Opinión política

Telescopio: el ocaso de las estatuas

“Cuando llueve me dan no sé qué / las estatuas. / Nunca pueden salir en pareja / con paraguas, / y se quedan como en penitencia, / solitarias /…” Así empieza esa poética canción de María Elena Walsh, un homenaje a esos personajes que desde el bronce o el mármol, a veces encaramados en caballos, otras enarbolando gestos heroicos o simplemente con aire meditativo, parecen observar el paso cansino de los habitantes urbanos. La verdad, no siempre atrayendo mayor atención de los transeúntes, como la misma cantautora agrega en otra parte de su canción: “Su memoria procuran decir / sin palabras / y nos piden la poca limosna / de mirarlas / cuando quieren contarnos un cuento / de la Patria.”

Recientes acontecimientos de todos ya conocidos han hecho que los ciudadanos en verdad se hayan dado la molestia de efectivamente mirar las estatuas y más aun, escuchar y cuestionar el cuento que quieren contarnos de sus respectivas patrias. Y como a mucha gente ese cuento no le ha gustado, las que han pagado la cuenta han sido los metálicos personajes que han terminado en el fondo de algún lago o río, no sin antes ser sometidos a vejámenes como verse pintarrajeados y decapitados.

Descontando las estructuras monumentales no representativas de seres vivos, como las pirámides egipcias o mesoamericanas y los zigurats mesopotámicos, la más antigua estatua sería la del Hombre-León de Hohlenstein-Stadel, encontrada en Alemania y que se remontaría a unos 35 mil años. Pero en términos de estatua de grandes dimensiones y claramente figurativa, la Esfinge egipcia es sin duda la que más gente identificará como más representativa de la antigüedad. Al mismo tiempo ella nos habla de ese afán de representar personajes: dioses, seres mitológicos y más tarde a figuras notables de una época en la forma de estatua. El monumento público—destinado a ser exhibido y visto por la gente—es un intento de inmortalizar a los personajes.

Sin embargo, como se puede ver, esa inmortalidad resulta, al final, ser un tanto relativa: no siempre los que han obtenido el reconocimiento en el bronce han permanecido en tal calidad. Esto incluso lleva a pensar si a este momento ha llegado el ocaso de las estatuas. Personajes ampliamente reconocidos en un momento, que luego en verdad resultan no ser tales. Aunque por cierto, esto da para un debate que puede ser muy acalorado. Interrogantes tales como ¿quién merece ser recordado en una estatua? Y también ¿cómo equilibrar en términos de valoración histórica los hechos de un personaje para decidir si es merecedor del honor del mármol o bronce? (Esto, porque—a decir verdad—los “santos” en este mundo parecen ser muy escasos y hasta en los más apreciados personajes de la historia uno podrá encontrar lados oscuros, o al menos, poco claros, y al final eso es parte de su condición humana también).

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Aunque las acciones más concertadas contra algunas estatuas han tenido lugar en Estados Unidos en los últimos días, no hay que olvidar que durante el estallido social en Chile algunas estatuas ya sufrieron parte de la ira popular, aunque no tanto por razones ideológicas sino más bien por su estratégica ubicación. Ese fue el caso del general Baquedano en la rotonda que lleva su nombre. Cubierto ahora por graffiti, el monumento ecuestre ha sido más bien un lugar considerado adecuado para enviar un mensaje. Dudo que la mayor parte de los que se encaramaron en la estatua siquiera hayan tenido idea de quien Baquedano fue y porqué le levantaron ese monumento (esto es, considerando el estado de la educación en Chile).

En los casos más recientes las protestas han apuntado a personajes como Jefferson Davis, en Richmond, la capital de Virginia que durante el tiempo de la Confederación funcionó también como su capital. Davis fue el presidente de ese grupo de estados sureños que entre 1861 y 1865 se separó de Estados Unidos en rechazo a la abolición de la esclavitud acordada por el congreso a instancias del gobierno de Abraham Lincoln. La estatua fue removida así como la de otros personajes que tuvieron notoria participación en el bando esclavista durante la guerra civil.

Iniciado como un movimiento en protesta por el tratamiento a la minoría negra en Estados Unidos, la remoción de estatuas pronto también ha llegado a representar a otro grupo discriminado en la sociedad de ese país, como es el caso de los indígenas—en los hechos un grupo discriminado y maltratado a través de la mayor parte del continente—y como respuesta a esa situación, la estatua de Cristóbal Colón en Boston y luego en otras ciudades de ese país han sido removidas. Peticiones para remover una en Nueva York han sido rechazadas tanto por el alcalde como por el gobernador—ambos de ancestro italiano—ya que en ese país el navegante es más asociado a su origen italiano (era genovés), que al hecho de estar al servicio de España, y las estatuas fueron levantadas por la comunidad italiana en esa ciudad. Un más directo ataque a la herencia colonial española tuvo lugar en Miami, donde además de pintarrajear la estatua de Colón, el monumento al “descubridor” de Florida, Juan Ponce de León, recibió también la ira de manifestantes que sindican a los exploradores y conquistadores españoles como iniciadores del genocidio de las poblaciones nativas.

Al otro lado del Atlántico el cuestionamiento a algunas estatuas no ha sido menos expresivo: en Bristol, Inglaterra, la que conmemoraba a Edward Colston un mercader local que hizo su fortuna mediante el comercio de esclavos en el siglo 17 fue arrancada de su pedestal y arrojada a la bahía cercana.  (Autoridades locales la recuperaron y anunciaron que la pondrán en un museo como parte de una exhibición contextualizada del tema del esclavismo). En este caso será difícil amagar los efectos negativos de su actividad comercial y tratar de contextualizarla: como miembro del consejo de administración de la Royal African Company, Colston tuvo directo conocimiento del traslado de unos 84 mil africanos capturados para servir como esclavos en las Américas. De esos, se estima que más de diez mil habrían muerto mientras eran transportados a sus destinos. Por cierto, una tarea difícil para cualquiera que quisiera montar una defensa de la estatua de Colston; ni siquiera el hecho que con parte de su fortuna el mercader de esclavos financiara diversas obras de caridad, escuelas e iglesias logra salvar su imagen. Curiosamente, hasta antes de 1990, en esa ciudad era celebrado como un filántropo.

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Si pocos habían oído hablar de Colston, distinto es el caso de Winston Churchill cuyo monumento en el parque que bordea el parlamento británico recibió también las iras de los manifestantes: “Racista” fue prominentemente escrito en el pedestal de la estatua. Para evitar nuevos ataques contra el monumento, la municipalidad de Londres ordenó cubrirla temporalmente. Mientras en el imaginario popular británico y en la historia oficial de muchos países—incluido Canadá donde también es objeto de varios memoriales—Churchill es venerado como una suerte de salvador de Gran Bretaña en los duros años de la Segunda Guerra Mundial, por cierto que también hay un lado siniestro en el personaje (y no sólo su afán por el whisky como aparece en el film biópico The Darkest Hour, un pecadillo muy menor). Emma Soames, nieta de Churchill, comentando lo ocurrido admitió que “(mi abuelo) tenía algunos puntos de vista que serían inaceptables hoy” para en seguida añadir que, sin embargo, “él es visto como un héroe por millones de británicos” y terminó con una reflexión interesante: “La gente no mira todos los antecedentes de la gente antes de ponerla en estatuas, si lo hiciera, este sería un país de pedestales vacíos”.

(Entre otras “perlas” de su pensamiento, Churchill particularmente en su libro Historia de los Pueblos Angloparlantes adhería a preceptos de dominación racial, como la jerarquización de razas en que los blancos estaban en el escalón más alto y los negros en el más bajo. También creía que los pueblos negros de África y el Caribe no podrían autogobernarse. Tampoco los judíos eran muy de su agrado, ya que los asociaba al bolchevismo, aunque en su jerarquización los consideraba en un escalón superior a los árabes. Incongruentemente, en 1953 la Academia Sueca confirió a Churchill el Premio Nobel de Literatura por “su magistral descripción histórica y biográfica, así como por su oratoria de defensa de los altos valores de la humanidad”).

Recogiendo lo dicho por la nieta de Churchill es interesante agregar que eso de los antecedentes completos de los personajes consagrados en el bronce se puede aplicar en muchas partes. Aquí en Canadá, donde la minoría más golpeada por la discriminación la constituyen los indígenas (como es el caso en Chile también), ha habido igualmente cuestionamientos a personajes históricos que de algún modo tienen responsabilidad en ese maltrato. Sir John A. Macdonald, el primero que ocupó el cargo de primer ministro y uno de los fundadores de Canadá, se lo consideró muy merecedor de estatuas y de hecho muchas de ellas adornan parques y avenidas de las diversas ciudades canadienses. Aunque ahora se teme que eso puede no durar mucho tiempo más. En los hechos, la estatua de Macdonald en una céntrica plaza de Montreal ha sido vandalizada un par de veces. Lo que sucede es que el personaje, uno de los Padres de la Confederación en el siglo 19 (equivalente a un Padre de la Patria como se le diría en Chile), durante su gobierno presidió sobre la instalación de las llamadas escuelas residenciales. Estos eran internados en los que se enrolaba, de manera obligatoria, a los niños y niñas indígenas en un intento por borrarles su cultura e idioma y en cambio incorporarlos a la cultura blanca dominante y colonizadora. Un verdadero genocidio cultural, agravado además por el hecho de que numerosos de esos estudiantes indígenas sufrieron abusos físicos y sexuales, ya que el gobierno delegó la administración de esas escuelas a las iglesias, la mayoría fueron regentadas por la Iglesia Católica.

Por otro lado, sin embargo, Macdonald es celebrado por su contribución política a la formación de este país. Canadá—al revés de Estados Unidos—se consolidó como estado independiente de Gran Bretaña mediante un proceso evolutivo relativamente pacífico (aunque por cierto, rebeliones armadas en las actuales provincias de Ontario y Quebec en 1837-38, aunque sofocadas, hicieron entender a las autoridades británicas de entonces que no podían cometer el mismo error que habían hecho con las colonias que eventualmente formaron Estados Unidos. Macdonald junto a antiguos líderes de esas rebeliones, tuvo el genio político para forjar esa opción de transición pacífica hacia un autogobierno, modalidades que luego se aplicarían a Australia y Nueva Zelandia).

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Pero si de cuestionamientos a padres de la patria se trata, el canadiense Macdonald no sería el único. En Chile abundan las estatuas de Bernardo O’Higgins, honrado como el padre de la patria por excelencia. No hay rasgos de discriminación ni racismo en este caso—como en Canadá, la minoría indígena chilena no tuvo mayor rol en el proceso de independencia, más aun, se mantuvo más bien neutral aunque en el caso de mapuches, hubo algunos que lucharon tanto en el bando patriota como en el realista—pero lo que sí no puede negarse es que O’Higgins cultivó la intriga para deshacerse de sus enemigos políticos (la muerte de José Miguel Carrera y sus hermanos) y que ordenó el asesinato de Manuel Rodríguez. No por nada el dictador Pinochet admiraba tanto a O’Higgins.

Claro está ¿nos debe llevar eso a echar abajo las estatuas de O’Higgins? Hay también otros factores a considerar, pero—excepto por los casos de conquistadores que inauguraron el genocidio de los indígenas y de los mercaderes de esclavos—en principio la remoción de estatuas no es algo que deba hacerse de manera ligera, ni en el caso de O’Higgins por mucho que Pinochet lo admirara (eso sí, me gustaría que la principal avenida santiaguina recuperara su antiguo nombre, que tiene un aire poético y bucólico: Alameda de las Delicias).

Y por último, no hay que olvidar que las estatuas también tienen un rol como elemento de la estética urbana. Es penoso ver al que seguramente es el más bello monumento urbano en toda la capital, la Fuente Alemana en el Parque Forestal, brutalmente vandalizada, no creo que por gente que tenga algún sentido de conciencia social, sino más bien por elemento lumpen y algunos desubicados adherentes a un confuso anarquismo, que en última instancia no tiene nada de revolucionario, sino que más bien busca hacerse notar mediante acciones chocantes. También fue un atentado a la historia el vandalismo que sufrió el monumento a Fermín Vivaceta, pionero de la organización de los trabajadores a través de la fundación de mutuales y de la Sociedad de Artesanos.

Como en la mayor parte de las cosas, es bueno reflexionar sobre lo que las clases dominantes y su cultura han impuesto como modelos de heroísmo, filantropía y servicio a la sociedad a través del mundo, porque es cierto que muchos inmortalizados en el bronce no lo merecen, pero también hay que renovar el aprecio por aquellos que sí se han ganado ese honor. Y esto independientemente de las circunstancias específicas que los han llevado al pedestal: una mirada de revisionismo crítico puede cuestionar los motivos que llevó a Chile a la Guerra del Pacífico, pero ello no quita que Arturo Prat fue un tipo de gran coraje—aparte que además era un hombre con un interesante compromiso social en su vida civil—por lo que el monumento que lo honra en Valparaíso le hace justicia. Incluso el propio Baquedano, que algunos han tratado de desmontar de su caballo en la estatua, al fin de cuentas se le ha homenajeado porque cumplió eficientemente con el trabajo que le fue asignado. (Y en todo caso la gracia hubiera sido desmontarlo de su caballo en vida, cosa a la que probablemente muy pocos se hubieran atrevido…)

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No se trata de llamar a dejar las estatuas tranquilas, sino remover aquellas que deben ser removidas, pero en muchos otros casos, hay que escuchar la advertencia de María Elena Walsh: “Con ellas no juega nadie / pero si una sombra mala / para siempre las borrase, / qué dolor caería / sobre Buenos Aires” (o sobre cualquier otra ciudad, porque ellas—no las que representan a rufianes— hacen parte de la belleza urbana y nos pueden recordar lo bueno, dentro de las limitaciones humanas por cierto, que también ha habido en cualquier sociedad).

 

Por Sergio Martínez (desde Montreal, Canadá)

 

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  1. Gino Vallega says:

    Es un tema a conversar , interesante , porque hay estatuas culturalmente “bellas” y que se vandalizan de tarde en tarde (frente al palacio de bellas artes en parque forestal) pero también hay exceso de militares ,sables y caballos , importantes en guerras que a nadie interesan y que es mejor no recordar “con una estatua” ; también estaría el nombre de calles y plazas y avenidas que se han ido llenando ,otra vez ,de milicos,sables,sotanas y “asesinos” seriales considerados padres de la patria como Arturo Alessandri Palma , el almirante borrachín no se cuanto en Valpo….Tal vez habría que dejar algunos espacios para estatuas y calles para nombrar en forma rotativa cada ,digamos , cuatro años ,como la presidencia : cuatro Bachelet ,cuatro Piñera , cuatro Bachelet ,cuatro Piñera………….

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