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Tráfico de influencers y crisis del periodismo: Olivier Picard y la fractura que quiere redefinir la información

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Un periódico nacido contra la censura frente a un ecosistema que ya no reconoce sus reglas

En las Assises de la presse del Club Suisse de la Presse, Olivier Picard llegó con la memoria viva de un periódico que ha atravesado un siglo de vida política y mediática. «Le Canard enchaîné nació durante la Primera Guerra Mundial para reaccionar a la censura», recordó, situando de inmediato el debate en una genealogía precisa: la de un periodismo concebido para desafiar al poder, nunca para acompañarlo. Un periódico que ha construido su identidad sobre una independencia absoluta, la ausencia total de publicidad, la fuerza de sus ventas y un “tesoro de guerra” acumulado «como un trabajo de hormiga». Un modelo de otra época, pero que sigue encarnando un ideal de rigor y libertad editorial.

Picard describió con ironía la distancia cultural entre la redacción del Canard y el mundo de los influencers: «Para nosotros, el mundo de la influencia es un mundo completamente nuevo, un desconocido». No solo porque la redacción está formada por periodistas educados en la cultura del papel, sino porque la lógica misma de la influencia digital es ajena a los códigos del periodismo de investigación. El periódico tuvo que preguntarse si era legítimo abordar un tema que no formaba parte de su cultura profesional. Y la discusión interna fue todo menos sencilla: «No somos muy geeks, nuestro sitio se creó en 2024, nuestros hábitos digitales siguen siendo embrionarios».

El paradoxo es que, justo cuando Picard lanzaba el dossier sobre los influencers, el periódico estaba considerando colaborar con uno de ellos para promover sus nuevos productos digitales. «Tuve un poco de sudores fríos», admitió. La redacción se encontró ante un conflicto ético: ¿cómo investigar críticamente un fenómeno que uno mismo está evaluando integrar en su estrategia? La pregunta abrió un debate sobre la naturaleza misma de la influencia, sobre la definición de “creador de contenidos” y sobre la posibilidad de mantener coherencia editorial en un mundo donde las fronteras entre información y comunicación se difuminan.

Picard contó que incluso la definición de influencer generó confusión: «Un creador de contenidos no es necesariamente un influencer, pero un influencer es siempre un creador de contenidos». Una distinción que revela un cambio de paradigma: la información ya no es monopolio de los medios, sino un flujo continuo producido por actores que no responden a ninguna estructura colectiva, ninguna jerarquía, ninguna deontología. Un mundo que ya no reconoce las reglas del periodismo —y que no siente ninguna necesidad de hacerlo.




El colectivo frente a la soledad: dos maneras opuestas de construir la realidad

El núcleo de la intervención de Picard se apoyó en un contraste estructural entre periodismo y creación de contenidos. «El periodismo es un oficio colectivo», insistió. En el Canard, un artículo pasa por cinco, seis, a veces diez niveles de lectura: autor, jefe de sección, reescritura, secretaría de redacción, correctoras, dirección. Cada etapa es un filtro, una protección contra el error, la deformación, la tentación del sensacionalismo. «La dificultad es escribir de manera divertida siendo ultra‑rigurosos», dijo. Un equilibrio que exige tiempo, disciplina y un contradicción interna permanente.

Frente a este modelo, Picard describió la soledad del influencer: «Cuando se está solo, se tiene una visión individual de la realidad». Una realidad filtrada por su comunidad, sus algoritmos, sus intereses. La producción de contenidos no pasa por ningún colectivo, no está sometida a verificación, no se confronta con el contradicción. «La noción de realidad en los creadores de contenidos se vuelve menos importante: no es la realidad lo que cuenta, sino las visualizaciones de la comunidad». Una frase que resume su diagnóstico: la información digital tiende a privilegiar aquello que confirma el punto de vista del público, no aquello que lo contradice.

Picard recordó que el periodismo, por naturaleza, debe dirigirse a todos: «Tenemos una ambición universalista: ser comprendidos por todo el mundo». El influencer, en cambio, habla a una comunidad ya filtrada, ya homogénea, ya predispuesta a compartir un punto de vista. Una información que nace cerrada y permanece cerrada. «Es una forma de encierro que se suma al de los algoritmos», dijo. El riesgo es que la realidad se deforme no por mala fe, sino por estructura: lo que no gusta a la comunidad no existe; lo que no genera engagement no es relevante.

Picard evocó también un peligro político: la legitimación de los influencers como sustitutos de los periodistas. «Musk dijo a los influencers: ahora ustedes son los medios. Y Trump los hizo entrar en la sala de prensa de la Casa Blanca». Una normalización que, según él, representa una amenaza concreta para la función democrática de la prensa. El fenómeno, añadió, ha llegado también a Francia: «Mélenchon hizo una selección entre quién puede hacer preguntas y quién no». La selección de los mediadores de la información por parte del poder político es, para Picard, una señal de alarma.

Un mundo que cambia: integrar lo nuevo sin renunciar a las reglas del oficio

Picard no es un nostálgico. Lo dijo claramente: «No rechazamos el progreso». El mundo de la influencia no es un enemigo a combatir, sino un fenómeno a comprender. «San Agustín decía: dejad venir a los bárbaros. Los influencers no son bárbaros», afirmó con humor. El punto no es rechazar lo nuevo, sino evitar que lo nuevo disuelva las reglas que garantizan la calidad de la información.

El periodismo, explicó, debe preservar su identidad: el contradicción, la verificación, la distancia crítica, la capacidad de dudar de uno mismo. «Un periodista no puede ser militante. Debe dudar de sí hasta el final». Es un oficio que exige pensar contra uno mismo, no dejarse seducir por las propias convicciones, no confundir opinión con hecho. La creación de contenidos, en cambio, tiende a fusionarse con la comunidad que la sostiene, a convertirse en espejo y amplificador de un punto de vista.

Picard reconoció que los influencers han conquistado un territorio que la prensa tradicional ya no cubre: la atención de los jóvenes. «Que los jóvenes quieran informarse es positivo», dijo. El problema no es la competencia, sino la lógica de la influencia: una información moldeada por el deseo del público, no por la realidad de los hechos. La verdadera batalla, según él, es infundir los valores del periodismo en esta nueva generación de creadores de contenidos: rigor, ética, responsabilidad, respeto por la verdad. «Nos corresponde a nosotros infundir nuestras reglas, nuestro orgullo profesional en esta nueva generación».

El mundo de la información está en pleno “telescopaje”, como dijo Picard: dos mundos que chocan, se superponen, se contaminan. El periodismo no puede ignorar a los influencers, pero tampoco puede convertirse en ellos. La verdadera cuestión es encontrar un equilibrio entre apertura y resistencia, entre innovación y principios, entre comunidad y universalidad. En ese equilibrio se juega el futuro de la credibilidad de la información.

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Elena Rusca

Periodista, corresponsal en Ginebra

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