En las grandes calamidades la especie humana tiene la habilidad de desarrollar el humor negro; es como si siempre quisiéramos morir con una sonrisa en los labios y no con la cara seria, producto del maquillaje que emplean los funcionarios de la funeraria. Cuando viajo en metro, muchas veces imagino a los pasajeros qué cara tendrían cuando, inevitablemente los coloquen el ataúd, y sus curiosos amigos los miren por última vez. En el caso de los grandes hombres, este afán de despedirse del muerto es siempre multitudinario. En Chile el festival, a diferencia de otros países, está marcado por las misas fúnebres; muchos entierros han provocado mi admiración por la cantidad de amigos que tenía el extinto, que llevaba decenios fuera de la circulación del mundo social. Es exquisito comprobar que cualquier muerto, aun cuando haya sido un asesino, ladrón, especulador connotado, avaro, huraño y pesado, al menos, ese solo día se convierte, por arte de magia, en un pro-hombre que deja un espacio imposible de llenar en la sociedad. Se diría que somos cultores de la muerte.

 

Al fin y al cabo, los chilenos tienen razón en aquello de “polvo serás, pero polvo enamorado”. Debo confesar, para mi vergüenza que no estoy, en absoluto, asustado que la pandemia llega a Chile, pues esta tierra maravillosa, a pesar de sus múltiples terremotos, inundaciones, sequías y actividad volcánica, tiene un tan perfecto Ministerio de Salud Pública y una genial cadena de hospitales, además de algunos de los más brillantes científicos, que el virus covid 19 no nos rozará. Además, contamos con un genial ministro Paris  que nos protege y nos asegura para no sobrerreaccionar. Como Epicuro, creo que la muerte no nos debe atemorizar, pues perderemos la conciencia y no sufriremos, y sólo nos llorarán los parientes. Si no temiéramos a la muerte y a los dioses, evitaríamos el dolor y experimentaríamos placer.

 

Las pestes son tan comunes como el pan que comemos: las hay de todos los grados y cantidad de sospechosos y muertos a través de la historia; dejo a los historiadores y a otros investigadores hacer un estudio profundo sobre estas catástrofes, y a novelistas brillantes, como Albert Camus, convertirlas en ficción. Al parecer, según los médicos, el virus actual se desarrolla en una especie de baile de disfraces y va mutando año a año. Las vacunas tardan bastante en quitarle la máscara al virus y poder atacarlos con un ejército poderoso. Los virus están visitando continuamente algunas especies animales – primero los ratones, luego las aves, ahora los murciélagos- y de ahí pasan a los humanos, como todo lo que hay en el universo, son clasistas y eligen a pobres, con bajas defensas.

 

No pienso aburrir a los lectores con la historia, ya muy transmitida por los medios de comunicación y por doctores connotados. En la Edad Media la peste negra aniquiló a la mitad de la población europea de su tiempo – de todas maneras, su número es menor que la guerra de religiones, una peste de intolerancia y supersticiones-. Cuando algunas catástrofes no se atribuían al demonio, se les achacaba a las minorías odiadas: los judíos, las mujeres, los minusválidos, los campesinos pobres o los rebeldes.

 

Acabo de leer el libro de Alfonso Calderón, “1900” (Pehuén, 1980), que nos puede servir para extractar un relato de la peste bubónica, contenido en la página editorial de El Chileno, que era el periódico más barato de la época y comprado por los más pobres, pues contenía populares folletines, tipo Corín Tellado, razón por la cual se le llamaba “el diario de las cocineras”. Usando el humor negro, decía lo siguiente: “Que venga la peste bubónica y se instale aquí donde no habrá quien estorbe su labor, sino al contrario, acequias inmundas, escasez y carestía del agua potable, insalubres habitaciones populares, falta absoluta de servicios de higiene pública y municipios complacientes con toda clase de pestes y benévolos con sus microbios” (Calderón, 1980:290).

 

Entremos al tema de los “Pensamientos de Pascal”. Debo confesar que este filósofo y matemático siempre me ha impresionado por la agudeza de sus reflexiones y el uso de la paradoja; baste citar aquello de que “el hombre no es ni ángel ni bestia”. En su famosa apuesta nos propone que si consideramos que Dios existe y si apostamos y ganamos, lo ganamos todo, mientras que, si perdemos, no perdemos nada. Como podemos ver, es una apuesta perfecta: mete tus fichas en la ruleta al blanco o negro, siempre gana. Tiene otro pensamiento fenomenal para la economía, en estos tiempos de crisis “tanto depende la economía de los economistas como el clima de los meteorólogos”. Si le haces caso a un economista, es seguro que cometerás errores y perderás tu dinero; lo mismo puede ocurrir con el tiempo si le crees todo a Iván Torres, “el hombre del tiempo”: es posible que salga con paraguas en un día de sol y en polera, en un aguacero.

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Para el tema de la cuarentena, Pascal también nos entrega un gran aporte: si nadie saliera de sus casas, es seguro que viviríamos en un mundo perfecto y armónico: se evitaría la propagación de los virus, no habría guerras, nadie sería asaltado en las calles, no habría polución, tendríamos tiempo para dedicar a nuestras familias, pues todos trabajaríamos por Internet, sin salir de las casas. También evitaríamos esos abrazos chilenos en que uno no sabe si en verdad “están felices de verte” o te quieren enterrar un puñal de envidia o desprecio. Por otra parte, se acabaría el tonto dicho “ven a comer uno de estos días a mi casa”, que es una expresión indefinida y desubicada en el tiempo y espacio; lo que es seguro, tu amigo irá al entierro, pues ningún chileno se pierde el gozo de verte tieso y metido en un ataúd. Es cierto que no habrá cine, espectáculos deportivos, ni centros nocturnos de diversión – que sería triste para futbolistas y funcionarios en general, pero todo esto se puede reemplazar, perfectamente, por Internet con juegos en que siempre va a ganar Colo Colo. A veces es mucho más agradable lo virtual que lo real.

 

De las próximas elecciones, no se preocupen: el encierro en la casa garantiza el secreto del voto; sólo ese día recluiríamos a cada uno de los miembros de la familia en una pieza, cerrada con llave. El padrón puede ser llenado por Internet, lo mismo que el sufragio, así se evitaría el pago de los vocales de mesa que, por poco que sea, constituye una economía.

 

Los deudores estarían felices: no podrían visitarlos los cobradores, ni mucho menos los actuarios; sus casas quedarían incólumes y se aplicaría una moratoria general. Los impuestos ya se pagan por Internet, por consiguiente, no hay que preocuparse; como se necesita electricidad para esta nueva forma de vida, la solución podría ser terminar con las hidroeléctricas y colocar un gran espejo que abarque todo el desierto de Atacama, que nos proporcione luz solar, de sobre, a todo el país.

 

No faltará el mal pensado que crea que este sistema está diseñado para no trabajar, lo que es completamente falso, pues está comprobado que, en la casa, con Internet, se trabaja más y con más eficiencia. Como se puede ver, la cuarentena puede ser la fórmula para convertir a Chile en un país hiper desarrollado durante el Bicentenario, y diez años antes del vaticinio del ministro de Hacienda.

 

Rafael Luís Gumucio Rivas

22 06 2020

 

 

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