
Pablo Santillana
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La historia del autor del libro que se presenta es singular. Desde ya, Pablo Santillana es un ser con varios cuerpos y más de una conciencia. Nació con no pocos años sobre sus espaldas, con dobles o triples nacionalidades, aunque con una lengua materna compartida y varias aprendidas quizás donde. Fue bautizado con un nombre imaginario porque era un hombre imaginario. Se le puso Pablo acudiendo a la primera letra de la palabra “partido” y Santillana, su apellido, tomado de la primera letra de la palabra “socialista”. Partido Socialista. Fácil de descubrir para un lingüista avezado, difícil para algún hombre de la inteligencia burocrática militar, quemadora de libros y palabras. El autor temía que, si se develaban sus andares con su nombre verdadero, corría un grave peligro, más aún si la dictadura chilena se enteraba de lo que escribía y hacía, incluso en Buenos Aires, esa tierra maravillosa que lo acogió sin preguntas molestas.
La democracia en Argentina comenzaba a restablecerse. Juan Domingo Perón regresó de su exilio en Madrid y se encaramó a mediados de 1973 una vez más, sobre la cima del poder político. Pero la tierra temblaba con esporádicos sacudones. Con todo, se gozaba ahora de libertad, de librerías, de callecitas, de cafés, de amistad.
En Chile —lugar desde dónde provenía el futuro autor—, el terror reinaba dirigido por una Junta militar. Los libros eran quemados, el toque de queda obligaba a un caminar vacilante, oscuro, por las calles y avenidas. El café tenía un sabor amargo; la amistad se escondía o desaparecía en medio de la desconfianza y de la mudez de las palabras. Los largos dedos de los usurpadores aconsejaban la cautela incluso allí donde la libertad renacía. El tiempo le daría la razón. Antes del 11 de septiembre de 1973 —los que se transformarían en metamorfosis rápida sobre la tierra nueva como “Santillanos”—, habían dado todo durante el gobierno de Salvador Allende. Con igual razón después de la tragedia, era para ellos un imperativo moral y partidario actuar, se estuviera dentro o fuera de Chile. Había que reorganizarse, ayudar, resistir, escribir. Corrían los últimos meses de aquel año.
Este actor colectivo apodado “Los Santillanos” tuvo en su conformación humana, a una persona como principal investigador, narrador y único redactor del libro: Chile, análisis de un año de gobierno militar. Era y es un socialista valenciano.
El proceso que derivó en golpe de estado en Chile venía fraguándose a fuego lento desde antes que Salvador Allende accediera a la Presidencia de la República; creció durante su mandato y se materializó el 11 de septiembre de 1973. Casi todos los detalles ya se saben. Han sido analizados por innumerables investigadores de distintos países del mundo, por universidades, por organismos oficiales de los países que estuvieron involucrados o no, por la prensa mundial y por miles de testigos que aportaron y todavía aportan después de tantos años, pedazos de verdades que ayudan a esclarecer lo sucedido. Es que el proyecto que encabezó Salvador Allende fue algo único y esperanzador: iniciar un camino de transformación profundo, revolucionario, dentro de los mecanismos que la Constitución política permitía, sin romper con la democracia liberal. Este avance hacia el socialismo en democracia, único en su especie, se inició en el contexto de la Guerra Fría plenamente vigente en esos años y de fuerzas internas que pujaban por detener el proceso a como diera lugar. Ya sabemos el resultado.
Nixon no podía aceptar ese menú de “las empanadas con vino tinto”, ni la Unión soviética, su enemiga, defender algo tan exótico y tal vez peligroso para ella y su zona de influencia susceptible de entusiasmar a los comunistas de Europa occidental, como de hecho ocurrió, o al mismo Imperio y sus países aliados, que se desplomaron años después en silencio ante la perplejidad de todos.
A las fuerzas socialistas y progresistas de Europa el experimento de Allende les deslumbraba. Los chinos, con su visión a largo plazo y cultura milenaria —y a pesar de que el gobierno de Allende fuera el primer Estado del continente americano en reconocer su gobierno y restablecer relaciones diplomáticas recíprocas—, miraban el experimento de la Unidad Popular con distancia.
En Chile todo bullía. La experiencia duró mil días y Pablo Santillana tuvo que exiliarse porque estar muerto o encarcelado de poco servía y tal vez la situación podía revertirse. No todo estaba perdido. La Junta usurpadora “podía caer y va a caer”. “Si, muy pronto” … pero la dictadura duró diecisiete años.
El Pablo Santillana que estaba por nacer, dio un salto y cruzó las altas cumbres de la Cordillera de los Andes, siguió hacia Cuba donde arribaron algunos dirigentes del Partido Socialista de Chile y regresó a la capital de la República de Argentina con el corazón partido y las pulsaciones en el borde máximo. Las indicaciones de Beatriz Allende —mano derecha e hija de Salvador Allende, que ya estaba en la Habana y con quien colaboró en tareas de información y análisis—, lo impulsaron a continuar con esos trabajos, ahora desde Buenos Aires.
Otros, por diversas rutas, mandatados por restos de la organización partidaria cuyos miembros se mantenían en pie en Chile, se unieron en Buenos Aires apenas pudieron para cumplir encargos políticos, o exigidos por las circunstancias. Todos con los mismos síntomas cardiacos: altas pulsaciones.
El Presidente Allende intuía la importancia de dar a conocer al mundo lo que había sucedido en esos casi tres años de mandato revolucionario y en el doloroso final. En medio de la refriega y del bombardeo aéreo y terrestre del Palacio de la Moneda, del estallido de vidrios, gritos, sangre, convertido el lugar en barbarie, le exigió a su principal asesor político y ordenador del original proyecto que ahora destruía la insurrección cívico militar con la ayuda decisiva de Nixon y Compañía, que saliera del lugar con el fin de contarle al mundo como un trovador moderno lo que habían pensado, de sus avatares en la materialización práctica de las ideas, en fin, de lo que había ocurrido. Joan Garcés cumplió el encargo. Escribió, testificó, aclaró y siguió involucrado en la lucha hasta hacer detener por la justicia inglesa al exdictador que, en 1998, paseaba (¿?) impunemente, recorriendo las vitrinas londinenses con tarjeta bancaria VIP del Banco Riggs en su bolsillo. Ese hombre podía y debía ser extraditado y juzgado por graves violaciones a los derechos humanos. También se conoce hoy el insólito desenlace y sus secuelas.
Ese 11 de septiembre de 1973, Allende se preparaba para morir en La Moneda como Presidente Constitucional, después de haber intentado desde antes y hasta el final, revertir la situación. No tuvo éxito. Su discurso de despedida fue algo único, profundo, como lo había sido la experiencia de la Unidad Popular. Joan Garcés salvó el pellejo y ejecutó con creces el mandato del Presidente muerto.
Su hermano Vicente Garcés —desde otra perspectiva y lugar— contaría lo que aconteció después del Golpe de Estado durante el primer año de dictadura militar de Augusto Pinochet. Lo hizo en Buenos Aires desde la semiclandestinidad, metido en una parte del cuerpo y del alma múltiple de Pablo Santillana, a través del Boletín de la Resistencia chilena en el exterior.
Los otros Pablos Santillana le suministraban a Vicente Garcés para la preparación y análisis de sus escritos, información que llegaba por los más diversas fuentes: testimonios de los que huían, barretines hechos con la maestría de un experto donde aparecían documentos o peticiones; personal diplomático de otras naciones también aportaban visiones y datos que ayudaban al análisis; se consultaban diarios, se escuchaban radios y en no pocas ocasiones dirigentes políticos y sociales que salían de Chile clandestinos, disfrazados, escondidos, llegaban a Buenos Aires para seguir hacia otros países y vincularse con la dirección del Partido Socialista que se hallaba en el exterior.
En esos años no existían celulares ni internet, menos la Inteligencia Artificial. Comunicarse en tiempo y forma era dificultoso, lento, ambiguo. Sin embargo, Pablo Santillana era tenaz, investigaba, pensaba, escribía.
El multicuerpos Santillana, luego de leer los reportes semanales del Pablo singular, los distribuía y llegaban a dirigentes y militantes que se habían refugiado en diversos países del mundo. Esta labor podría haber continuado después de un año de ardua labor partidaria, sin embargo…
Como decíamos, las ondas telúricas atravesaron desde el Pacífico al Atlántico y llegaron en la escala Richter a marcar un terremoto político y social que afectó de manera grave y diversa la tierra de acogida y a “los Santillanos” mismos como lógica consecuencia. En efecto, durante gran parte del gobierno de Salvador Allende entre los años 1970 y 1973, gobernaba en Argentina una fuerza de facto, producto de la autollamada “Revolución Argentina” (1960-1973) El general Lanusse presidía la República. Las relaciones diplomáticas entre Chile y Argentina, entre un gobierno democrático que avanzaba hacia el socialismo y otro dictatorial derechista, se desarrollaron de manera normal hasta mayo de 1973.
En esos meses se inicia un complejo proceso de transición democrática en Argentina que significaría el regreso de Perón al poder. Asume provisionalmente Héctor Cámpora por encargo de aquél, al ganar la elección con un amplio margen. Muy pronto renuncia y el 23 de septiembre, a solo 12 días de producido el golpe de Estado en Chile, y a tres meses del golpe que derribó la democracia en la República Oriental del Uruguay, Juan Domingo Perón ganaba las elecciones presidenciales en Argentina.
El 12 de octubre de 1973 asumía sus funciones por tercera vez en su vida. “Perón, Perón, ¡qué grande sos!” La mayoría del grupo de “los Santillanos” llega a la Argentina cuando el líder está instalado en la Casa Rosada. En Buenos Aires se encontraban otros refugiados chilenos o de diversos países del cono Sur, que habían tenido roles importantes en sus países. El excomandante en Jefe del ejército chileno Carlos Prats, el expresidente de Bolivia general Torres, exsenadores uruguayos, y tantos otros, eran acogidos en esta nueva oportunidad que Argentina les daba. Pero la tierra temblaba.
El gobernante tuvo crecientes dificultades entre sus partidarios y fuertes presiones de sus adversarios. Todo fue rápido como un rayo incandescente. Perón murió en menos de un año de su llegada al poder. A sus multitudinarias exequias asistió pensativo Pablo Santillana. Al presidente de la Nación le sucedió la vicepresidenta, su esposa Isabel Perón, el 1° de Julio de 1974. Poco duró su reinado. No lo pudo ni lo supo domeñar. Allí gobernó de hecho José López Rega, subordinado del general, un fascista redomado ministro del gobierno y creador de la organización terrorista de ultraderecha Alianza Anticomunista Argentina, Triple A.
Fue en la noche del 30 de septiembre después de casi tres meses de la asunción de Isabel Perón, cuando una bomba colocada bajo el chasis del auto del General chileno Carlos Prats —excomandante en Jefe del ejército y exministro de Salvador Allende refugiado en argentina —, hizo volar por los aires los cuerpos de él y su esposa Sofía. El largo dedo de Pinochet sostenido por la mano de un norteamericano, con sospechosas vacilaciones de la Policía Federal Argentina, alertaban al mundo que todo olía muy mal en el cono sur del mundo americano. Este crimen afectó fuertemente a “los Santillanos”. Se había logrado pocos días antes de la explosión de la bomba terrorista, publicar en Argentina el libro que más de medio siglo después de esos nefandos días, se presenta hoy en su segunda edición, “Chile: análisis de un año de Gobierno militar”, con el nombre real de su autor. La primera -en aquel contexto- no pudo tener una distribución normalizada. La mayor parte de los libros impresos se ocultó en un almacén. Nunca más se supo de su existencia.
Vicente Garcés se esfumó. Pasado algunas semanas sus compañeros se enteraron de que había salido de Buenos Aires poco después del asesinato del general chileno a quien él y “los Santillanos” visitaban de vez en cuando. Prudente e inteligente nuestro Pablo Santillana. Regresó a Valencia su ciudad de origen. Mal que mal como español y con la experiencia de dirigente estudiantil contra la dictadura Franquista, sabía lo que era la represión, la violencia y el fascismo. Sabía lo que estaba sucediendo en Chile y temía lo que, a pesar de todos los esfuerzos democráticos, era altamente probable que pudiese suceder también en Argentina. España estaba en esos momentos más tranquila con un generalísimo gastado y otros cercanos importantes muertos también en autos voladores. Y que se mueve, se mueve.
Otros refugiados abandonaron el país con distintos destinos; comenzaba el segundo exilio. Los menos, entraron a la clandestinidad o se cuidaron suficientemente y permanecieron tratando de dirigir al grupo de socialistas que permanecía en sus tareas partidarias. Menos cafés, pocas callecitas y librerías en calle Corrientes. Los temblores continuaron, la violencia se desató. Argentina caminaba hacia un nuevo desastre.
Muy pronto, en el último trimestre del año 1975, un conjunto de países gobernados por dictaduras, entre los cuales Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay y Uruguay, reunió en Santiago de Chile a los jefes de los organismos de seguridad de esos países. Nacía oficialmente la operación Cóndor, entidad encargada de aniquilar a los adversarios de estos regímenes dictatoriales fueran aquellos políticos, intelectuales, militares, periodistas o cualquiera considerado como “subversivo”. Así se asesinó al expresidente de Bolivia Juan José Torres, a dos legisladores uruguayos Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini, todos en el exilio en Buenos Aires y tantos más. El terrorismo de Estado aplicando el Plan Cóndor sin escrúpulos ni discriminaciones en la tierra de Gardel.
Así, el grupo de “Santillanos” que ingenuamente creyó que no iban a ser perseguidos, fueron detenidos y en las mazmorras, sufrieron los métodos que esta organización terrorista del Estado aplicó por orden de la Dictadura chilena en territorio extranjero. Otra vez en Argentina, pero también en USA, con Orlando Letelier exministro y exembajador de Salvador Allende, en Europa contra tantos connacionales, como el exministro del presidente Frei Montalva, Bernardo Leighton y señora o el exsenador y líder del partido socialista Carlos Altamirano, estos últimos sin resultado de muerte. En fin, la lista es larga, así como la ignominia. La violencia se profundizó. La Presidenta Isabel Perón perdió el control y la apariencia de democracia se desplomó dando paso al golpe de Estado que puso al general Ernesto Videla al mando de la Nación un 24 de marzo de 1976.
La noche cubrió por largos años esta parte del mundo
Y no hay mal que dure cien años. El sol apareció calentando los ambientes y la brisa mejoró notoriamente los nuevos aromas que recibían las sonrientes narices de los ciudadanos. En 1983 se restableció la democracia en Argentina. Raúl Alfonsín entraba a la Casa Rosada y en Chile en 1990, Patricio Aylwin lo haría instalándose en la Moneda restaurada y sucesivos gobiernos democráticos se sucedieron hasta hoy.
Muchos de “Los Santillanos” que sobrevivieron, ocuparon altos cargos en las nuevas administraciones o en otros poderes del Estado. También Pablo Santillana en España con sus ideas y aprendizajes en Chile, Cuba y Argentina, se involucró en las postrimerías del Franquismo en la estructuración del espacio político socialista y la recuperación de la democracia.
La Guerra Fría terminaba. El muro caía. La vida continuaba. La historia abriendo y cerrando caminos en su trabajo incesante, con la amenaza del eterno retorno en estos tiempos de nueva oscuridad mundial.
Hay voces que comienzan a hablar de una Segunda Guerra Fría, donde China toma el lugar que tuvo en el pasado la Ex Unión Soviética frente a su adversario mayor y donde otros se alinean, soportan o se oponen, a la nueva situación. La democracia tiem bla en occidente una vez más. ¿Siglo XXI… Cambalache problemático y febril? ¿Quién se atreve a pronosticarlo? Ni siquiera el mítico Pablo Santillana.
Eduardo Trabucco
ACTIVIDADES PROGRAMADAS:
Vicent Garcés, el autor de Chile. Análisis del primer año de dictadura militar (1973-1974), llegará a Santiago a presentar su libro y participar en una serie de actividades programadas durante la última semana de mayo, las cuales son abiertas a la comunidad.
• Lanzamiento del libro: martes 26 de mayo en dependencias de la Sociedad de Escritores de Chile (Almirante Simpson #7), a las 19:00 horas. Presentan Garcés y Eduardo Trabucco, prologuista del libro.
• Conversatorio “Chile 1973-1974. Primer año de dictadura militar”: miércoles 27 a las 11:00 horas en la sala 328 de la Facultad de Humanidades de la USACH. Participa Vicent Garcés y Marcio Garcés, académico de la casa de estudios.
• Presentaciones en sede PS y Universidad Academia de Humanismo Cristiano: miércoles 27 a las 19:00 en calle París #873. Participa el autor junto a Paulina Vodanovic, presidenta del PS. Al día siguiente, jueves 28 a las 18:30 horas, Garcés junto al historiador y decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Rodrigo Gangas, presentarán el libro en el Auditorio del Campus ubicado en Salvador Sanfuentes #2355.
• Furia del Libro: sábado 30 de mayo a las 16:00hrs en Salón Transiberiano, Estación Mapocho.
Para más información sobre las actividades en torno a Chile. Análisis del primer año de dictadura militar se puede consultar a la editorial Pampa Negra Ediciones a través de su página web, redes sociales o al correo boletinpampanegra@gmail.com
Chile. Análisis del primer año de dictadura militar (1973-1974)
Vicent M. Garcés Ramón
- Pampa Negra Ediciones
- Prólogo de Eduardo Trabucco
- Prólogo de Emma Sepúlveda-Pulvirenti
- 2025 978-956-6297-17-8
- 430 páginas, 16x22cm
“En condiciones de semiclandestinidad, mediante contactos múltiples, con informaciones recibidas por distintas vías, fueron tomando cuerpo algunos de los materiales centrales del Boletín de la Resistencia Chilena en el Exterior. Estructurados posteriormente, reelaborados y completados con los posicionamientos de los diferentes actores políticos que habían conformado los mil días del Gobierno de la Unidad Popular, se convirtieron en este libro”, recuerda su autor, Vicent M. Garcés, cincuenta y un años más tarde. Publicado originalmente en 1974 bajo el seudónimo de Pablo Santillana, es el resultado de un trabajo colectivo que buscó documentar y analizar, con rigor, el primer año del régimen dictatorial instaurado tras el golpe que derrocó a Salvador Allende. Basado, entre otras, en fuentes de la propia dictadura —diarios, revistas, boletines gremiales, declaraciones y documentos oficiales—, examina la política económica, la evolución ideológica y el aparato represivo instalado por la Junta Militar. Además, reúne las respuestas de las fuerzas políticas que integraron la Unidad Popular, junto a las del MIR y la Democracia Cristiana, reproducidas con voz de sus propios protagonistas, acercándonos a las distintas interpretaciones de aquel momento crítico. Esta segunda edición, con prólogos de Emma Sepúlveda y Eduardo Trabucco, además de un conjunto de fotografías de Chas Gerretsen, devuelve al “mosaico de la memoria chilena” un documento que nació en el exilio y en la urgencia por comprender los comienzos del régimen civil-militar que, pretendiendo borrar la experiencia de la vía chilena al socialismo, instauró una de las dictaduras más prolongadas y violentas en América Latina.





