Los resultados de la reciente PSU muestran en forma clara e indesmentible que, en Chile, la educación de calidad solo puede conseguirse en la medida que se pague por ella. Muestra, además, que la PSU – que es en alguna medida el instrumento de medición de la calidad de la educación que se imparte en los diferentes liceos del país – es un instrumento sesgado en favor de los establecimientos educacionales privados y pagados.

Los liceos que estuvieron presentes en esta medición, ordenados de acuerdo a los resultados obtenidos en las pruebas de Lenguaje y Matemáticas por los alumnos que de allí provienen, muestran que, de los 100 primeros liceos, hay 95 que son establecimientos privados y pagados. Solo 5 liceos escapan de esa situación.

El Liceo municipal Augusto D´Halmar, de Ñuñoa, resultó en el puesto 6 en este ranking, lo cual lo convierte en una excepción sumamente meritoria.  El Liceo Bicentenario de Temuco, también municipal, figura en el lugar 37.  Esos son los únicos dos liceos municipales presentes entre los mejores cien, de acuerdo a los resultados de la PSU. Repetimos: dos de 100. El 2% por ciento.

Hay otros 3 liceos presentes entre los 100 mejores que son particulares subvencionados.  Los alumnos provenientes de los colegios privados, pagados y probablemente caros son los que obtienen mejores puntajes en la PSU y tienen, por lo tanto, las mejores opciones para entrar a la universidad, para convertirse en profesionales y para ocupar posiciones de liderato y de mando en la política, en la economía y en la sociedad en general de este país.

Los otros muchachos, los que no estudiaron en alguno de los 100 mejores liceos, están condenados a posiciones de baja o a lo sumo de mediana importancia a en la estructura social, política y económica del país. Pero no es que estén condenados por el resultado obtenido en la PSU. Estaban ya condenados desde mucho antes. Estaban condenados por que estudiaron en liceos municipales en los cuales es difícil obtener una educación de buena calidad. En otras palabras, estaban condenados por ser pobres.

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Pero los resultados que analizamos ponen en evidencia también que el instrumento de medición, es decir, la PSU, es un instrumento sesgado. Mide conocimientos, no aptitudes ni inteligencia. Y el conocimiento está desigualmente distribuido en la sociedad chilena. El que va a buenos y caros colegios privados obtiene mayores conocimientos, pues sus colegios están en condiciones de proporcionarles múltiples actividades complementarias al mero pensum de estudios, y tiene computador, celular y televisión en su casa, con todos los programas y aplicaciones existentes, e incluso todos los libros que sea necesario adquirir. Tienen, además, tiempo libre, y su situación económica no lo impulsa a tener que trabajar para complementar los ingresos de su familia.  Todo ello potencia sus posibilidades de obtener muchos conocimientos, y la PSU mide precisa y exclusivamente eso: quien tiene mayores conocimientos. Los otros, los de abajo – aun cuando tengan alta inteligencia y buenas aptitudes, que también son posibles de medir – no tienen acceso a las mismos bienes, servicios ni condiciones, y tienen necesariamente que obtener resultados bajos en esa prueba que mide los conocimientos adquiridos en el liceo o en el hogar.

En síntesis, la PSU cumple a la perfección su rol de ser el instrumento de discriminación y de separación entre los que tienen conocimientos y los que no los tienen, y entre los que tiene posibilidades de que les vaya bien en la vida, y los que empiezan tempranamente a darse cuenta de que les va ir mal. Por ser pobres.

 

Por Sergio Arancibia

 

 

 

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