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Guterres ante los BRICS: la multipolaridad avanza, pero las reglas del mundo siguen ancladas en 1945

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En la cumbre de los BRICS celebrada en Nueva Delhi, el secretario general de la ONU reclamó una profunda reforma de la gobernanza internacional. Entre la crisis climática, la revolución de la inteligencia artificial y el endeudamiento del Sur global, Antonio Guterres defendió un nuevo equilibrio de poder y una mayor representación de los países emergentes en las instituciones mundiales.


La arquitectura política y económica que organiza el mundo contemporáneo atraviesa una crisis de legitimidad. Diseñadas tras la Segunda Guerra Mundial para reflejar el equilibrio de fuerzas de la época, las principales instituciones multilaterales ya no corresponden a las realidades demográficas, económicas y geopolíticas del siglo XXI. Ese fue el mensaje central transmitido por el secretario general de las Naciones Unidas ante los líderes reunidos en la 18.ª cumbre de los BRICS en Nueva Delhi.

Más que una intervención protocolaria, el discurso constituyó una defensa explícita de la transición hacia un orden internacional multipolar. Para António Guterres, ese proceso no sólo es inevitable: ya está en marcha. La cuestión es determinar si dará lugar a un sistema más equilibrado y cooperativo o si, por el contrario, alimentará nuevas fragmentaciones.

La creciente centralidad de los BRICS en la escena internacional ilustra precisamente esa redistribución del poder. Aunque el grupo reúne países con intereses a menudo divergentes, su expansión refleja la voluntad de numerosas economías emergentes de ejercer una influencia más acorde con su peso real en la economía mundial.

En este contexto, Guterres reclamó una reforma de dos pilares fundamentales del orden internacional: el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y las instituciones financieras nacidas de los acuerdos de Bretton Woods. Ambos continúan reproduciendo un reparto de poder heredado de 1945, cuando gran parte de Asia, África y Oriente Medio permanecían bajo dominación colonial o apenas comenzaban a acceder a la independencia.

El desarrollo bloqueado por una arquitectura financiera desigual

La primera preocupación expuesta por el secretario general fue el financiamiento del desarrollo. A una década del horizonte fijado para cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible, muchos países del Sur se enfrentan simultáneamente al peso de la deuda, al aumento de los costos financieros y a una reducción de los márgenes presupuestarios.

La cuestión ya no consiste únicamente en incrementar la ayuda internacional, sino en transformar las reglas del sistema financiero global. Para Guterres, los países en desarrollo continúan insuficientemente representados en las instancias donde se toman decisiones que afectan directamente sus economías.

La crítica apunta a una contradicción estructural: las economías emergentes representan una proporción creciente de la actividad económica mundial, pero carecen de una influencia equivalente en organismos como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.

Por ello, el secretario general defendió una ampliación del papel de los bancos multilaterales de desarrollo, capaces de movilizar capital privado en mayor escala y facilitar financiación concesional para los países más vulnerables. También reclamó mecanismos más eficaces para aliviar y restructurar la deuda, una demanda que se ha convertido en una prioridad para numerosos gobiernos africanos, latinoamericanos y asiáticos.

Inteligencia artificial: la nueva frontera de la desigualdad

El segundo eje de su intervención se centró en la inteligencia artificial, convertida en uno de los principales campos de disputa geopolítica.

Si la revolución digital estuvo marcada por profundas asimetrías tecnológicas, el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial amenaza con ampliar aún más esas diferencias. La capacidad de cálculo, los datos masivos y las infraestructuras necesarias para desarrollar sistemas avanzados permanecen concentrados en un reducido número de países y empresas.

Guterres advirtió que esta concentración podría traducirse en nuevas formas de dependencia tecnológica. En un contexto donde la IA influye cada vez más en la productividad, la defensa, la investigación científica o los servicios públicos, quedar al margen de esa transformación implica también una pérdida de autonomía política y económica.

Su llamado a fortalecer mecanismos multilaterales de gobernanza de la inteligencia artificial responde precisamente a esa preocupación. La creación de un Panel Científico Internacional Independiente y de un Diálogo Mundial sobre Gobernanza de la IA busca evitar que las decisiones sobre una tecnología de alcance planetario queden exclusivamente en manos de las grandes potencias tecnológicas.

Sin embargo, el problema sigue siendo material. Para una gran parte del Sur global, el acceso a la inteligencia artificial continúa limitado por la ausencia de centros de datos, recursos computacionales y personal especializado. La disputa por la soberanía tecnológica se perfila así como uno de los principales ejes de las desigualdades futuras.

Justicia climática y disputa por los recursos

La crisis climática ocupó una parte central del discurso. Lejos de presentar el calentamiento global como una amenaza futura, Guterres insistió en que sus efectos ya son visibles a través de fenómenos extremos cada vez más frecuentes: olas de calor, inundaciones, incendios forestales y retroceso acelerado de los glaciares.

Aunque reconoció que el mundo se dirige hacia un rebasamiento temporal del límite de 1,5 grados Celsius fijado en el Acuerdo de París, sostuvo que la batalla climática no está perdida. La prioridad consiste ahora en limitar la magnitud y la duración de ese exceso.

Pero detrás de la cuestión climática aparece otra tensión estructural: quién financia la transición energética y quién se beneficia de ella.

El secretario general recordó que los países industrializados mantienen una responsabilidad histórica mayor en la acumulación de gases de efecto invernadero y, por tanto, deben cumplir los compromisos financieros asumidos hacia los países en desarrollo. La movilización de recursos para adaptación, pérdidas y daños sigue siendo uno de los principales puntos de fricción en las negociaciones internacionales.

La cuestión adquiere una dimensión aún más estratégica con el auge de los minerales críticos. Litio, cobre, cobalto o tierras raras se han convertido en recursos esenciales para la transición energética y la economía digital. Guterres denunció que demasiados países productores continúan ocupando el lugar tradicional de exportadores de materias primas mientras el valor agregado se concentra en otros territorios.

Su formulación fue particularmente directa: los recursos naturales deben generar empleo, industria y prosperidad en las comunidades donde se extraen. En otras palabras, la transición verde no puede reproducir los mecanismos históricos de extracción y dependencia.

La paz en tiempos de fragmentación

El último tema abordado fue el deterioro de la seguridad internacional. Desde Gaza hasta Ucrania, pasando por Sudán y otras crisis prolongadas, los conflictos armados continúan poniendo a prueba la capacidad del sistema multilateral para prevenir la violencia y resolver disputas.

La insistencia del secretario general en los principios de soberanía, integridad territorial, resolución pacífica de controversias y respeto del derecho internacional refleja una preocupación más amplia: la erosión progresiva de las normas que han sustentado el orden internacional desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Paradójicamente, el avance de la multipolaridad que celebran muchos países emergentes también plantea nuevos riesgos. Un equilibrio internacional más distribuido puede ampliar la representación y corregir desigualdades históricas, pero también puede dificultar la construcción de consensos globales.

El mensaje de Guterres ante los BRICS fue, en esencia, una advertencia. La multipolaridad ya no es una hipótesis sino una realidad en construcción. La cuestión decisiva es si ese nuevo equilibrio será acompañado por instituciones capaces de representar a un mundo más diverso o si las estructuras heredadas seguirán generando tensiones entre una distribución cambiante del poder y una gobernanza que permanece anclada en el pasado.

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