Desde luego, el doctor Jaime Mañalich no es originario de la ciudad de Machalí, ni el doctor Enrique Paris de la ciudad de París. Se trata de una curiosa coincidencia fonética a causa de sus apellidos. Había un poeta chileno de claro talento, que se llamaba Aristóteles España, quien no descendía de griegos y no era oriundo de España. Durante la dictadura, lo apresaron y terminó relegado en la isla Dawson. Los citados doctores son colegas y de seguro conocen ambas ciudades, lo cual los eleva a la categoría de ilustres trotamundos.

A Machalí, donde se hallan las famosas termas de Cauquenes, se le conoce también, por ser tierra de brujas. Ahí, la semana pasada, mandé a Joaquín Lavín a purificarse de sus pecadillos de juventud. En una visita que hice a esa ciudad, hace alrededor de 20 años, los escritores y escritoras de la zona me invitaron a un aquelarre nocturno, donde hubo lecturas de poesía y cuento. Me dieron de beber un brebaje delicioso, a la hora de las brujas, cuyo sabor persistió en mi boca, durante una semana.

Toda esta explicación se efectúa con el objeto de aclarar las proximidades y diferencias entre las ciudades de París y Machalí. En lo personal, ambas me fascinan por ser antagónicas en su geografía, en sus paisajes, en el color del cielo, de los ríos próximos y en las edificaciones. Sí, poseen una cualidad en común y debe destacarse: en ellas hay poetas de calidad universal. Todo esto me ha traído al recuerdo, debido al cambio en la conducción de la pandemia y consiguiente cuarentena, cuya duración bien podría llamarse millarada. El escenario continúa siendo de una confusión devastadora. De ser así, en un par de semanas, de no haber sustantivos cambios, el doctor Enrique Paris sea reemplazado por el doctor Mortis, como lo sugirió el escritor Edmundo Moure, al agregar a la polémica, su reconocida ironía. Ahora, el doctor Paris se encuentra dentro de las veleidades del tornadizo destino, bajo la lupa de la ciudadanía. Cada gesto suyo, guiño, pestañada, movimiento de labios, será analizado por la terrible opinión pública. Bien se sabe que, el piso de La Moneda se ha meneado en estos meses de furia, confusión y desaciertos, como esas arenas movedizas que a simple vista parecen tranquilas. Si alguien las pisa, lo engulle con zapatos, mascarilla, incluidos títulos y escudo de armas, comprados en el Mercado Persa

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Hoy por hoy ser Ministro de Salud es como ser de la Guerra, pues se combate a un poderoso enemigo, que se mueve en las sombras y ataca a mansalva. Si el doctor Enrique Paris desea derrotar a este enemigo artero y escurridizo, debe abrir sus orejas y escuchar todas las opiniones. Apoyarse en quienes saben de la materia, a los estudiosos e investigadores del caso y evaluar las observaciones. Alejarse de los charlatanes, aspirantes a mejorar su cercanía con el Jefe. Mantener firme la mano agarrada al timón de este barco, que navega a la deriva en un mar infestado de pirañas. La nave, después de haber perdido la brújula, dirige su proa hacia un iceberg y tal como le sucedió al Titanic, naufrague en medio de la mar.

Después que un enfurecido elefante del circo de La Moneda, ingresara a una cristalería, el doctor Enrique Paris fue llamado con urgencia. Al principio se barajó la idea de la hibernación de la ciudad de Santiago, como los mamíferos para adaptarse al sueño invernal, sin embargo, se desestimo. No confundir con invernar, que significa pasar el invierno en alguna parte. Ahora si alguien va a esquiar, bien podría recibir este calificativo. También se puede otoñar, lo cual realizamos los viejos como yo y “primaverar”, lo que hace la juventud si viaja alrededor del mundo. Sea cualquiera la propuesta de los jefes de la pandemia, continuamos encerrados, convertidos en ilotas o derviches, pues la barba nos cubre el pecho.

 

 

Por Walter Garib

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