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Macron más débil después de encuentro con líderes estudiantiles de liceos en lucha

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El viernes 23 de octubre, una veintena de representantes de las organizaciones de estudiantes secundarios (lycéens) entró al Elíseo. Era la primera vez, en un mes de bloqueos, que Emmanuel Macron aceptaba recibirlos. Un signo de debilitamiento del Gobierno. Salieron con una promesa sobre Parcoursup, la plataforma de admisión a la universidad, y con la consigna de seguir en la calle. Este sábado 24, marchan junto a sindicatos y «chalecos amarillos». El lunes 26, el gobierno del Primer ministro Sébastien Lecornu deberá mostrar si hay algo detrás de las palabras. Y la marcha del sábado 24 de octubre demostró una participación mayor que la del 17 pasado en toda Francia.

Sería un error leer esta rebelión como una crisis escolar. Lo que estalla en los liceos es el balance de un modelo. Estos jóvenes de 15, 16 y 17 años crecieron completamente bajo Macron, en el poder desde mayo de 2017. Lo que denuncian (aulas repletas, profesores ausentes, edificios en ruinas, selección opaca) es lo que ese modelo produce cuando aterriza en la vida cotidiana.

Conviene recordar de qué se trata. En su primer año de los casi 10 que es Gobierno, Macron suprimió el impuesto a la fortuna y lo redujo a la propiedad inmobiliaria, instauró una tasa única y rebajada sobre las rentas del capital, flexibilizó por decreto el Código del Trabajo y recortó la ayuda para la vivienda de los más pobres. Luego vinieron el fin del estatuto de los trabajadores ferroviarios, los recortes al seguro de desempleo y, en 2023, el aumento de la edad de jubilación de 62 a 64 años, impuesto mediante el artículo 49.3 de la Constitución, sin votación en la Asamblea, pese a meses de huelgas y millones de manifestantes. Todas medidas anti populares. La promesa era el “derrame”: enriquecer a los de arriba para que la riqueza bajara.

No chorreó. Según el Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (INSEE), en 2024 había 9,8 millones de personas bajo el umbral de pobreza en Francia metropolitana, y la tasa de pobreza seguía en su nivel más alto desde que existen las series, en 1996. Las desigualdades alcanzaron su máximo en treinta años, empujadas por el alza de los ingresos de los más acomodados. Ese mismo informe registra que más de uno de cada cinco niños es pobre. Es el retrato de la generación que hoy bloquea los liceos.




Las prioridades del poder quedan en evidencia cuando se mira dónde sí hubo dinero. Bajo los dos mandatos de Macron, el presupuesto de defensa casi se duplicó: de 32 200 millones de euros en 2017 a cerca de 64 000 millones previstos para 2027. En julio de este año, el Parlamento aprobó otros 36 000 millones para el rearme. Mientras tanto, como explica Ryad Rani, presidente de la Unión Sindical Liceana (Union syndicale lycéenne, USL), hay alumnos que pasan meses sin profesor de francés en el año del examen.

El movimiento nació en Francia a mediados de septiembre en un liceo de Créteil, en la periferia popular de París, y se extendió por todo el país. El 1 de octubre ya había 1027 establecimientos afectados. Sus exigencias son concretas: suprimir Parcoursup y un plan de 10 000 millones de euros para los liceos. Parcoursup no es un detalle técnico. Es el símbolo de un sistema que clasifica a los jóvenes según su origen y su código postal. Y fue creado en 2018 por el propio gobierno de Macron, que hoy admite la necesidad de «refundirlo».

Hay que subrayar cómo se organiza esta juventud. Ante el presidente no se sentó un líder providencial, sino una dirección colegiada, con dirigentes de organizaciones distintas y a veces rivales: Ryad Rani, de la USL; Nathanaël Combary, de Renouveau lycéen; Louis Letoublon, de Les Lycéens!, entre otros. Esa pluralidad, que el poder quisiera fragmentar entre «responsables» y «radicales», es su fuerza. Al salir del Elíseo, todos llamaron a seguir movilizados hasta obtener medidas concretas.

La respuesta del Estado fue doble: una plataforma digital para “escuchar” y la policía para disciplinar. En Lens, un lycéen de 15 años perdió una mano por una granada aturdidora. El ministro del Interior, Laurent Nuñez, reconoció entonces más de 6000 detenciones. El 17 de octubre, en Saint-Étienne, otro joven de 17 años sufrió la misma mutilación. Macron, por su parte, prefirió acusar a La Francia Insumisa (La France insoumise, LFI) de «excitar» a los alumnos, como si una generación entera fuera incapaz de pensar por sí misma.

La represión no aisló a los liceos: los acercó al resto de la sociedad movilizada. Rani llamó a sumarse a los “chalecos amarillos” para materializar la convergencia de las luchas. El 21 de octubre, tras reunirse con Lecornu, la secretaria general de la Confederación General del Trabajo (CGT), Sophie Binet, constató que no se había atendido ninguna de sus reivindicaciones. Las centrales sindicales convocan a un gran movimiento el 5 de noviembre, y la CGT llama a la huelga general.

La historia francesa muestra que esa alianza puede ganar. En el invierno de 1995, las huelgas obligaron al gobierno de Alain Juppé a retroceder en su reforma de las pensiones. En 2006, estudiantes y sindicatos unidos enterraron el Contrato de Primer Empleo (CPE), que precarizaba a los menores de 26 años. En 1986, los secundarios derrotaron la reforma universitaria Devaquet. Cada vez que el liceo, la universidad y lo trabajadores se encontraron en la calle, el poder tuvo que ceder.

Queda una sombra inquietante. Macron ganó en 2017 y en 2022 presentándose como la barrera contra la ultraderecha de Marine Le Pen. Casi diez años después, esa ultraderecha está a las puertas del poder. El 7 de julio, la corte de apelación dejó a Le Pen en condiciones de ser candidata en 2027, y detrás de ella espera Jordan Bardella, presidente del partido ultraderechista Reagrupamiento Nacional (RN). La pobreza y la desigualdad que el macronismo profundizó son el terreno en que prospera el resentimiento racista y la inseguridad que la ultraderecha capitaliza si no hay una izquierda fuerte con programa popular que la detenga.

Por eso la rebelión de los liceos importa más allá de Francia. Frente a la resignación y frente al voto de rabia, estos jóvenes oponen otra respuesta: la organización colectiva, la solidaridad con los trabajadores y la exigencia de igualdad. No piden que les cambien el nombre a Parcoursup: piden que el dinero vuelva a la escuela pública. Este lunes, el gobierno deberá elegir entre maquillar o redistribuir. Los liceos ya le pasaron la factura.

 

Leopoldo Lavín Mujica

 

 

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