Musk «no entendía muy bien la inteligencia artificial».
Da igual si es cierto. Lo relevante es que Altman y su equipo, mientras Musk montaba su propia empresa rival de IA con fines de lucro, xAI, ahora integrada en SpaceX, siguieron adelante, lanzaron ChatGPT e intentan cambiar el mundo. Eso, para Musk, fue intolerable. «Porque es un competidor», dijo el abogado, «hará cualquier cosa para atacar a OpenAI».

Las aguas glaciales del egoísmo calculador
Lo que Marx describió como el triunfo del «egoísmo calculador» sobre cualquier vínculo humano genuino se despliega ante nuestros ojos. Musk y Altman fueron colegas. Compartieron pizza en 2015 imaginando cómo salvarían al mundo de las IAs asesinas. Hoy se llaman «Scam» y «mentiroso» en los pasillos de un juzgado.
Uno dice defender la caridad mientras normaliza el saludo nazi, financia a la extrema derecha europea y acumula la mayor fortuna personal de la historia. El otro dice defender la transparencia mientras construye un monopolio cognitivo global y se codea con Trump sin inmutarse.
Ambos son producto y síntoma del mismo sistema. Ambos personifican esa frase de Marx que debería estar grabada en la puerta de Silicon Valley: el capitalismo «no ha dejado entre los hombres más vínculo que el interés desnudo, que la insensible ‘paga al contado'».
La pregunta mientras el juicio avanza no es quién ganará. Eso importa poco. La pregunta es por qué dos billonarios que podrían usar su fortuna y su influencia para, efectivamente, salvar vidas o proteger democracias, prefieren pelear en un tribunal por quién se queda con un trozo más grande del pastel de la inteligencia artificial.
Y la complicidad no es solo de ellos. Gobiernos que se dicen amigos del orden, como el de José Antonio Kast en Chile, redactan leyes para que las grandes plataformas digitales se apropien y extraigan, sin respetar los derechos de autor, el producto del trabajo de periodistas, artistas y creadores chilenos. Para el poder económico y sus brazos políticos, la creatividad y la información no son bienes culturales ni derechos: son meros datos —mercancías/materia prima— que alimentan el algoritmo de turno. Un artículo en el proyecto de «Ley de Reconstrucción Nacional» de Kast (lea por aquí) permitiría a las tecnológicas usar obras protegidas sin pagar un peso, siempre que sea para «análisis estadístico». Es la expropiación del pensamiento en nombre de la innovación, el triunfo definitivo del dato sobre el creador.
Y la pregunta para nosotros, los que miramos desde fuera, es aún más incómoda: ¿por qué seguimos aplaudiendo mientras ellos deciden cómo pensamos, qué sentimos y quién gobierna?
Cuando el juicio termine, la jueza Yvonne Gonzalez Rogers ha prometido que «solo será un caso de promesas rotas, nada técnico», Musk volverá a X a insultar a Altman, y Altman volverá a su oficina a seguir entrenando el algoritmo que escribirá los correos de sus hijos.
Fuera del tribunal, en las calles de verdad, hay protestas contra los centros de datos que devoran ríos enteros. Hay maestros que no saben si sus alumnos han escrito el ensayo o lo ha hecho ChatGPT. Hay padres que ven cómo sus hijos aprenden de un chat que no tiene ética, sino dueño.
Las aguas glaciales del egoísmo calculador ya nos han llegado al cuello. Y todos nosotros somos los nuevos proletarios que producimos datos para los grandes señores de la Tecnología que luego explotan para manipular y apropiarse de las mentes.
Leopoldo Lavín Mujica
Fuentes: The New York Times, The Guardian, servicio de inteligencia alemán, declaraciones judiciales del Tribunal de Oakland. La tesis sobre el capitalismo es de Karl Marx, Manifiesto Comunista, 1848. La actualidad es de abril de 2026.





