Desde que se detectó el primer caso de contagio en el país – a comienzos de marzo de este año- se ha venido hablando públicamente de la necesidad de emplear una estrategia de contención de una pandemia que se sabía que más temprano que tarde se iba extender por nuestro territorio.

La experiencia de países que habían vivido la parte inicial de la pandemia estaba señalando de manera clara que aquellas naciones que aplicaron políticas enérgicas de contención, como cuarentenas en las zonas donde el virus fue detectado, suspensión del ingreso de personas procedentes de lugares donde el virus había llegado, entre ellas China y Corea del Sur, lograron controlar rápidamente y de mejor manera la situación que en los países que aplicaron medidas cuando el virus ya se había extendido de manera considerable, entre ellos , España, Inglaterra, Italia y Estados Unidos, por citar sólo algunos casos.

Chile, se ubica en el segundo grupo. Está entre los países que dejaron transcurrir un tiempo valioso antes de aplicar medidas drásticas de confinamiento en los sectores donde se detectaron los primeros contagios grupales, como en la comuna de Vitacura, a pesar de diversas voces de expertos que advirtieron oportunamente, y en todos los tonos, del riesgo que significaba esperar, en lugar de actuar oportunamente. Tampoco se escuchó a los Colegios profesionales del área de la salud y la Asociación Chilena de Municipalidades que, a través de sus Alcaldes, reiteradamente ofrecieron colaboración en tareas propias de su circunscripción las que estaban destinadas a facilitar las labores de las autoridades sanitarias. Toda opinión al respecto fue rechazada, al comienzo, al igual que los ofrecimientos de colaboración, hasta que la situación comenzó a hacer crisis y la presión social obligó a la autoridad a abrirse a un diálogo con entidades de expertos y de la sociedad civil.

El resultado de la obstinación e incapacidad del entonces ministro de Salud Jaime Mañalich, para dimensionar la situación, sumada a la estrategia de propaganda política del gobierno, destinada a presentar a Chile – bajo la conducción de Sebastián Piñera- como adalid en la «guerra contra el Covid-19» ante la comunidad internacional, llevaron al país a la actual situación de crisis sanitaria y social que ya nadie – en la plenitud de sus facultades mentales- podría negar a la luz de las cifras.

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A continuación transcribo datos obtenidos con fecha de hoy (25/06/2020) del portal www.google.com covid19map.

-Contagios en el mundo: 9.494.571. Muertes reportadas: 484.155.
1.- Estados Unidos, cifra de contagios : 2.452.276 Contagios por millón de habitantes: 7.441
2.-Brasil 1.228. 114         5 .811
3.-Rusia 613.994            4.184
7.-Chile 259.064             13.558

PROMEDIO MUNDIAL DE CONTAGIOS X 1.000.000 habitantes : 1.221

-Debo señalar que Chile es el primer país en el mundo en contagios por millón de habitantes para países con más de 3 millones de población. Sólo superado por Qatar: 33.429 x m/h (2.781.677 hab.), San Marino: 20.790 xm/h.(34.590 h.) y Baréin: 15.272 xm/h. (1.600.000 h).

No he transcrito cifras sobre letalidad, debido a que en Chile esas cifras han sido abiertamente cuestionadas por diferentes entidades, a la vez que su manejo ha resultado demasiado confuso, al punto que todavía no se registran cifras definitivas de muertes, al contrario existen dos registros paralelos que no permiten tener certeza sobre la realidad.

Ante la descripción cruda e incuestionable de las cifras que hablan de un rotundo fracaso en la estrategia de contención de la pandemia, así como de una tragedia de grandes dimensiones para la población que pudo ser en gran parte evitada, las autoridades continuan insistiendo en que hicieron las cosas bien, cabe preguntarse hasta qué límites debe llegar el país en esta catastrofe para reconocer que no estuvieron a la altura de las circunstancias y que la «guerra contra la pandemia» se perdió, de la misma forma como se perdió «la batallas de Santiago», por usar el lenguaje bélico de don Sebastián y su ex ministro de Salud, Jaime Mañalich.

Las actuales autoridades de gobierno, y la clase política en general, parecen no se haberse dado cuenta que Chile cambió.

 

Por Higinio Delgado Fuentealba

 

 

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