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Cuatro de septiembre: San Allende de los Pobres

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No en los salmos ni en los sortilegios. No en la almenas rosadas ni en los balcones de lujo. No en los banquetes ni en las doradas tranquilidades de los amnésicos. Ni en las palabras de quienes remedan algo de lo que no podrán sentir jamás.

Sí en los silenciosos sollozos de quienes sostiene aún sus palabras como un rezo profundo y humano, entre los que celebramos orgullosos su valor, los que lo entendemos como un compañero que se puso a disposición de los desheredados y que combatió dándose al ejemplo imperecedero que nos alumbra y ordena, está el recuerdo de aquel hombre con hache grande: Salvador Allende Gossens.

El compañero presidente en esos tres años, cuyos días parecían el primero y el último de manera simultánea.

Emociona y levanta recordar su discurso desde las balaustradas del balcón de la FECH en esa Alameda que parecía que abriría sus compuertas a la historia. Y donde hoy hay un Mac Donald.




Aquella vez la historia estaba patente en las lágrimas de los hombres y mujeres que escuchaban y por primera vez creían.

Alumbra aún como un crisol encendido su ejemplo.

Salvador Allende representó la suma de las esperanzas que se acumularon en la historia de un país en el que el poderoso hizo fortuna con la lumbre del niño. Y con la esperanza de las mujeres levantó castillos. Y se perfumó con el sudor cotidiano del trabajador.

¡Era tan poco tener esperanzas! Y era tan grande sentirlas.

El recuerdo de ese cuatro de septiembre lleva a un momento irrepetible en el que la gente más humilde supo que tenía una oportunidad sobre la tierra castigada. Que se podría cumplir el anhelo de justicia por los miles que cayeron para dar paso a ese ínfimo momento en la historia del universo, pero que dotaba de un comienzo nuevo al momento en que los pobres entraban en la historia.

Veo a mi madre campesina llorar.

La miro poseída de una alegría que solo es comparable al de la visión de sus hijos satisfechos y sin miedos. La siento inmersa en una felicidad que no tiene definiciones porque no es posible asir un estado que resume una historia de explotación y abuso como castigo señalado y eterno.

Ese cuatro de septiembre es de nacimiento y combate. De luces y misterios.

Habrá en el futuro una montaña cuatro de septiembre y hombres y mujeres del futuro descubrirán que la felicidad de un niño se llama cuatro de septiembre. Y cuatro de septiembre será la suma del más honesto decoro humano.

Será la lágrima solemne, silenciosa y profunda de las madres de los niños de nuestro pueblo.

Esta fecha no es de este tiempo aún.

Pero muy en el fondo de la memoria invencible de lo más humano, y por siempre, seguirá latiendo el tenor templado de la voz de Salvador Allende, San Allende de los Pobres, mientras en el secreto de su amor una madre le dirá a su niño: Fue un compañero.

 

Ricardo Candia Cares

 

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