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El eterno mal menor que ha terminado siendo el mayor de los males

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Parecería extemporáneo hablar de elecciones cuando en el horizonte no se advierte ninguna. Aprovechemos para preguntarnos ¿por qué en más de treinta años el pueblo no ha podido acceder al gobierno y ha dejado que otros lo hayan hecho en su nombre para después traicionarlo? ¿Por qué partidos políticos que debieran haberse extinguido por inútiles, descompuestos y corruptos, siempre terminan ganando poder político en nombre de la decencia? ¿Por qué la gente que ha sido la que ha puesto el sacrificio no ha conseguido instalar, allí donde se toman las decisiones que la afectan, a sus legítimos representantes?

Muy simple: porque no ha decidido hacerlo.

Por una parte, es necesario tener en cuenta un hecho indesmentible: el sistema político ha estado varias veces al borde del colapso definitivo y si no ha implosionado de una vez, ha sido porque no ha habido una fuerza que determine ese desequilibrio por la vía de ofrecer una opción diferente.

 




La mala calidad de la política ha determinado la mala calidad de esta democracia.

Pero como la política no acepta vacíos, necesariamente allí donde no está el pueblo y sus propuestas, exigencias e intereses, otros habrán de obrar en su nombre.

Y eso ha venido pasando desde que los acuerdos secretos traicionaron todo lo que el pueblo sacrificó para terminar con la dictadura. Y ha culminado demostrando el fracaso de la transición a la democracia si se considera que llegaron a gobernar los mismos que la bombardearon aquel martes nublado y de bestias.

 

Desde la Concertación y su temprana vocación neoliberal, hasta el reciente y no menos fracasado y neoliberal gobierno del Frente Amplio y sus aliados, cuyo legado vergonzoso fue la ultraderecha nefasta, ignorante, cruel, inútil y mentirosa en el gobierno, el pueblo ha sido utilizado solo para poner el sacrificio.

Durante un discurso del presidente José Antonio Kast, en muchos lugares se escuchó el coro metálico del reclamo tímido de la gente que ya comienza a ser pasto de la voracidad ultraderechista en su versión más desalmada.

Los estudiantes, como siempre, comienzan a dar sus primeros pasos para hacer saber su rabia, su sensación de orfandad, su descontento, su desconcierto y su natural sentido de la ubicación que no tiene nadie más en este país.

Seguirán subiendo los precios de todo, limitándose exiguos derechos ganados, castigando a los más desheredados, entregando la riquezas de todos a capitales extranjeros, afinando los sistemas represivos y depredando lo que quede por transformar en negocio para los mismos de siempre.

Y todo esto será posible solo porque el sistema no ve en el horizonte, ni más allá, algún tipo de peligro que ponga en riesgo su marcha triunfal.

 

Que marchen los que quieran, que reclamen los que quieran, que suenen todas las cacerolas y que protesten los estudiantes porque para cada uno de esos eventos, en más de treinta productivos años, el sistema político ha ido perfeccionado un sistema antisubversivo que entrega herramientas para el control de los exaltados y los no tanto.

 

Uno de ellos fue el que operó para el gran estallido de octubre: los partidos y organizaciones que debieron estar el frente estaban acurrucados en algún lado, presa del miedo y de los agentes que tienen infiltrados.

¿Por qué a quienes bombardearon La Moneda, a los que desaparecieron personas, a los que mataron, a los dueños de casi todo, a los explotadores y abusadores de la gente que trabaja, a los que depredan todo les ha ido tan bien al extremo de ser gobierno?

Digamos de entrada porque la izquierda no ha tenido el valor de asumir aquello que dicen sus estatutos, declaraciones, banderas, cantitos y teorías. Además, una parte de esa izquierda tiene una aversión casi genética por las elecciones como si tal mecanismo fuera un creación benéfica de los poderosos y no un derecho ganado por el pueblo en una lucha centenaria.

Agreguemos que hay dirigentes a los que no les viene mal este estado de cosas por cuanto les ha servido para llevar una vida cómoda, sin sobresaltos, fingiendo que de verdad son dirigentes de algo.

 

El caso es que, si se mira desde la gente que ha puesto el sacrificio, en treinta años no se ha hecho mucho, más bien casi nada. Se ha reafirmado y, peor aún, legitimado la cultura neoliberal.

Entonces repitámoslo: las elecciones son una herramienta legítima necesaria y útil para enfrentar a los poderosos y a los traidores si se enfrentan de la manera correcta.

¿Y por qué entonces el pueblo no eleva sus propios candidatos a cualquier cosa?

Una propuesta de país radicalmente democrático y humanamente justo. Un país en el que el niño vaya sano, feliz y seguro a la escuela de su barrio. En el que el enfermarse no sea una condena y el envejecer no sea una muerte previa. En donde el trabajador viva de su salario y no del crédito que lo condena.

Y ponga usted todo aquello que suma para una vida digna y merecida en un programa radical que se proponga superar esta farsa democrática en la que manda y gana siempre un puñado de inmorales.

Y luego, genere un movimiento, esta vez sí una movilización, que entregue sentido y perspectiva a la gente que una y otra vez vota por el mal menor hasta que finalmente ha ganado el mayor de los males.

Que el siguiente estallido sí tenga sentido político y no pase sin pena ni gloria. Transformar la energía cinética, la que mueve las cosas, en energía política, la que puede comenzar a cambiar las cosas, es el desafío.

Ofrézcase, discútase, constrúyase entre muchos una opción que dé esperanzas de pelear por algo diferente, que demuestre que el actual estado de cosas no es inmutable ni único ni lo mejor. Elijase en medio de una gran movilización popular a los mejores candidatos a lo que sea, a condición de que sean propuestos por la gente, por sus organizaciones y colectivos.

Que hay otro país no solo posible, sino que humanamente necesario.

 

Usted que es una persona de izquierda, ¿cómo se ha sentido cuando ha debido votar por alguien que sabe que lo va a traicionar, solo porque se hace un deber votar en contra de la derecha. ¿No ha quedado malhumorado y con una sensación de que esa es su última vez sabiendo, en el fondo, que no lo será?

Sospeche de quienes digan que no es posible que la gente se autoorganice. Haga sus propuestas, discuta, proponga, meta la cuchara y levante sus propios candidatos. No les crea a quienes digan sin base alguna de que eso sería hacerle el juego a la derecha, que eso es anarquía o una actitud antidemocrática.

 

Ojo ahí.

El sistema dejó una brecha. Aprovechémosla antes de que la cierren. Recuerde que hay voces que exigen una reforma política que no es otra cosa que advertir los flancos abiertos que podrían poner en riesgo todo lo que se ha hecho y cerrar esas ventanas abiertas que dejaron.

El pueblo puede y debe levantar un programa mínimo de gobierno y por medio de una movilización articulada desde abajo hacia arriba y horizontalmente, en la que se estimule la participación de la gente de manera horizontal, en la que manden todos o no mande nadie, que diga su parecer y elija a los suyos.

Y verá que cuando salga de la votación, se sentirá muy diferente a cuando debió ir solo por cerrarle el paso a la derecha y terminó en todo lo contrario.

Que sean otros ahora los sientan miedo.

 

Ricardo Candia Cares

 



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Ricardo Candia

Escritor y periodista
  1. Felipe Portales says:

    Lo peor del caso es que nuestra «centro-izquierda» (o derecha centro-izquierdista) no ha sido el «mal menor», sino que dada su solapada derechización, se constituyó en ¡el complemento indispensable para que la obra de la dictadura se perpetuara en el tiempo! Obviamente, era imposible que un triunfo de Pinochet en el plebiscito de 1988 hubiese consolidado su obra, ya que habría sido percibida -nacional e internacionalmente- como la continuación disfrazada de su dictadura. Y tampoco un triunfo de Büchi en 1989 habría podido legitimar y consolidar su obra. Así, el histórico triunfo del NO en el plebiscito, en lugar de ser el primer paso para desmantelar progresivamente dicha obra, ¡se convirtió -dado el «giro copernicano» del liderazgo concertacionista (reconocido posteriormente por Boeninger, Foxley, Tironi, Correa, etc.)- en su contrario: En el instrumento del mayor triunfo histórico de la derecha. Como lo ha señaló la historiadora Sofía Correa en 2004: «La derecha logró construir la institucionalidad que administra la Concertación. Es el mayor logro. En el siglo XX, la derecha nunca había sido tan exitosa» («El Mercurio»; 12-4-2004).

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