
Sudán y la economía del caos: recursos, armas y destrucción
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La guerra en Sudán, que comenzó en abril de 2023, ha entrado en una fase que muchos diplomáticos describen como “la descomposición total del Estado”. Pero para quienes viven en El Obeid, capital del Kordofán del Norte, la guerra no es una abstracción geopolítica: es el sonido de los drones sobrevolando los techos, el olor del agua estancada, la espera interminable frente a un pozo que ya no bombea, la certeza de que el mundo observa pero no interviene. Es también la sensación de que la historia se repite, que las advertencias no bastan, que las instituciones internacionales están atrapadas en su propia parálisis.
El Obeid, ciudad estratégica en el corazón del país, se ha convertido en un símbolo de la guerra contemporánea: una guerra que se libra desde el aire, que se sostiene con economías ilícitas y que se perpetúa gracias a la indiferencia global. Una guerra donde los civiles son el objetivo, no el daño colateral.
La vida bajo el asedio: la rutina del miedo
Para entender El Obeid hoy, hay que imaginar una ciudad que respira con dificultad. Las calles están vacías a mediodía, no por el calor, sino por el riesgo de los drones. Las escuelas están cerradas desde hace meses. Los hospitales funcionan con generadores que se apagan cada noche. Las estaciones de servicio son ruinas carbonizadas. Los mercados, antaño bulliciosos, son ahora lugares donde la gente corre, no compra.
Desde hace dieciocho meses, la ciudad vive bajo condiciones que los expertos describen como “asedio prolongado”. No hay rutas seguras de salida. Los convoyes humanitarios apenas logran entrar. El precio del agua potable ha aumentado un 300% en un mes. Las familias venden muebles, ropa, herramientas, cualquier cosa que pueda convertirse en dinero para comprar un bidón de agua o pagar un transporte clandestino hacia el sur.
“Es una ciudad que se está apagando”, dijo un trabajador humanitario en un informe reciente. “No hay electricidad, no hay combustible, no hay comida. Solo hay miedo.”
Entre el 6 y el 28 de junio, la Oficina del Alto Comisionado de la ONU documentó quince ataques con drones en El Obeid y sus alrededores. Quince ataques en tres semanas. Quince explosiones que destruyeron mercados, escuelas, estaciones de servicio, vehículos civiles. Quince recordatorios de que la guerra ya no se libra solo con fusiles, sino con tecnología que convierte cualquier espacio urbano en un blanco.
El eco de El Fasher: la memoria de una masacre
Para quienes siguen el conflicto desde Ginebra, El Obeid es un nombre que despierta un temor particular. No solo por su importancia estratégica, sino porque recuerda demasiado a El Fasher, donde en 2025 las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) perpetraron una de las peores masacres de la guerra: más de 6.000 personas asesinadas en tres días, según la ONU. Tres días de ejecuciones sumarias, violaciones masivas, torturas, desapariciones. Tres días que quedaron grabados en la memoria del país como una advertencia.
“Esto no es un simulacro. Es una alerta roja”, dijo Volker Türk ante el Consejo de Derechos Humanos. “Los jefes de Estado deberían estar llamándose entre sí sin descanso.”
Pero no lo hacen.
El presidente del Comité de Coordinación de Procedimientos Especiales, George Katrougalos, fue aún más directo: “Los signos son inequívocos. Existe un riesgo inminente de una nueva catástrofe humanitaria.” Sus palabras resonaron en la sala del Consejo, pero fuera de ella, el silencio diplomático fue ensordecedor.
La repetición como estrategia: la guerra que se vuelve rutina
Lo más inquietante del conflicto en Sudán no es solo su violencia, sino su repetición. Las violaciones de derechos humanos ya no son incidentes aislados: son patrones. Se repiten en Darfur, en Kordofán, en Jartum, en las rutas de desplazamiento. Se repiten en los testimonios de mujeres violadas, de niños reclutados, de ancianos abandonados, de médicos asesinados.
La ONU documenta ejecuciones sumarias, desapariciones forzadas, torturas, violencia sexual sistemática, ataques contra hospitales, escuelas, mercados. Documenta el uso de la hambruna como arma de guerra. Documenta el bloqueo de ayuda humanitaria. Documenta la destrucción de infraestructura vital.
Pero documentar no es prevenir.
“Las atrocidades de El Fasher fueron previstas, anunciadas, advertidas”, dijo Türk. “Pero no fueron evitadas.”
La frase resume la crisis del multilateralismo: un sistema que observa, que analiza, que advierte, pero que no actúa.
La economía del caos: cómo se financia una guerra interminable
Detrás de los combates hay una economía que prospera en el caos. El Alto Comisionado anunció un informe sobre el papel del comercio de goma arábiga —producto esencial para la industria alimentaria y tecnológica mundial— en la financiación de la guerra. Otros recursos clave incluyen el oro y el ganado, controlados por redes que se benefician del conflicto.
La guerra sudanesa es también un mercado. Y mientras los flujos financieros y de armas sigan circulando, la violencia continuará.
Türk pidió extender el embargo de armas sobre Darfur a todo el país. Pero las dinámicas regionales complican cualquier intento de cortar el suministro. Actores externos —incluyendo potencias regionales— alimentan el conflicto con armas, dinero y apoyo logístico.
Sudán se ha convertido en un tablero donde se cruzan intereses económicos, rivalidades regionales y estrategias de influencia. Y en ese tablero, los civiles son piezas prescindibles.
La crisis humanitaria: el sufrimiento que no cabe en las cifras
Sudán vive la mayor crisis de desplazamiento del mundo: más de diez millones de personas han huido de sus hogares. Treinta millones necesitan asistencia humanitaria. En Kordofán, los desplazamientos se multiplican, los refugios improvisados están saturados y el riesgo de cólera aumenta con la temporada de lluvias.
Las mujeres y niñas sufren una violencia sexual utilizada como arma de guerra. El informe del Alto Comisionado documenta violaciones, esclavitud sexual, matrimonios forzados y violencia basada en la etnia o la afiliación percibida. Los niños enfrentan ejecuciones, reclutamiento forzado y desplazamientos traumáticos. Las personas mayores y con discapacidad quedan atrapadas sin acceso a servicios básicos.
El Obeid, centro logístico crucial para la ayuda humanitaria, está al borde del colapso. Si la ciudad cae, cientos de miles de personas quedarán sin acceso a alimentos, agua y atención médica.
La prevención que nunca llega: la pregunta que incomoda a Ginebra
La ONU insiste en la necesidad de actuar: corredores humanitarios, presión diplomática, protección de civiles, salida segura de quienes desean huir. Pero la prevención requiere voluntad política, y esa voluntad parece ausente.
El Consejo de Seguridad sigue paralizado por vetos y rivalidades geopolíticas. Las resoluciones del Consejo de Derechos Humanos, aunque importantes, carecen de mecanismos coercitivos.
La comunidad internacional se enfrenta a una pregunta incómoda: ¿Está dispuesta a prevenir otra masacre, o se limitará a documentarla después?
El Obeid como espejo del mundo
La tragedia de El Obeid no es solo sudanesa. Es el reflejo de un sistema internacional que ya no logra cumplir su promesa fundamental: proteger a los civiles. Es el espejo de un mundo donde los drones sustituyen a los soldados, donde los asedios se libran cortando el agua y la electricidad, donde las economías de guerra se alimentan de recursos globales y donde las instituciones se ven superadas por la velocidad de la violencia.
En los pasillos del Palacio de las Naciones, se repite que “todavía es posible evitar lo peor”. Pero en El Obeid, lo peor ya está en marcha. La pregunta es si el mundo actuará antes de que la ciudad se convierta en otro nombre en la larga lista de tragedias anunciadas.





