
¡Levantaos, muertos en Ceuta!
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Con esas palabras, refiriéndose a los caídos en Verdún durante la Primera Guerra Mundial, el director de cine Abel Gance realizó la versión sonora (1938) de su film J’accuse, estrenado en 1919. Fue un alegato contra el horror de la guerra. Una advertencia en medio del auge del nazifascismo en Europa y, con telón de fondo, la guerra civil española.
El protagonista sentencia: ¡Levantaos, muertos en Verdún! ¡Vuestros sacrificios fueron en vano! En Ceuta, durante la entrada masiva de migrantes el 31 de julio perdieron la vida, a consecuencia de la avalancha por atravesar los puestos fronterizos o buscando la playa de Tarajal, 83 personas. Sólo nueve han podido ser identificados mediante huellas o ADN.
El resto, entre ellos niños, mujeres y jóvenes, descansan en una fosa común en el cementerio musulmán de Sidi Embarek junto a la mezquita. No son soldados ni pertenecen a un ejército, son migrantes. Por más que fuesen instrumentalizados y engañados, son víctimas propicias de políticas bastardas. De los 70 mil que arribaron, muchos regresaron. Un número comprendido entre 5 y 6 mil, por los motivos que fuesen, decidieron quedarse. Jugarse el todo o nada entre la solicitud de asilo, ser expulsados o la esperanza de una vida mejor en la península.
De ese total, se estima, mil 500 son menores; no hay un censo completo. Y unas 700 son niñas que sobreviven como pueden. Las más vulnerables, como siempre. Se han denunciado casos de violaciones y acoso. Para ellas no hay lugares seguros donde pernoctar. Se tramita su traslado a la península. Mientras, la sociedad ceutí pasa del asombro al miedo.
En ese estado de ánimo y emociones enfrentadas, la derecha clava sus garras y dirige sus dardos. Sin duda, lo sucedido sobrepasa la imaginación de partidos políticos, ONG, instituciones y gobierno. Nadie previó un asalto de tales dimensiones. Sin embargo, lo que ha sucedido a continuación sí tiene un relato y un guion.
Me refiero, fuera de toda duda, a la instrumentalización que la derecha española, europea y mundial están realizando para desestabilizar, mostrando la cara más canalla de su propuesta migratoria. Tras de sí, dos objetivos. El primero, lanzado sobre la población ceutí, buscando crear un estado de pánico a fin de forzar una acción deliberada bajo el enunciado de tomarse la “justicia por su mano”. Si el Estado no actúa, dirán, abandona a los suyos.
La idea de orfandad ronda en su cabeza y vincula la migración con la destrucción de España. Santiago Abascal azuza el fuego. Tras su viaje escribe: “Ceuta es España. Quizá, ahora, la España más adelantada a lo que nos depara el futuro. Si no lo remediamos, su presente será el mañana de muchas ciudades de nuestra patria. Inseguridad, violaciones, pillajes, enfermedades importadas, sanidad pública devastada, ocupaciones masivas.
Pero estamos aquí para evitarlo”. El relevo lo toma José María Aznar. Nunca antes en Ceuta se presenta e insta a la población de Ceuta a resistir “la invasión musulmana”. El presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, miembro del Partido Popular, con 21 años en el cargo, sacará pecho. A las palabras de Aznar llamando a la expulsión sin consideraciones legales, declara: “Quien asalta nuestra frontera no puede permanecer aquí”, y “ante una situación así, sólo cabe la firmeza, porque la debilidad es y será siempre provocadora”.
Vivas, quien con una mano agradece al gobierno y con la otra despotrica y miente, no tarda en declarar que ante este acto de invasión “o se está con Ceuta o al servicio de otros intereses”, reclamando: “todos los que entraron deben irse, por las buenas o las malas”. El mensaje es claro: por los migrantes. Y en el delirio final, Marcos de Quinto, ex diputado de Ciudadanos y gerente de la Coca-Cola, proyecta la llegada de una flota de yates a la que identifica como armada de la solidaridad.
El segundo objetivo consiste en criminalizar la migración con el argumento de que constituye un peligro para la cultura y los valores patrios. Un argumento falaz pero efectivo. El miedo idiota a formar parte en un futuro cercano del reino alauí, se extiende como la pólvora y permea toda la estructura social ceutí. La respuesta no se hace esperar.
Movilizaciones patrióticas, símbolos neonazis, banderas y militantes llegados de la península para alentar un estallido social. Se organizan manifestaciones pidiendo la intervención de las fuerzas armadas y más policía. Se acude a la delegación del gobierno al grito de “Pedro Sánchez, hijo de puta” y “Ceuta español”.
Lo siguiente en esta escalada ha sido la persecución de migrantes, patrullas dizque de ciudadanos agrediendo a migrantes, quemando sus chamizos en la playa de Benítez, en la zona de la playa del Trampolín, enfrentándose cuerpo a cuerpo. Venidos de Madrid y otros lugares, sus huestes cortan el tráfico, levantan barricadas e impiden el paso de las ambulancias de Cruz Roja y las ONG que surten de alimentos una vez al día a los migrantes.
Se trata de hacer desistir a quienes prestan ayuda, las asociaciones de vecinos, los movimientos feministas y los habitantes que solidariamente entienden la condición de víctimas de quienes siguen en la ciudad. Saben del sufrimiento y actúan frente al dolor del otro que no es ajeno, mientras la derecha y sus organizaciones buscan cercarlos por hambre, aislarlos socialmente y humillarlos, deshumanizarlos.
Estos migrantes, ya hemos apuntado, tildados de negros y africanos, no cuentan con su apoyo ni forman parte de los 350 mil ucranios a quienes España concedió la tarjeta de residencia tras la invasión rusa. Tampoco de los venezolanos que a partir de 2019 y tras la autoproclamación de Juan Guaidó como presidente se promulgó la denominada autorización temporal por razones humanitarias de protección internacional a todos quienes arribaron al territorio español. Los muertos de Ceuta han muerto en vano, incluso se les niega la dignidad de ser considerados seres humanos.
Marcos Roitman Rosenmann
