El economista Bruno Colmant, exdirectivo de la Bolsa de Nueva York y hoy presidente del principal banco privado belga, es uno de los mejores conocedores de las entrañas del sistema.

 

Bruno Colmant, belga de 58 años, es mucho más que un economista o un académico al uso: combina como muy pocas personalidades en el mundo un gran currículum académico e intelectual —con más de 50 obras publicadas y experiencia en media docena de universidades— con una trayectoria al máximo nivel en primera línea en el mundo realmente existente, tanto en el ámbito público —fue jefe de Gabinete del hoy comisario europeo de Justicia, el liberal Didier Reynders— como, sobre todo, el privado, con una larga trayectoria como presidente de la Bolsa de Bruselas, miembro del comité de dirección del NYSE Euronext, producto de la fusión entre la bolsa de Nueva York y la principal plaza bursátil de la zona euro; directivo del gigante asegurador Ageas, de la consultoría financiera de referencia Roland Berger, presidente del Centro de Finanzas Belga y, desde 2019, como máximo ejecutivo del Banco Degroof Petercam, el principal banco privado belga y uno de los actores clave en el mercado europeo.

Semejante e insólita pluralidad de trayectorias al primer nivel convierte a Colmant en uno de los mejores conocedores de las entrañas del sistema y, por tanto, en uno de los analistas de referencia en el mundo ante el brutal desafío político, económico y social provocado por el coronavirus, que en su opinión ha precipitado “una crisis sistémica, como una guerra mundial” y que, por tanto, exige una respuesta a la altura que no ve llegar por ningún lado. Colmant es un banquero de mente abierta, que ante la sorpresa por el crash de 2008 se puso a leer a Marx y que no desdeña ninguna herramienta de análisis que pueda serle útil por el simple hecho de no coincidir con sus posiciones previas. Hoy tiene claro que, sin una intervención mucho más decidida y ambiciosa por parte de los Estados, el euro, la Unión Europea y hasta el sistema mismo están en peligro.

Pregunta. Prestigiosos historiadores indican que si algo nos puede enseñar la Historia es que la presente crisis no conoce precedentes ni analogías comparables. En palabras de Adam Tooze: «Jamás ha ocurrido un aterrizaje forzoso similar a este. Hay algo nuevo bajo el sol y es aterrador». ¿Comparte el diagnóstico?

Respuesta. Sí. Nuestros antepasados lo predijeron en los años 1940: el clamor de la muerte perseguirá al mundo entero durante mucho tiempo. Este rumor de tristeza, desesperación e impotencia habitará nuestros países como un lamento infinito. Como una advertencia mil veces repetida los vigías darán la alerta. ¿Quién estará allí, en el mundo del mañana, para reunirnos alrededor de nuevas utopías, sobre las ruinas de un mundo acabado? Esta crisis es sistémica, como una guerra mundial. Exigirá que redefinamos las reglas de solidaridad en todas las áreas.

 

P. El reciente acuerdo del Eurogrupo para luchar contra los efectos económicos del coronavirus ha dado lugar a un festival de auto-felicitaciones de los ministros de Finanzas, como, por ejemplo, «un gran día para la solidaridad europea» para el alemán Olaf Scholz. Sin embargo, numerosos economistas han mostrado enorme decepción por no estar a la altura de las circunstancias y se ha llegado a calificar la supuesta solidaridad europea como «poesía». ¿Cuál es su análisis?

R. La respuesta de Europa es insignificante; debe ser mucho más ambiciosa. Es absolutamente necesario liberarse de los grilletes presupuestarios para acompañar las inyecciones monetarias del Banco Central Europeo (BCE), más aún cuando los problemas estructurales de la zona euro no han encontrado solución ni resultado: el sistema bancario de ciertos países sigue siendo frágil, las balanzas por cuenta corriente no convergen, etcétera. El BCE tiene razón al decir que la política presupuestaria debe tomar el relevo de la política monetaria. El Pacto Fiscal Europeo debería ser suspendido (o modulado por país) y autorizarse un estímulo presupuestario más importante, más aún cuando los gobiernos se están financiando con tasas de interés negativas.

P. ¿Los gobiernos europeos están siguiendo las recomendaciones del BCE?

R. A pesar de los requerimientos del BCE, los gobiernos europeos no parecen seguir este camino porque, en este momento, las diferentes concepciones del dinero y la deuda pública están aflorando. Para algunos países la monetización de una deuda pública es ya intolerable porque debe ser financiada por capital previamente constituido y no por dinero creado ex nihilo. Sin embargo, son tiempos nuevos y la solidaridad debe prevalecer en una zona monetaria unificada. Sin una mayor flexibilidad en la gestión del euro, habría un riesgo real de sub-optimización monetaria. Es a este nivel donde reside el verdadero desafío para la política monetaria y presupuestaria europea.

P. En su discurso del 13 de abril el presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, afirmó: «Tendremos que reconstruir una economía más fuerte con el fin (…) de salvaguardar nuestra independencia financiera» ¿Es posible que muchos países, entre ellos España, decidan abandonar el euro si Europa no responde a la altura del desafío?

R. Más allá de 2020 el euro va a atravesar dudas existenciales. No será posible, a corto plazo, revertir su vicio de concepción inicial, a saber: que esta moneda es demasiado fuerte para los países importadores y demasiado débil para los exportadores en términos netos. Por supuesto, algunos países de forma aislada podrían proceder a un sabotaje monetario, pero al precio de una destrucción de los ahorros, una bancarrota estatal, una inflación escatológica y, por tanto, un régimen político autoritario destinado a garantizar el orden social en condiciones tormentosas.

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Sobre todo, debería haber una adaptación ideológica que postule que el objetivo del euro es el crecimiento del empleo. La crisis de 2011-2013 ha demostrado que el empleo y el crecimiento fueron las variables de ajuste para mantener la unidad monetaria. El capital, es decir, la sostenibilidad del símbolo de la moneda, prevaleció sobre el trabajo. Por tanto, se debería en adelante, cuando menos en parte, reequilibrar la importancia de estos dos factores de producción en la política de la moneda. La moneda no es neutral en la gestión de las relaciones sociales. Parece que el euro es, en su formulación actual, incompatible con el pleno empleo.

«Una ruptura de la zona euro conduciría a la pulverización de la economía continental, e incluso mundial, con riesgos sociales y políticos asociados»

P. En una reciente intervención ante la Asamblea Nacional francesa, el ministro de Finanzas, Bruno Le Maire, mostró temor a que «la zona euro no sobreviva a la agravación de las diferencias de desarrollo económico entre sus miembros». ¿Qué opina?

R. No tenemos otra opción que no sea asegurar la cohesión de la moneda. Un retroceso sería catastrófico e impensable. Una ruptura de la zona euro conduciría a la pulverización de la economía continental, e incluso mundial, con todos los riesgos sociales y políticos asociados. El euro sobrevive porque Francia y Alemania obtienen una ventaja temporal: Alemania ha multiplicado su mercado interno mientras que Francia se ha beneficiado de las condiciones de préstamo alemanes para su deuda pública. En Alemania, el euro ha beneficiado al sector privado, mientras que en Francia ha permitido consolidar el rol del Estado a un coste reducido. ¿Es esta realidad perenne?

Nada es menos seguro. Sería necesario que las economías de ambos países se alinearan más y que la comprensión mutua sirviera de base a equilibrios monetarios y presupuestarios. Sin este acercamiento la moneda única servirá como una revelación de las disensiones ancestrales. Por lo tanto la perpetuación del euro depende más que nunca del frágil equilibrio del eje franco-alemán.

P. Según el economista Dani Rodrik, el covid-19 va a acelerar la “lenta muerte del neoliberalismo”. A este respecto usted va a publicar próximamente un libro en que relata cómo abandonó dicha doctrina económica ¿Qué nos puede adelantar?

R. Mi próximo libro se titula Hyper-capitalisme: le coup d’éclat permanent. Su tema es que la esfera del mercado, ahora globalizada y digitalizada, entra en colisión con las realidades políticas de muchos países europeos. El neoliberalismo de origen anglosajón se suponía que traería emulación, innovación, crecimiento económico y aumento del nivel de vida. Sin embargo, ha colisionado con el factor humano de la movilidad perfecta y la óptima empleabilidad de los trabajadores. Desde la revolución industrial, los Estados de bienestar europeos se han construido sobre la base de los logros sociales, la estabilidad y la solidaridad en el trabajo, que a su vez se han visto reforzados por las diferencias culturales, sociológicas, lingüísticas y de otro tipo.

El propio euro se basa en la misma premisa, aún no verificada, de una mayor movilidad laboral combinada con una disminución de la protección social. Un equilibrio que se creyó haber alcanzado. Pero el hiper-capitalismo ha recuperado la ventaja. El resultado de esta oposición de modelos es la amargura social y las conflagraciones socioeconómicas, cuyas primeras detonaciones son ahora audibles. Entre el capitalismo desenfrenado y el igualitarismo desmovilizador, se necesita un camino intermedio: hay que reconstruir la eficacia estratégica de los Estados europeos. Esta rehabilitación se impone en muchos ámbitos, a través de la inversión pública y el gasto social: educación, movilidad, transición climática, financiación de las transferencias sociales y de la atención sanitaria, aseguramiento de los servicios públicos, etc. Ello es en el propio interés mismo de un post-liberalismo que integre al fin los factores humanos y climáticos para enfrentar mejor los tiempos que se avecinan.

 

Hernán Garcés y Pere Rusiñol

Fuente: El Confidencial

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