
Los 26 votos de una derecha sin escrúpulos: La cacofonía de una oposición sin brújula
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El gobierno de José Antonio Kast celebró con la pompa del triunfador, pero su Paquete Neoliberal —disfrazado de “Plan de Reconstrucción Nacional”— fue aprobado en el Senado con el número exacto de los justos: 26 votos, ni uno más. Esa matemática parlamentaria no es un triunfo, es una confesión de debilidad. Confirma que el proyecto no convence a nadie fuera de la bancada oficialista, y que su legitimidad descansa en un hilo que el propio mandatario reconoció al advertir que “la ley no está aprobada” y que recién comienza el verdadero calvario artículo por artículo. Pero lo que viene no es un debate técnico, sino la constatación palmaria de que este Ejecutivo gobierna exclusivamente para la oligarquía empresarial que lo financia, y lo hace con el cinismo de quien ya no necesita disimular.
La oposición ha leído con claridad el rostro del monstruo, pero su claridad diagnóstica contrasta con su parálisis estratégica. La senadora Karol Cariola (PC), incapaz de explicar los engranajes de la política oligárquica, repite lo que todo chileno sabe: que el proyecto de Kast “enmascara a nombre de la reconstrucción una reforma tributaria hecha para favorecer a los mismos de siempre”, y el Consejo Fiscal Autónomo refrendó la denuncia al advertir que el ajuste no corrige el deterioro fiscal y solo beneficia al gran capital. Sin embargo, mientras el ministro Jorge Quiroz y el biministro Claudio Alvarado defienden a capa y espada esta rebaja impositiva para los súper ricos, la alianza opositora se pierde en sus propias internas, careciendo de una narrativa unificada que trascienda el rechazo instantáneo.
La “mesa técnica” que la presidenta del Senado, Paulina Núñez (RN), ofrece ahora es una burda cortina de humo que el gobierno negó en tres ocasiones cuando la oposición la solicitó. El diputado Diego Ibáñez es otro que se autoflagela: “nos negaron el diálogo durante un mes, y ahora, con la votación ganada por un solo voto, pretenden simular apertura”. Pero la oposición no debería limitarse a quejarse del retraso; debería exhibir una hoja de ruta propia, porque su actual estrategia parece un collage de parches improvisados más que un contrapoder con proyecto. La ciudadanía observa perpleja cómo sus representantes gastan energías en documentos paralelos y ruedas de prensa, mientras la coherencia política se diluye en cálculos electorales y rencillas mezquinas. Un “circo político” lo llama la sabiduría popular.
El caso del senador Pedro Araya (PPD) es la metáfora perfecta de esta descomposición: se abstuvo para no darle el gusto ni al gobierno ni a sus propios compañeros de bloque, mientras el Ejecutivo le devolvía el favor aprobándole en suma urgencia un proyecto para beneficiar a notarios. Esa coreografía sórdida revela que, para algunos, la lealtad al bolsillo propio pesa más que la coherencia programática. La oposición no tiene un plan B definido, ni una propuesta tributaria alternativa consensuada que entusiasme a las mayorías, y su desunión crónica se convierte en el mejor aliado de un gobierno que solo necesita arañar los votos justos para seguir adelante con su agenda regresiva.
Mientras la crisis ecológica se anuncia en otras latitudes, Chile tendrá este verano incendios y sequías que no distinguen colores políticos. Este gobierno de ultraderecha profundiza todas las amenazas ambientales bajo la excusa de la “reactivación”. Acelerar los permisos medioambientales no es agilizar, es desregular a mansalva para que las grandes extractoras arrasen con los territorios sin control. En lugar de fortalecer la institucionalidad, la dinamitan; en lugar de proteger a las comunidades, las exponen al saqueo. La reconstrucción que promete Kast no es para los damnificados, sino para reconstruir las ganancias de sus socios corporativos, y la oposición, atrapada en su laberinto interno, no logra articular un discurso ecológico contundente que conecte con la urgencia real de la gente.
El Gobierno de la motosierra ultraliberal de Javier Milei es una advertencia que el pueblo chileno debería tomar en serio, pero también un espejo vergonzoso para la oposición. Si la Ley Ómnibus fracasó y tuvo que ser podada de 664 a 279 artículos para sobrevivir, igual avanzó en Argentina el proyecto global de las ultraderechas. En el Congreso chileno, mientras el gobierno negocia con los senadores “bisagra” para preservar el corazón de su reforma —rebaja tributaria e invariabilidad—, el bloque opositor negocia consigo mismo, sin lograr imponer condiciones de fondo ni una contraoferta fiscal que realmente redistribuya la riqueza y enfrente el cambio climático.
Las críticas del senador Francisco Huenchumilla sobre la falta de confianza y el cuestionamiento del senador Iván Flores a la invariabilidad tributaria son legítimas, pero se quedan cortas si no van acompañadas de una movilización política real dentro y fuera del Congreso. Presentar más de cien indicaciones no es sinónimo de incidencia; puede ser solo ruido burocrático si no hay voluntad de diálogo unificado y firmeza para tumbar los puntos nodales del proyecto. La oposición sabe qué rechaza, pero sigue sin articular un relato esperanzador que interpele a la clase media y a los trabajadores más allá del eslogan, y esa vacuidad programática la condena a ser permanentemente el “vagón de cola” que tanto criticó Araya.
La mezquindad de La Moneda queda expuesta en cada gesto: mientras Kast, Quiroz y Alvarado insisten en un paquete que solo profundiza la desigualdad, la oposición replica con documentos que nadie lee y declaraciones que se superponen sin construir un frente común. No hay reconstrucción nacional posible sobre la base de la imposición y el favorecimiento a los poderosos, pero tampoco la habrá si el contrapeso democrático se fragmenta en cálculos mezquinos y ausencia de liderazgo colectivo. El pueblo de Chile no solo reclama justicia tributaria y protección ambiental; reclama una oposición que esté a la altura de la hora histórica, no un coro de voces disonantes que se pierde en su propia cacofonía.
Los 26 votos justos reflejan la precariedad del oficialismo, pero también evidencian la incapacidad del adversario para articular un contrapeso sólido. El gobierno sabe que puede perder artículos, pero confía en que la fragmentación opositora le permitirá conservar lo esencial; y tiene razón, porque mientras unos senadores presionan, otros negocian prebendas, y la base ciudadana asiste al espectáculo con una mezcla de indignación y desencanto. En esa dinámica, la oligarquía sigue haciendo las suyas, protegida por un gobierno que no le exige nada y una oposición que no logra ponerse de acuerdo para exigírselo todo.
Chile no necesita más privilegios para unos pocos: necesita una oposición que abandone sus rencillas infantiles y se atreva a proponer un modelo alternativo concreto, financiado y ecológicamente valiente. El plan de la ultraderecha neoliberal de Kast es el síntoma de un gobierno que desprecia el futuro, pero la fragmentación opositora es el caldo de cultivo que le permite sobrevivir. Mientras ambos bandos se enredan en argucias parlamentarias y votos ajustados, el país arderá literal y figurativamente, y la urgencia de un cambio profundo choca contra la mediocridad de una política que ha perdido el rumbo. Que el gobierno celebre su victoria pírrica y que la oposición se mire al espejo: la historia no les perdonará haber jugado al ajedrez mientras la casa incubaba al Niño.
Leopoldo Lavín Mujica
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