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¿Cómo se llegó hasta aquí?

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Cabe preguntarse cómo fue posible llegar a este límite en que una aplastante mayoría opta por la ignorancia, la inhumanidad y la mentira. Aunque duela, hay una gran proporción del censo que opta por la barbarie. Y al parecer, no nos damos cuenta el peligro que ese estado importa.

Misma cosa en Argentina. Hasta hace poco nos asombraba algo que ya es usual: la ignorancia y brutalidad suma del presidente argentino y sus acciones y afirmaciones carentes de toda lógica, respeto y sentido, fundamentadas en superchería pseudo científicas, una enferma interpretación de lo religioso, y, por cierto, de una veracidad más que discutible.

Pero, por sus consecuencias eventuales y las que ya hemos visto, mucho peor es el irrespeto por el derecho internacional, la violación de toda norma, la dudosa sanidad mental del ultraderechista presidente de Estados Unidos y sus derivaciones que sonarían a risa si no fuera porque afectan y eventualmente asesinan, a mucha gente inocente.

Y agregue usted las victorias ultraderechistas, la misma de Trump, Milei y Kast, en gran parte de la progresista Europa, además de la casi inocente Canadá.




Estos sujetos que alteran el sentido de lo humano, del significado de vivir en sociedad son los faros que iluminan el trasfondo valórico e ideológico de presidente local, el ultraderechista José Antonio Kast.

Y refuerzan su interpretación de las escrituras cristianas, quizás salidas de una concepción torcida de la enseñanzas del Maestro en las que se afirma la arquitectura de un cristianismo que busca el bien.

Y lo que se hace es todo lo contrario.

Estamos en manos de gente que abjura de la inteligencia, la cultura y el arte. De lo que puede llamarse civilización en un sentido opuesto a la barbarie. Esa que viene. Esa que, de cierta manera, ya está.

Es gente que pone por encima de cualquier valor humano lo que se relaciona con el precio y la riqueza de cosas que, en el fondo, no hacen mejor la vida en el planeta. Al contrario, la amenazan. Que no sirven de nada si se miran desde el punto de vista que ofrece la cornisa de la que la humanidad está peligrosamente pendiente.

Cierto que las imbecilidades y desatinos del presidente mueven a risas y estimulan memes y chistes.  Pero la cosa es de verdad seria. Peligrosa.

Hemos permitido, y otros impulsado, que estas ideas cavernarias y francamente contrarias al sentido de los más hondamente humano, hayan sido inoculadas sin prisa, pero sin pausa en treinta años de aplicación de un proyecto de continuidad de lo esencial de la dictadura.

Y gran parte de la ciudadanía, al parecer, no se ha dado cuenta.

La escuela, los medios de comunicación, la izquierda neoliberal y la demolición de la prensa democrática, el alarmante mutismo de quienes por convicción y doctrina deberían rebelarse ante este estado de cosas, las deudas como herramienta de control, la penetración de agentes infiltrados en partidos y organizaciones sociales, y la instalación de que este es el único e irremplazable modo de vida, ha narcotizado a la gente.

Y, sobre todo, ha desarmado a la izquierda por la vía de fragmentar sus peleas históricas hasta que han perdido todo sentido estratégico, llegando a parecer cuestiones que tienen que ver con la mala o buena voluntad de las personas y que se diluyen como cuestiones que no se explican como efectos del orden capitalista.

Privatizaron hasta las peleas que antes era una sola si se sumaban todas. A vista, paciencia y anuencia de quienes deberían ser su acérrimos impulsores.

Al parecer, las ideas que lograban sintetizar los efectos de un orden esencialmente explotador, mutilador de ideas, represivo por excelencia, depredador de países y continentes, enemigo de la libertad de las personas, sucumbieron al efecto diluyente que les adelgazó las peleas.

Resulta de una nitidez abismante lo que sucede en el territorio mapuche y su más que centenaria lucha.

Si bien la izquierda jamás entendió a cabalidad de qué trataba aquello, al menos elevaba sus esfuerzos para disponerse para la defensa de aquellas reivindicaciones que ya parecen no caber en el actual ideario revolucionario que respeta la institucionalidad estatal y las leyes que el mapuche intenta desarmar por ser la principal herramienta del despojo, sometimiento y asimilación.

¿Se podría estar a ambos lados del conflicto?

Agregue usted cómo se han ido deshilando en muchas e inofensivas causas locales y acotadas, lo que hasta hace poco estaba en el foco estratégico de la izquierda: el socialismo o un proceso hacia allá, como una manera de proponer un camino de liberación de las máculas y lacras del capitalismo en su versión neoliberal extrema.

¿Qué queda de aquello?

Al parecer, el perfil del actual trabajador, explotado, humillado, endeudado y maltratado, no cuadra con la idea del proletario que tenía por misión cambiar al mundo de fases. Y, también al parecer, no queda más que adecuarse al sistema, ese enemigo de los pueblos, para ver si desde ahí se puede hacer algo.

El trabajador ahora es un colaborador del burgués que lo explota. Y el que se autoexplota, se llama emprendedor. El pueblo se llama contribuyente. Y clase media el que vive de un sueldo. Indigente es ahora un tipo en situación de calle. Un libertario es un recalcitrante ultraderechista enemigo de la libertad. El enemigo ganó incluso en el lenguaje.

Propietarios no proletarios. ¿Recuerda?

En alguna parte, quizás en los laboratorios de la CIA, se desagregaron las causas grandes en muchas pequeñas intenciones correctivas de manera que se les fue sacando su origen en un orden esencialmente inhumano, para adjudicarlas a cuestiones espirituales y formales, de los sentimientos de buena vecindad y de la buena voluntad de los poderosos de turno.

Eso que no existe ni existirá jamás.

 

Ricardo Candia Cares

 



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Ricardo Candia

Escritor y periodista

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