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A 53 años del Golpe: La firmeza de una conducta. El allendismo como tradición ética, política y humana

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A más de cinco décadas del Golpe de Estado de 1973, en un escenario marcado por la resignación ideológica y el abandono paulatino de los programas transformadores de la izquierda —evidenciado en el fin de ciclo diagnosticado por Tironi, las concesiones de Atria ante las AFP o las cuestionables advertencias de Manuel Antonio Garretón vertidas hace unos meses en La Tercera—, el allendismo emerge no como una nostalgia fósil, sino como una reserva moral imprescindible. En medio de este tiempo de renuncias donde el pragmatismo sin horizonte pavimenta la ruta a las extremas derechas, recuperar la lealtad insobornable de Salvador Allende hacia el pueblo no es un repliegue retórico, sino el mandato ético para sostener que la vía democrática al cambio sigue siendo una tesis viva y un pacto indisoluble entre la palabra y la vida.

Existe una distancia insalvable entre el calculador del poder y el político dotado de vocación trágica. En la historia política chilena del siglo XX, Salvador Allende Gossens encarnó este último arquetipo: no el de la retórica vacía o el eslogan de temporada, sino el de una conducta insobornable vertebrada por la lealtad hacia su pueblo. El «allendismo» no es una muletilla coyuntural ni una marca para el consumo electoral contemporáneo; constituye una tradición ética y doctrinaria viva, donde la palabra empeñada halló en el compromiso vital su único e indisoluble testimonio.

Ética, territorio y pueblo: El origen fundacional del allendismo

Esta tradición halla su génesis en la Generación del 38. En aquellos años fundacionales del Partido Socialista de Chile, una hornada militante comprendió que la transformación social demandaba unir la brega parlamentaria con los dolores cotidianos de las grandes mayorías. Desde su labor organizativa y su elección como secretario general en el Congreso de Rancagua de 1943, Allende cimentó un liderazgo que no se refugió en la abstracción doctrinaria ni exclusivamente en la organización partidaria, sino en el barro, en los pueblos y en la suela gastada en una organización política variopinta, heterogénea social e ideológicamente que fue, y ha sido, una de las riquezas fundamentales del PS en el sistema político chileno.




Aquel temperamento itinerante cobra vida en la memoria de la dirigenta Carmen Lazo, quien rememoraba las travesías por la pampa salitrera en el «Tren de la Victoria». El tren avanzaba gracias al esfuerzo de los propios ferroviarios, quienes costeaban el coche-comedor y preparaban la comida para la comitiva. En medio de la oscuridad andina, a las tres de la madrugada, los campesinos esperaban la marcha del ferrocarril sosteniendo «chonchones» encendidos para cantar al paso del candidato. Frente a ese despliegue de devoción popular, los detractores oligárquicos inventaron el mito de un Allende burgués que supuestamente se lavaba las manos con perfume tras saludar a los obreros; una infamia que caía por su propio peso en una pampa árida donde, como recordaba la «Negra» Lazo, a veces no había ni agua tibia para beber.

Esa misma raigambre popular sostuvo una inflexible ética de principios. En 1952, Allende no dudó en tensionar la estructura de su propio partido al oponerse tenazmente a respaldar la candidatura presidencial de Carlos Ibáñez del Campo. Frente al atajo autoritario y el ilusionismo populista que cautivaba a las dirigencias de la época, prefirió la soledad del testimonio. A lo largo de los años cincuenta y sesenta, sostuvo profundos debates doctrinarios con figuras históricas como Raúl Ampuero, Aniceto Rodríguez y el maestro Eugenio González Rojas —autor del Programa de 1947—. Pese a las insalvables disputas tácticas, Allende jamás renunció a la unidad de la izquierda, convicción que cristalizó sucesivamente en el Frente de Acción Popular (FRAP) en 1956 y en la Unidad Popular en 1969. Tras encajar tres derrotas electorales consecutivas (1952, 1958 y 1964), jamás cedió al desencanto ni al dogmatismo: persistió en construir una alternativa soberana por la vía democrática, pluralista e institucional.

Incluso en los momentos de mayor radicalización del socialismo chileno —como las controversiales resoluciones del XXII Congreso de Chillán en 1967—, Allende actuó como el gran contrapeso de la responsabilidad republicana. Para él, la fraternidad militante y la ética revolucionaria estaban por encima del cálculo geopolítico o la conveniencia pequeña. Así se demostró en agosto de 1971, cuando guerrilleros argentinos fugados del penal de Rawson aterrizaron en Chile solicitando asilo. Sometido a presiones internacionales y frente a la vacilación de parte de la política tradicional, Allende zanjó la encrucijada con firmeza histórica, poniéndose de pie para declarar: «Así serán las cosas, pero este es un gobierno socialista, ¡mierda!, y aquí no entregamos a ningún compañero; esta misma noche se van para Cuba».

Aquel sentido de la fraternidad se reflejaba con igual nitidez en los pasillos del poder. El abogado Roberto Ávila rescata el episodio del «Compañero Chicharra», un anciano militante de 70 años y humilde indumentaria que llegó a las puertas de La Moneda buscando ayuda. Allende no solo lo recibió con un abrazo fundido, sino que, para otorgarle un lugar con dignidad en la Casa de Gobierno sin quebrantar los rígidos protocolos de la administración pública, le asignó un rol entrañable: lo nombró simbólicamente «guardián de los cañones del patio» para velar por que nadie se los robara. El viejo «Chicharra», con su grueso cinturón y la hebilla de acero de las Milicias Socialistas de los años treinta, permaneció en La Moneda sirviendo a su gobierno hasta el mismísimo 11 de septiembre.

El allendismo fue también la encarnación de la dignidad material del pueblo. El 11 de julio de 1971, en la Plaza de Los Héroes de Rancagua, la proclamación de la Nacionalización del Cobre marcó el rescate definitivo de la riqueza básica del país. Allende no concebía el metal rojo como una mera cifra en las arcas fiscales, sino como el sustento vital para «domiciliar al pueblo»: el mineral que financiaba la salud popular, los techos dignos y el medio litro de leche diario garantizado a la infancia chilena. Como apuntaba el economista Gonzalo Martner, la recuperación del cobre transformó la soberanía abstracta en bienestar tangible para las familias trabajadoras.

Hasta sus últimas horas de gestión, Allende agotó las vías de entendimiento para evitar un enfrentamiento cruento entre chilenos. Como atestiguaron personalidades de la época como Jaime Gazmuri – El sol y la bruma y 22 días que sacudieron a Chile, La Tercera – y el general Carlos Prats en sus Memorias – “quedaba una posibilidad de que la situación crítica general del país propendiera a distenderse. Esto le daba la chance de contar con tiempo a él, como presidente, para lograr el buscado entendimiento con la DC y, a su vez, le daba a Pinochet plena independencia para llamar a retiro a los dos o tres generales más conflictivos»-, el mandatario buscó incansablemente un acuerdo de gobernabilidad con la directiva de la Democracia Cristiana liderada por Eduardo Frei Montalva y Patricio Aylwin. Ante la intransigencia opositora, Allende jamás contempló la guerra civil ni el sacrificio inútil de su pueblo.

Más allá del símbolo: el pacto indivisible del allendismo.

En el Chile actual, donde nuevas colectividades y figuras emergentes apelan con frecuencia al ideario allendista, resulta imprescindible señalar que dicho legado no admite lecturas desprovistas de rigor. El allendismo no constituye una consigna vacía para discursos de ocasión ni un objeto de consumo estético. Es un pacto indivisible entre la vida y la doctrina. Cuando las bombas cayeron sobre La Moneda el 11 de septiembre de 1973, Allende no sufrió una derrota política, sino que consumó el acto ético definitivo de su existencia: sellar con su propia vida la palabra empeñada ante el pueblo que lo eligió. En esa trágica y serena firmeza reside una lección imperecedera que continúa apelando a la conciencia de nuestra Patria.

El allendismo: Un faro ético para la reconstrucción de la izquierda

Más que una nostalgia del pasado, el allendismo es una reserva moral que une lealtad popular, vía democrática, vocación de unidad y dignidad material para las mayorías. En un presente donde la izquierda vaga sumida en la dispersión fragmentada y en la falta de un horizonte estratégico o proyecto común, recuperar este legado ético y doctrinal se vuelve una urgencia insoslayable. No para repetir consignas vacías, sino para reconstruir un pacto indisoluble entre la palabra y la acción capaz de devolverle al pueblo una alternativa soberana, transformadora y de esperanza republicana den medio del páramo y la orfandad en que están sumidas hoy, las grandes mayorías que él siempre quiso representar.

 

Edison Ortiz

 

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