
4 de septiembre: de la República de los presidentes a la República de los reventones
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«¿Alguna vez han tenido la sensación de que los han estafado? Buenas noches».
Johnny Rotten. No Fun.
Hay fechas que pertenecen al calendario y otras que pertenecen a la memoria. El 4 de septiembre es de estas últimas. Durante buena parte de nuestra historia republicana, hasta aquel lejano 1970, fue el día en que Chile elegía a sus presidentes. Era una fecha cargada de solemnidad cívica, de ritual republicano, de esa antigua convicción —hoy bastante maltrecha— de que las diferencias políticas podían resolverse contando votos y no cadáveres, ni barricadas, ni campañas de odio.
Por eso resulta inevitable volver a ella cada vez que septiembre se instala sobre Chile.
Pero este 4 de septiembre tiene una particularidad. Ya no permite mirar solamente hacia atrás. Obliga a mirar hacia adelante. Porque si algo ha quedado claro después de dos décadas de crisis sucesivas es que los chilenos hemos ido acostumbrándonos peligrosamente a una política que pierde primero la legitimidad en las instituciones y termina recuperándola —o intentando recuperarla— en la calle. Es la vieja historia del péndulo.
Unos ganan prometiendo refundarlo todo. Otros llegan prometiendo salvarlo todo. Unos hablan de derechos; otros, de orden. Unos ofrecen dignidad; otros, seguridad. Unos anuncian una nueva Constitución; otros prometen terminar con la incertidumbre constitucional. Y todos, llegado el momento, descubren la misma verdad que suele aparecer cuando se apagan las luces de campaña: otra cosa es con guitarra.
El problema es que entre una promesa y su fracaso pasan años, pero la paciencia ciudadana dura bastante menos.
La tesis que he venido sosteniendo en estas páginas y en mi trabajo como historiador, nada original por lo demás, es que Chile tiene una relación mucho más compleja con su institucionalidad de lo que solemos admitir. No somos simplemente el país ordenado, institucional y excepcional que nos gusta imaginar. Nuestra historia republicana está atravesada por conflictos, rupturas, golpes, reventones y episodios en que la política institucional fue incapaz de procesar las tensiones sociales que ella misma había acumulado. He hablado precisamente de esa “violencia histórica” que acompaña nuestra trayectoria republicana y de esos “reventones” periódicos que aparecen cuando las élites han agotado la capacidad de representar y conducir. Y quizás ahí esté una de las claves para comprender este Chile de 2026.
EL PAÍS DE LAS ELECCIONES QUE SE GANAN ANTES DE GOBERNAR
José Antonio Kast ganó legítimamente la elección presidencial de diciembre de 2025. Eso no está en discusión. El Servel ratificó su triunfo con un 58,17% de los votos válidamente emitidos. Asumió la Presidencia el 11 de marzo de 2026. Lo que sí puede discutirse —y debe discutirse— es cómo se construyó el clima político y comunicacional que hizo posible esa victoria.
Porque una elección no se gana solamente el día en que se cuentan los votos. Se gana mucho antes: cuando una sociedad empieza a percibir que determinadas afirmaciones son verdades, aunque nadie pueda probarlas; cuando ciertos rumores adquieren categoría de noticia; cuando una sospecha se transforma en certeza y cuando el miedo consigue imponerse sobre la deliberación.
Eso fue precisamente lo que comenzó a hacerse evidente con el ecosistema digital que rodeó las elecciones recientes y, particularmente, con las investigaciones que han vuelto a poner el nombre del argentino Fernando Cerimedo en el centro de la discusión política chilena.
La Cámara de Diputados acaba de aprobar una comisión investigadora para examinar su eventual huella en Chile. Cerimedo ha sido vinculado a operaciones digitales y a una red de bots, mientras Evelyn Matthei ha denunciado campañas de desinformación en su contra durante la elección presidencial de 2025. Kast, por su parte, ha reconocido conocer a Cerimedo, pero niega haber trabajado con él o que su partido haya recurrido a sus servicios. Precisamente por eso corresponde investigar y establecer responsabilidades con evidencia, no mediante consignas. Pero hay algo más profundo.
El problema no es solamente saber quién apretó el botón, quién contrató a quién o quién administraba determinadas cuentas anónimas. El problema es que la mentira política dejó de ser un accidente y se convirtió en un método.
El propio Servel ha debido desarrollar mecanismos permanentes de detección y desmentido de información falsa durante los procesos electorales. Para las elecciones de 2025 identificó publicaciones desinformativas clasificadas según las categorías de la UNESCO, entre ellas falsas encuestas, declaraciones atribuidas falsamente a candidatos y contenidos destinados a generar desconfianza. Eso debiera preocuparnos mucho más que una determinada elección.
Porque cuando una democracia comienza a funcionar sobre la base de que cada ciudadano recibe una realidad distinta en su teléfono, la democracia deja de ser un espacio común de deliberación y comienza a transformarse en una disputa por quién consigue imponer la ficción más eficaz. Y aquí aparece una paradoja incómoda. Kast ganó. Pero ganar una elección no significa necesariamente haber ganado un proyecto político.
SEIS MESES PARA DESCUBRIR LA REALIDAD
La historia reciente chilena ofrece un extraño patrón.
Sebastián Piñera llegó en 2010 prometiendo una nueva derecha, eficiente, moderna, capaz de combinar crecimiento económico con una gestión empresarial del Estado. Luego vino el desgaste, las protestas estudiantiles y una administración que nunca consiguió consolidar el relato político con el que había llegado a La Moneda.
Michelle Bachelet regresó en 2014 con una agenda transformadora y la promesa de modificar las bases del modelo heredado. El resultado fue una administración marcada por reformas, dificultades de gestión, cambios de gabinete, renuncias y una pérdida progresiva de impulso político.
Piñera volvió en 2018 ofreciendo experiencia, crecimiento y estabilidad. Terminó enfrentando el estallido social de 2019 y una crisis institucional de proporciones. Aunque lo salvó la pandemia.
Y luego vino Gabriel Boric.
Su administración terminó políticamente el 4 de septiembre de 2022. No porque dejara de existir jurídicamente —gobernó hasta marzo de 2026—, sino porque aquel día perdió el proyecto político que había llevado a su generación al poder. Lo que siguió fue una larga espera, con aciertos y desaciertos, zigzagueos, inflexiones y renuncias.
Ahora parece comenzar una película conocida. Kast llegó con una promesa particularmente poderosa: orden, seguridad, eficiencia, reducción del gasto, recuperación económica y un Estado que dejaría atrás la supuesta incapacidad de los gobiernos anteriores.
Era un discurso perfecto para una sociedad agotada. El problema aparece cuando llega el momento de gobernar.
A poco más de cuatro meses de iniciado el gobierno, ya habían salido 36 autoridades entre ministros, subsecretarios y seremis. Antes de cumplir cinco meses, distintos medios contabilizaban más de treinta salidas en ministerios, subsecretarías y gobiernos regionales.
A eso se sumaron conflictos comunicacionales, polémicas económicas, el aumento de los combustibles, el concepto de “Estado en quiebra”, el anuncio de discontinuar 142 programas sociales y el primer cambio de gabinete a solo 69 días de asumido el Gobierno.
No es todavía el fracaso de una administración completa. Pero sí permite sostener algo distinto y quizás más importante: el proyecto político con el que Kast llegó al poder comenzó a mostrar fisuras mucho antes de lo que probablemente sus propios partidarios imaginaron.
La derecha que durante años reclamó contra la improvisación, las volteretas, la falta de experiencia y la incapacidad administrativa de la izquierda descubrió rápidamente que gobernar es bastante más difícil que criticar al Gobierno anterior. Es, nuevamente, otra cosa con guitarra.
EL ESPEJISMO DE LAS VICTORIAS
Hay algo que las derechas latinoamericanas han aprendido extraordinariamente bien: construir elecciones alrededor del miedo. El miedo al comunismo. El miedo a la delincuencia. El miedo a los inmigrantes. El miedo a perder los ahorros. El miedo a la expropiación. El miedo a la izquierda. El miedo al desorden. El miedo, finalmente, a que el país deje de ser reconocible. El problema no está en hablar de esos temores. Muchos son reales. El problema aparece cuando la política deja de responderlos con soluciones y comienza a explotarlos como combustible electoral.
Eso ya lo vimos en 2022. El texto que sirve de base a esta columna advertía que la campaña del Rechazo había convertido la contienda democrática en una suerte de “guerra de ingeniería social de baja intensidad”, donde el miedo y la sospecha fueron utilizados como instrumentos de movilización. La lección, sin embargo, no fue aprendida.
La izquierda creyó que la derrota se explicaba por las fake news y la derecha aprendió que las fake news podían ser útiles. Unos se refugiaron en la victimización. Los otros, en la impunidad. Y así llegamos a 2025.
No sería serio afirmar que Kast ganó exclusivamente gracias a la desinformación. Ganó porque existía un profundo malestar social, porque la seguridad se convirtió en una preocupación central, porque había cansancio con el ciclo político iniciado en 2019 y porque millones de ciudadanos querían una alternativa al oficialismo. La propia elección, con un 58,17%, expresa una mayoría contundente. Pero tampoco sería serio negar el efecto que puede tener una maquinaria de desinformación sobre una democracia. Una elección puede ser legal y, al mismo tiempo, estar rodeada de una degradación brutal del ecosistema informativo. Ese es el punto que debiéramos discutir.
LA LARGA ESPERA
Y entonces aparece nuevamente el 4 de septiembre. Porque el problema chileno ya no parece ser solamente quién gobierna. El problema es que cada gobierno termina demasiado pronto como proyecto político y demasiado tarde como administración.
Eso ocurrió con Piñera 1. Ocurrió con Bachelet 2. Ocurrió con Piñera 2. Ocurrió con Boric. Y comienza a insinuarse ahora con Kast. Después viene la larga espera.
Una espera hecha de discursos, ajustes, cambios de gabinete, explicaciones, responsabilizar al gobierno anterior, responsabilizar al Congreso, responsabilizar a los medios, responsabilizar a las redes sociales y, finalmente, responsabilizar a la ciudadanía.
Mientras tanto, el país sigue ahí. Esperando. Esperando seguridad, empleo, pensiones dignas, salud. Esperando que las instituciones funcionen. Esperando que quienes ganaron una elección sean capaces de gobernar más allá de su propia tribu.
Porque el problema de Chile no es que cambien los gobiernos. El problema es que cambia el gobierno, pero no cambia la forma de hacer política. Y cuando esa política fracasa, el fracaso no desaparece. Se acumula. Se acumula en la desconfianza. En el voto antisistema. En la rabia. En las redes sociales. En las calles…. Hasta que finalmente revienta.
Lo hemos advertido desde hace años: Chile es un país que ha vivido demasiados “reventones”, demasiadas crisis en que las élites desnudas terminan encontrándose con una sociedad que ya no está dispuesta a soportar el abuso, la distancia o la indiferencia.
Quizás por eso el 4 de septiembre debiera dejar de ser solamente una fecha electoral. Debiera transformarse en una advertencia.
Porque hubo un tiempo en que Chile elegía presidentes cada 4 de septiembre y creía que, después de contar los votos, comenzaba el tiempo de la política.
Hoy parece ocurrir exactamente al revés. Contamos los votos y comienza la espera. Esperamos que el ganador cumpla. Esperamos que el perdedor se reorganice. Esperamos que el Congreso funcione. Esperamos que los partidos recuperen sentido. Esperamos que la calle no vuelva a explotar. Esperamos que la mentira no termine reemplazando a la política.
Y esperamos, sobre todo, que la próxima elección no tenga que ser nuevamente una elección contra el miedo.
Porque si algo debiera enseñarnos este cuarto día de septiembre es que una democracia no se destruye solamente cuando alguien rompe las urnas. También puede comenzar a morir cuando la ciudadanía deja de creer en aquello que las urnas representan.
Y esa es, quizás, la verdadera tragedia chilena.
Durante veinte años hemos ido de una ilusión a una decepción, de una mayoría a otra, de una promesa refundacional a una promesa de restauración. Hemos cambiado de signo político, de coalición, de discurso y hasta de Constitución. Pero seguimos sin resolver la cuestión fundamental: cómo construir una institucionalidad política capaz de procesar democráticamente los conflictos de una sociedad que ya no acepta ser gobernada desde arriba ni manipulada desde abajo.
La violencia ha sido demasiadas veces la partera de nuestra institucionalidad. Primero fue la violencia política. Después, la violencia social. Ahora puede ser la violencia digital.
Y si no somos capaces de reconstruir un espacio público donde la verdad vuelva a importar, donde los adversarios no sean enemigos y donde ganar una elección no sea entendido como licencia para hacer cualquier cosa, el próximo reventón será solamente cuestión de tiempo.
Por eso este 4 de septiembre no debiéramos preguntarnos solamente quién ganó.
La pregunta verdaderamente republicana es otra: ¿qué nos queda después de que todos ganan y, seis meses más tarde, el proyecto ya está terminado? Quizás la respuesta sea incómoda.
Quizás llevemos veinte años eligiendo presidentes para descubrir, demasiado tarde, que lo que realmente necesitamos es volver a construir una República. Una República donde la política vuelva a ser política. Donde las instituciones no sean el escenario de una guerra permanente. Donde la calle no tenga que convertirse periódicamente en el último tribunal.
Y donde ningún gobierno —ni de izquierda, ni de derecha, ni de centro— pueda esconder su fracaso detrás de la mentira, la victimización o la soberbia.
Porque los chilenos ya hemos esperado demasiado.
Y los pueblos que esperan demasiado, tarde o temprano, dejan de esperar…
Edison Ortiz

Felipe Portales says:
Creo que esta fecha nos debiese llevar también a interrogarnos sobre los atávicos y profundos mitos que nos impiden reconocer efectivamente nuestra historia. Particularmente la asociación automática que hacemos entre la realización de elecciones y la existencia de una efectiva democracia. Y así como los 4 de septiembre anteriores a 1958 no significaban un auténtico ejercicio democrático, dada la existencia del cohecho urbano y del acarreo de los inquilinos a votar por los candidatos del patrón (agravado por la inconstitucional y antidemocrática Ley de Defensa Permanente de la Democracia que a partir de 1948 no sólo ilegalizó al PC, sino que además ¡le quitó su calidad de ciudadanos a todos los que se sospechase que fueran comunistas!); las elecciones a partir de 1989 se efectúan en un contexto no democrático, en la medida que corresponden a la puesta en práctica de la proyección de la dictadura a través de la continuación de la Constitución del 80 y del modelo de sociedad impuesto por aquella.