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Contra encíclica para tiempos algorítmicos

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Se ha vuelto común escuchar advertencias apocalípticas sobre la inteligencia artificial. Que viene a reemplazar al ser humano. Que destruirá el pensamiento. Que amenaza el alma, la ética, la espiritualidad y quién sabe cuántas cosas más. Incluso desde el Vaticano han surgido voces que parecen observar el desarrollo de la inteligencia artificial como si se tratara de una nueva torre de Babel levantada por la soberbia humana.

Pero quizá aquí existe una confusión histórica de fondo.

Porque culpar a la inteligencia artificial de los males contemporáneos es más o menos equivalente a culpar a la imprenta por las guerras religiosas, o a la máquina a vapor por la explotación obrera del siglo XIX. La técnica nunca ha sido inocente, pero tampoco ha sido jamás el sujeto histórico principal. Las herramientas no organizan la sociedad; son las relaciones sociales las que determinan el sentido de las herramientas.

Los primeros obreros que destruían telares creían que el enemigo era la máquina. Con el tiempo comprendieron que el verdadero problema no era el hierro ni los engranajes, sino el sistema que convertía el trabajo humano en mercancía y la vida en acumulación privada.




Hoy ocurre algo parecido.

La inteligencia artificial no es un demonio metafísico caído desde el cielo digital. Es el resultado acumulado del desarrollo científico humano; una prolongación histórica de nuestra capacidad de observar, abstraer, calcular y crear. Es, en cierto modo, una nueva etapa del cerebro colectivo de la humanidad.

Y mientras algunos anuncian el fin del espíritu humano, la inteligencia artificial ya está ayudando a descubrir tratamientos para el Alzheimer y el Parkinson; ya participa en investigaciones capaces de predecir estructuras proteicas fundamentales para combatir enfermedades; ya colabora en el desarrollo de prótesis neuronales para personas paralizadas; ya acelera avances en regeneración de tejidos, impresión biológica y medicina personalizada.

Es decir: mientras algunos ven una amenaza abstracta, millones de personas ven la posibilidad concreta de aliviar el dolor, recuperar movilidad, extender la vida y mejorar sus condiciones materiales de existencia.

El problema entonces no es la inteligencia artificial.

El problema sigue siendo el mismo de siempre:
¿quién controla el conocimiento?
¿para qué se utiliza?
¿quién se beneficia del desarrollo tecnológico?
¿la técnica servirá para liberar tiempo humano o para profundizar la explotación?
¿será un instrumento de emancipación colectiva o un nuevo mecanismo de concentración económica y vigilancia social?

Porque una inteligencia artificial al servicio del capital puede transformarse en una maquinaria monumental de control, desempleo y manipulación. Pero una inteligencia artificial puesta al servicio de la humanidad podría reducir trabajos alienantes, universalizar el acceso al conocimiento, democratizar la salud y abrir capacidades creadoras jamás vistas en la historia.

Ahí está la verdadera disputa.

No entre humanidad y máquina.

Sino entre emancipación y dominación.

Y tal vez por eso ciertas estructuras tradicionales observan este proceso con incomodidad. Porque la inteligencia artificial no sólo amplifica la fuerza física del ser humano, como lo hizo la revolución industrial; ahora comienza también a intervenir en territorios que durante siglos fueron considerados exclusivos del espíritu, de la intuición o incluso de la divinidad.

La máquina ya no sólo levanta peso.
Ahora también diagnostica, traduce, compone, interpreta, deduce y aprende.

Y eso produce vértigo.

Tal vez el temor profundo no sea tecnológico, sino filosófico.

Porque desde Nietzsche sabemos que Dios había muerto como fundamento absoluto del mundo moderno. Pero Nietzsche lo anunció como tragedia poética y filosófica. La inteligencia artificial, en cambio, podría terminar redactando el informe técnico de aquella defunción, no un aforismo, no una metáfora.

Sino una explicación sistemática y racional de cómo la humanidad fue creando, en su propio desarrollo histórico y material, aquello que antes atribuía al misterio.

Y aun así, el centro de todo no debería ser la adoración de las máquinas ni el rechazo supersticioso de ellas.

El centro sigue siendo el ser humano.

Su emancipación.

La posibilidad concreta de liberar a millones de personas del sufrimiento evitable, del trabajo alienado, de la enfermedad, de la ignorancia impuesta y de la miseria organizada.

Porque si la inteligencia artificial tiene algún sentido histórico verdaderamente noble, no será reemplazar a la humanidad, sino ampliar radicalmente sus posibilidades de existencia.

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



  1. Qué bien si como piden los dos Papas se usara para aliviar la vida de la gente pobre, que ya no tenga que levantar tanto peso para su columna, o trabajo de pinturas venenosas, u otro tipo de cosas, como se dice para la salud, sin embargo con este sistema manejado por la economía e ingenieros comerciales que nos impusieron, donde vales según cifras que convengan o no a una empresa, y eso se hace hasta en la educación superior, significa que ya durante 50 años se despida y elimine ese puesto, para que el que queda haga el trabajo del que falta y de ahí a que unido al discurso de la «grasa» que hay que sacar del estado, la atención sea peor…el Estado de hace 53 años, se caracteriza por ello. Basta ver que hasta el Banco estatal cambió de nombre, y hay partes con sucursales con una caja y las largas colas de usuarios desesperados por ver como el tiempo pasa y no se llega a la ansiada meta de esa caja…peor aún cuando el cajero se manda cambiar y no vuelve en muchos minutos, crece el cortisol de los sufridos esperantes que ven como su sueño se va…qué decir de la salud, con sus listas de espera de 7 años a veces donde es milagro el viejo o vieja aún esté vivo…qué decir la desidia de las empresas de buses que eliminaron hace mucho al auxiliar y el conductor va solo, y de mal humor, donde el pasajero es la víctima que debe aceptar el mal trato porque ya se conformó que no hay salida, incluso buses sin cinturón o vencido, o …pero sí con mucha publicidad de los «buenos» programas de la TV, la vida de gente estúpida que si se divorció o la engañaron o si peleó con tal otra persona del flaiterío programa inútil de a TV con que llenan a la masa de información… como sabemos el empresariado más bien querrá usar esa herramienta porque un robot no come, pide aumento, ni vacaciones y menos se enferma y pide sindicato tan molesto que hubiera que prohibirlo…aún sin aplicación de IA, ya los despidos son pan de cada día ya pensando en reemplazo del humano por esas magníficas herramientas de hacer crecer el capìtal sin importar nada.

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