
BTS: cuando un gobierno no comprende el valor de la cultura
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«Ahora más que nunca debemos intentar recordar quiénes somos y afrontar el futuro. Debemos procurar amarnos a nosotros mismos e imaginar el mañana. Nuestro mañana puede ser oscuro, doloroso y difícil. Es posible que caigamos y tropecemos. Pero las estrellas brillan más cuando la noche es más oscura. Reimaginemos nuestro mundo».
Con estas palabras, pronunciadas durante la pandemia, RM, líder de BTS, transmitía un mensaje de esperanza que culminaba con los siete integrantes diciendo al unísono: «La vida continúa… sigamos viviendo.»
No son frases vacías. Son parte del mensaje que ha convertido a BTS en el fenómeno cultural juvenil más importante del planeta.
Por eso es duele que el Gobierno del Presidente Kast no haya sido capaz de reconocer el enorme valor que representa para Chile recibir tres conciertos de esta magnitud en el Estadio Nacional.
No estamos hablando simplemente de un espectáculo musical. Estamos frente a un acontecimiento cultural de alcance mundial.
Mientras algunos siguen viendo a BTS como un grupo de jóvenes que canta y baila, millones de personas encuentran en sus canciones mensajes sobre salud mental, resiliencia, esfuerzo, esperanza y sentido de comunidad. Sus siete integrantes suspendieron durante casi cinco años una de las carreras musicales más exitosas del mundo para cumplir con el servicio militar obligatorio en Corea del Sur. En una época marcada por el individualismo y la búsqueda del éxito inmediato, decidieron anteponer el compromiso con su país a sus intereses personales.
El ejemplo de BTS también educa.
Pero existe otra dimensión que parece haber pasado inadvertida para las autoridades.
Tres conciertos de BTS significan miles de visitantes nacionales y extranjeros, hoteles llenos, restaurantes, transporte, comercio, empleos temporales y una extraordinaria vitrina internacional para Chile. Las grandes ciudades del mundo compiten por albergar estos eventos porque comprenden que las industrias creativas forman parte del desarrollo económico, del turismo y de la reputación internacional de un país.
Sin embargo, el Gobierno pareció mirar este fenómeno únicamente como un problema logístico.
Y allí aparece una diferencia profunda entre administrar y gobernar.
Administrar consiste en evitar dificultades. Gobernar consiste en resolverlas.
Cuando un evento de esta magnitud presenta desafíos de coordinación entre el deporte, la infraestructura pública y la producción de un espectáculo internacional, la tarea de la autoridad no es cerrar la puerta. Es convocar a las partes, escuchar, dialogar y encontrar soluciones. Esa es precisamente la esencia del servicio público.
Las ARMY también dieron una lección. Miles de jóvenes se organizaron, levantaron la voz y defendieron pacíficamente aquello que consideran valioso. No hubo violencia ni destrucción. Hubo participación, organización y compromiso ciudadano. Demostraron que involucrarse en los asuntos públicos no es patrimonio de ningún sector político.
Lo más preocupante es que parece reflejar una mirada prejuiciosa de quienes hoy gobiernan frente a un fenómeno cultural que desconocen. En lugar de preguntarse qué representa BTS para millones de jóvenes y qué oportunidad ofrecía para Chile, optaron por reducirlo a un problema técnico administrativo. Cuando los prejuicios reemplazan a la curiosidad y al diálogo, los gobiernos dejan de descubrir oportunidades y comienzan a perderlas.
Quienes gobiernan no solo están llamados a administrar presupuestos, edificios o estadios. También deben ser capaces de reconocer aquellos símbolos culturales que marcan a una generación y entender que la cultura no es un lujo ni un entretenimiento secundario. Es una poderosa herramienta de desarrollo humano, cohesión social, actividad económica y prestigio internacional.
Porque un gobierno que no comprende el valor estratégico de la cultura corre el riesgo de administrar el presente mientras el futuro pasa por delante sin ser reconocido.
Marcelo Trivelli





