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Chile sin relato nacional

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En esta columna me gustaría reflexionar sobre la falta de una narrativa nacional en Chile. Desde mi punto de vista, esa ausencia genera muchas de las fracturas que observamos hoy y contribuye a la fragmentación que atraviesa al país. Me parece, además, que al actual gobierno este problema no le preocupa realmente. Su prioridad parece ser la protección de los intereses de una determinada clase social, particularmente de los sectores más acomodados.

Creo que este asunto es importante porque, cuando no existe una narrativa nacional compartida, aparecen en la vida cotidiana síntomas como la falta de expectativas respecto del futuro, la incertidumbre sobre el rumbo colectivo y una crisis de identidad. Esa identidad, en las condiciones actuales, pareciera emerger principalmente de manera reactiva frente al fenómeno migratorio que vive Chile.

Si se quisiera expresar esta idea en términos conceptuales, podrían distinguirse tres nociones fundamentales.

La primera corresponde a los símbolos nacionales. La bandera flameando en edificios públicos, las celebraciones del 18 de septiembre o incluso ciertas formas características de nuestro español constituyen marcadores de identidad. El 18 de septiembre, por ejemplo, sigue siendo una de las principales fiestas populares del país. En la Región de Coquimbo, donde actualmente resido, La Pampilla representa una expresión excepcional de encuentro colectivo y de celebración popular. Del mismo modo, muchos extranjeros destacan en redes sociales rasgos propios del habla chilena como un elemento distintivo de nuestra identidad.




Sin embargo, la función de estos símbolos suele ser principalmente denotativa: indican pertenencia, pero no prescriben un sentido compartido.

El segundo concepto es el de narrativa nacional. Se trata del relato fundante que articula pasado, presente y futuro de una comunidad política. En términos de Paul Ricoeur, toda narrativa colectiva responde a tres preguntas fundamentales: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos? y ¿hacia dónde vamos?

Tengo la impresión de que hoy Chile no posee respuestas claras para ninguna de esas interrogantes. La disminución de la enseñanza de la historia en los colegios constituye un ejemplo evidente. Quienes hacemos clases en la universidad observamos con frecuencia que muchos estudiantes llegan sin conocer aspectos básicos de la historia nacional. A menudo debemos explicarles por primera vez acontecimientos que deberían formar parte de su formación escolar.

Incluso existe un profundo desconocimiento de la historia local. En la Universidad Católica del Norte, por ejemplo, no es raro encontrar estudiantes que saben muy poco sobre la historia de Coquimbo, La Serena o de otras localidades de la región. Resulta difícil enseñar procesos como la Revolución Francesa cuando ni siquiera existe una comprensión básica de la historia del propio territorio que los rodea.

El tercer concepto corresponde al proyecto nacional, entendido como la traducción institucional de esa narrativa. Un proyecto nacional supone un horizonte de largo plazo, objetivos estratégicos y una capacidad estatal efectiva para llevarlos a cabo.

En este punto, mi impresión es que Chile carece de un verdadero proyecto nacional desde el golpe de Estado de 1973. Quizás durante los primeros años de la Concertación existieron algunos intentos de construir un horizonte común, pero fueron difusos e insuficientes. La dictadura impulsó un modelo que se presentaba como nacionalista, aunque, a mi juicio, terminó siendo profundamente antinacional al privatizar buena parte de los recursos estratégicos del país y aumentar la dependencia respecto de los mercados internacionales.

En esa línea, me pareció particularmente ilustrativa la afirmación realizada hace algunos días por el ministro  Jaime Campos acerca de la necesidad de incorporar más mano de obra extranjera para el trabajo agrícola. Más allá de la discusión específica sobre esa declaración, ella refleja una lógica en la que parece resultar preferible importar trabajadores en condiciones precarias antes que mejorar los salarios y las condiciones laborales de quienes ya viven en Chile. Esa visión expresa, precisamente, la ausencia de un proyecto que tenga como prioridad el bienestar de la población local.

Desde esta perspectiva, tampoco observo que las principales fuerzas políticas actuales, incluido el Partido Republicano, estén proponiendo un proyecto nacional articulado.

Hasta aquí podría resumirse el diagnóstico de la siguiente manera: Chile dispone de símbolos nacionales, pero carece de una narrativa articuladora y, en consecuencia, de un proyecto nacional.

Como ha señalado el historiador Jorge Pinto Rodríguez, el propio 18 de septiembre —que conmemora la Primera Junta Nacional de Gobierno y no la independencia propiamente tal— funciona hoy principalmente como un rito cívico desprovisto de una verdadera teología cívica. Es una celebración que reúne, pero que ya no orienta colectivamente.

Si situamos esta discusión en un marco teórico más amplio, Benedict Anderson definía la nación como una comunidad imaginada. Un país como Chile, con miles de kilómetros de extensión y una enorme diversidad regional, requiere precisamente un relato que haga inteligible ese «nosotros». Debe existir algún vínculo simbólico capaz de conectar a un habitante de Arica con otro de Punta Arenas.

Sin una narrativa compartida, esa extensión territorial termina traduciéndose en fragmentación sociopolítica. Personalmente, no observo que exista actualmente una preocupación significativa por este problema ni en el oficialismo, ni en la oposición, ni en los principales partidos políticos.

Otro concepto útil es el de religión civil, desarrollado por Jean-Jacques Rousseau y posteriormente por Robert Bellah. Toda comunidad política moderna requiere ciertos elementos sagrados de carácter civil: mitos, valores, rituales compartidos y símbolos que legitimen el sacrificio colectivo y otorguen cohesión social. Cuando ese sustrato se erosiona, el Estado pierde capacidad para generar cumplimiento normativo y cohesión en momentos de crisis.

Mi tesis es que Chile atraviesa precisamente una crisis de religión civil desde la consolidación del modelo económico impuesto durante la dictadura. El mercado y la racionalidad instrumental ocuparon el lugar del relato nacional, pero nunca lograron producir vínculos colectivos ni un horizonte compartido de futuro.

En ese vacío crecen la incertidumbre, la percepción de desigualdad y también las sensaciones de amenaza identitaria. Pienso que parte de las reacciones frente a la inmigración deben comprenderse desde este marco. No se trata simplemente de prejuicios individuales, sino de una sociedad donde el capitalismo chileno ha debilitado los vínculos colectivos y ha dejado a muchas personas sin referentes compartidos. En ese contexto emergen respuestas reaccionarias y xenófobas que deben ser analizadas con mayor profundidad.

Me parece, además, que buena parte de los estudios sobre las nuevas derechas en Chile continúa utilizando modelos europeos que no siempre logran explicar adecuadamente nuestra realidad histórica.

Recuerdo, de hecho, una observación que hizo un estudiante durante una clase. Me comentó que el sentimiento nacional en Chile pareciera aparecer sobre todo durante las catástrofes. Pensó inmediatamente en la imagen del terremoto de 2010, cuando un habitante de Dichato levantaba una bandera chilena cubierta de barro. Esa imagen refleja muy bien cómo, en momentos extremos, reaparece la conciencia de pertenecer a una misma comunidad política. Siempre me pareció una observación muy aguda.

Naturalmente, todas estas cuestiones requieren mayor discusión. Por eso intento abordarlas desde una perspectiva de izquierda. Creo que nos hemos acostumbrado a pensar únicamente en términos de gestión pública, cuando el problema es más profundo. Chile no necesita solamente administrar mejor las cosas; necesita reconstruir un mito político orientado hacia el futuro, capaz de transformar el capital simbólico existente en un verdadero proyecto nacional.

Mientras ese relato no exista, el vacío seguirá siendo ocupado por los discursos del mercado, por la ideología del emprendimiento, por demandas identitarias completamente fragmentadas o por distintas formas de privatización del sentido colectivo. El resultado es un país que termina pareciéndose a un archipiélago social: múltiples comunidades legítimas desde el pluralismo democrático, pero sin un horizonte simbólico común que las articule.

Quizás ese sea uno de los rasgos más característicos de la modernidad tardía: una modernización económica que no vino acompañada de una modernización del sentido.

Hoy tenemos una sociedad materialmente más desarrollada que hace algunas décadas, pero mucho más pobre en significados compartidos. Creo que ha llegado el momento de discutir seriamente este problema. No se trata de una cuestión anacrónica ni de una nostalgia por el pasado. Si queremos construir una democracia fuerte —política, social y económicamente— en tiempos de incertidumbre, la reconstrucción de una narrativa nacional debería volver a ocupar un lugar central en el debate público.

 

Fabián Bustamante Olguín

Académico del Departamento de Teología, Universidad Católica del Norte, Coquimbo.



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Fabián Bustamante Olguín

Doctor en Sociología, Universidad Alberto Hurtado Magíster en Historia, Universidad de Santiago Académico Asistente del Instituto Ciencias Religiosas y Filosofía Universidad Católica del Norte, Sede Coquimbo

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