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Telescopio: Intolerancia—¡vaya tema intocable!

Durante varios años escribí una columna en un periódico en español de Toronto, titulada “Los Temas Intocables”. Se trataba de reflexiones sobre una amplia variedad de tópicos, en los cuales intentaba combinar el bagaje de mi formación académica en la filosofía—una disciplina muchas veces percibida como oscura y engorrosa—con la práctica periodística, que requiere comprensión expedita y accesible. Creo haber conseguido en esos años una apropiada síntesis de ambos requerimientos. Eso sí, de vez en cuando los desafíos del tema podían ser muy exigentes.

Pensaba sobre eso al abordar un tema que, al menos en algunos círculos de lo que podemos llamar la izquierda, el progresismo, el pensamiento revolucionario, o simplemente “la posición de los que persiguen el cambio social”, es muy intocable.  A veces, incluso tabú.  Me refiero a cómo, desde nuestra perspectiva, esto es desde “la trinchera de los que queremos cambiar el mundo (para mejor, por cierto)” surgen también tendencias y conductas de intolerancia.

Esta inquietud es compartida por muchos y ha cristalizado estos días con la publicación de una carta titulada “Sobre la justicia y el debate abierto” a ser publicada en la revista estadounidense Harper’s en su edición de octubre, pero que ya se ha difundido en la edición digital de la misma publicación.

Aunque la mayor parte de los firmantes, así como el marco noticioso que ha generado la misiva proviene de Norteamérica, muchas de sus observaciones son válidas para otras realidades también, incluyendo la de América Latina.

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El texto empieza reconociendo y apoyando las protestas desencadenadas luego de los acontecimientos de violencia racista en Estados Unidos: “Nuestras instituciones culturales se enfrentan a un momento de prueba. Poderosas protestas por la justicia racial y social están llevando a demandas por una largamente postergada reforma policial, junto con llamamientos más amplios para una mayor igualdad e inclusión en toda nuestra sociedad, sobre todo en la educación superior, el periodismo, la filantropía y las artes”. Eso es seguido de inmediato por el tono crítico y de alerta: “Pero este necesario reconocimiento también ha intensificado un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y tolerancia de las diferencias, en favor de la conformidad ideológica.”

La carta reitera el apoyo de los firmantes a las reivindicaciones sociales, pero a la vez llama la atención sobre una creciente tendencia a suprimir el debate: “Al tiempo que aplaudimos el primer avance, también levantamos nuestras voces contra el segundo”. En seguida el documento alude al crecimiento de las fuerzas contrarias a la libertad que “tienen un poderoso aliado en Donald Trump, que representa una verdadera amenaza para la democracia”. En seguida, sin embargo, se alude también al peligro que desde el campo progresista también se caiga en actitudes anti-libertarias: “Si bien esto es algo que se espera de la derecha radical, la censura también se está extendiendo más ampliamente en nuestra cultura: la intolerancia de opiniones opuestas, la moda de la vergüenza pública y el ostracismo, y la tendencia a disolver complejas cuestiones políticas en una certeza moral cegadora”.

 

Así y todo, la lista de firmantes es del más alto calibre, con notables personalidades de la izquierda como Noam Chomsky, la activista feminista Gloria Steinem, la escritora canadiense también activa feminista, Margaret Atwood, el escritor afro-estadounidense Thomas Chatterton Williams, la escritora británica J.K. Rowling, autora de la saga de Harry Potter, el escritor Salman Rushdie; aunque también han firmado figuras conservadoras como los politólogos Francis Fukuyama y David Frum.

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Hacia la parte final los autores del texto dejan clara una posición de principios, que es muy vigente en todas partes: “Esta atmósfera asfixiante perjudicará en última instancia a las causas más vitales de nuestro tiempo. La restricción del debate, ya sea por parte de un gobierno represivo o de una sociedad intolerante, perjudica invariablemente a los que carecen de poder y hace que todos sean menos capaces de participar democráticamente. […] Rechazamos cualquier falsa elección entre la justicia y la libertad, que no pueden existir la una sin la otra. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la toma de riesgos e incluso los errores”.

La carta ha causado reacciones encontradas, como por lo demás era de esperar. Desde quienes la apoyan, argumentando justamente que viene a defender el principio de libertad de expresión y de intercambio de opiniones, hasta quienes la han atacado porque, si bien el principio es justo,  en el fondo se estaría defendiendo a una elite de académicos, escritores y artistas, en un debate que para la mayoría de la gente sería irrelevante.

Así y todo, la lista de firmantes es del más alto calibre, con notables personalidades de la izquierda como Noam Chomsky, la activista feminista Gloria Steinem, la escritora canadiense también activa feminista, Margaret Atwood, el escritor afro-estadounidense Thomas Chatterton Williams, la escritora británica J.K. Rowling, autora de la saga de Harry Potter, el escritor Salman Rushdie; aunque también han firmado figuras conservadoras como los politólogos Francis Fukuyama y David Frum. Esto último, sin embargo, no debe preocupar, en tiempos cuando desde la extrema derecha (fascista) se expresan amenazas crecientes a la libertad de intercambio de opiniones, es importante que las fuerzas antifascistas también sumen voces desde amplios sectores. No hay que olvidar que al fascismo histórico en la Segunda Guerra Mundial fue posible derrotarlo con una amplia coalición de fuerzas que iba desde una Gran Bretaña liderada por un conservador y anticomunista Churchill, a la Unión Soviética.

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El stalinismo es probablemente el caso más ilustrativo y la consecuencia más extrema de ese clima creado por un conjunto de factores: falta de formación política de las masas que entonces es sustituida por una adhesión fanática que, en última instancia, un líder oportunista e inescrupuloso convierte en culto a su propia personalidad.

 

Para quienes militamos en el campo de la izquierda, sin embargo, este llamado de alerta debe motivar un amplio debate y examen crítico de las prácticas que se desarrollan en su interior. Bastaría recorrer la experiencia histórica de la izquierda, en diversas instancias y lugares para advertir que ese riesgo de una “atmósfera asfixiante” la ha afectado en más de una ocasión, creando justamente una forma de “conformidad ideológica”, la que en sus formas más trágicas ha llevado a momentos de total distorsión de las ideas del socialismo.

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El stalinismo es probablemente el caso más ilustrativo y la consecuencia más extrema de ese clima creado por un conjunto de factores: falta de formación política de las masas que entonces es sustituida por una adhesión fanática que, en última instancia, un líder oportunista e inescrupuloso convierte en culto a su propia personalidad. Con variantes vemos un fanatismo desplegado de un modo irracional en la llamada Gran Revolución Cultural Proletaria lanzada en China en 1966, con miles de Guardias Rojos—como se hacían llamar—blandiendo con fervor religioso el Libro Rojo de citas de Mao (irónicamente, uno se puede preguntar ahora cuántos de esos fanáticos jóvenes de entonces se han reciclado en la China de hoy como prósperos millonarios, “perros seguidores del capitalismo”, como decía la monserga que entonces usaban para fustigar a sus supuestos enemigos). Pocos años después, un discípulo de esa experiencia china y de la noción que “hay que aprender de los campesinos” lideró una exitosa guerrilla que desalojó a las fuerzas pro-imperialistas de Camboya.  Al poco tiempo, sin embargo, Pol Pot, el mesiánico líder del Khmer Rouge—los comunistas camboyanos—convencido de que la ciudad era perversa y el campo purificador, emprendió lo que se transformó en una horrible desgracia para el pueblo camboyano: el forzado éxodo desde las ciudades al campo que costó millones de vidas en nombre de una caprichosa noción de socialismo agrario.

Los rasgos de intolerancia y autoritarismo también se dieron en instancias políticas que no estaban en el poder, como fue el desgraciado enjuiciamiento y ejecución del poeta salvadoreño Roque Dalton.  De nuevo, como en el peor estilo del stalinismo, ese militante revolucionario fue víctima de un supuesto celo revolucionario en que se combinaban desconfianzas paranoicas y sobre todo, un fanatismo anclado justamente en esa postura que la carta de los intelectuales destaca como “conformidad ideológica”.

La pregunta entonces es ¿qué es lo que lleva a este tipo de conductas? Si se supone que estos movimientos revolucionarios se inspiraban en las ideas marxistas, esto es, un conjunto de formulaciones teóricas que a su vez proveen el marco para una acción política revolucionaria, en principio resulta incomprensible que de ese marco esencialmente racional, como lo planteaba Marx, se llegue a un efecto contrario: un accionar basado en la irracionalidad.

Uno podría ensayar a buscar factores que contribuirían a esa degradación del pensamiento marxista, entendiendo que por lo demás ese es un marco teórico abierto al enriquecimiento que ofrecerían las nuevas experiencias en las luchas de la clase trabajadora a través del mundo. Enriquecimiento, pero no la reducción a lo vulgar y lo panfletario como resultó siendo en muchos casos y en donde se reforzó la intolerancia y el conformismo. Típicamente, el caso del stalinismo. En otras ocasiones la reducción a consignas vacías y derechamente tontas, como cuando los chinos castigaban a los que se desviaban del “camino correcto” relegándolos a trabajar en campo, para que “aprendieran de los campesinos”.  Tesis que fue la que Pol Pot quiso aplicar a toda la población de su país.

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A su vez, para que ese tipo de “condicionamiento por repetición de consignas” tuviera éxito, tenía que haber una militancia o más aun, un amplio sector de la población, que hubiera adherido a la causa revolucionaria no por un proceso racional de toma de conciencia, como sugería Lenin por ejemplo, sino más bien por una adhesión, cuando no de conveniencia, meramente emocional, impulsiva, irreflexiva, es decir, en última instancia, irracional. Desde ahí es fácil deslizarse al fanatismo.

Desgraciadamente, los movimientos reivindicativos de otros sectores oprimidos en la sociedad, las mujeres, los negros, los indígenas y las minorías sexuales, por momentos también caen en actitudes de intolerancia y fanatismo. Mientras no debe caber duda a que, cuando una mujer denuncia un abuso sexual, la actitud de la sociedad y sus instituciones debe ser escucharle y tomar en serio sus alegaciones, proceder a investigar de manera efectiva, llevar a juicio al acusado y—si corresponde—condenarlo, si es culpable, ello tampoco puede significar condenar de antemano o vilificar a alguien en la llamada corte de la opinión pública sin que se les haya probado falta alguna. Uno puede apoyar plenamente el feminismo, pero en la realidad de la vida, hay que también tener presente que si bien en principio simpatizamos con el clamor de las mujeres en su lucha contra el abuso sexual, nadie puede racionalmente sostener que todas las mujeres que hacen un reclamo en ese sentido están en la razón el cien por ciento de las veces. (Y en esto hay que ser muy riguroso, si lo que se busca es alcanzar la justicia y no simples arreglos de cuentas personales. Por ejemplo, mientras las pruebas son contundentes en casos como el productor Harvey Weinstein o el suicidado financista Jeffrey Epstein, en cambio la alegación contra Woody Allen, por parte de su ex pareja, la actriz Mia Farrow, no se sostiene y más bien se trataría de una simple venganza de alguien actuando por despecho. ¡Y no se me tilde de machista, como justamente es lo que los intelectuales firmantes están denunciando por el hecho de que no me sumo al conformismo! Hay que siempre someter las proposiciones a un riguroso examen, eso desde los tiempos de Sócrates y Platón.

 

En el plano de las humanidades el tema de qué debe conocerse y qué debe ocultarse, crea un debate bastante difícil de dirimir: ¿podría un profesor de cine en una universidad, ser despedido si es que muestra a sus alumnos The Birth of  a Nation (El nacimiento de una nación) de un pionero del cine como David W. Griffith, que introdujo la noción de montaje que luego perfeccionaría el soviético Sergei Eisenstein? Pues resulta que en ese film los “héroes” son unos sujetos del Ku Klux Klan que acuden al rescate de una chica blanca secuestrada por… negros.

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En la lucha contra el racismo, también hay que tener cuidado en saber clarificar la denuncia y el combate contra esa ideología, por lo demás presente en la mayor parte del mundo: es cosa de ver nada más, cómo los chilenos hemos tratado históricamente a mapuches y otras minorías indígenas para darse cuenta que no es un mal sólo en algunas sociedades. Sin embargo hay también un plano donde el racismo ha estado insertado de modo consciente o inconsciente: las artes. ¿Cómo lidiar con eso? Recientemente una distribuidora digital de filmes en Estados Unidos ha removido Lo que el viento se llevó de su cartelera. El film, un clásico de Hollywood de 1939, dirigido por Victor Fleming, es para muchos un simple folletín romántico ambientado en la Guerra de Secesión. Sin embargo también tiene lo que muchos consideran un contenido racista: la descripción de los negros, entonces esclavos en el sur, como una grupo de personas sumisas e incluso, relativamente contentas… La distribuidora ha anunciado que eventualmente la película se repondrá, aunque antes de ser descargada se incluirá un texto informativo situando su contexto histórico. Un compromiso razonable. Los estudios Walt Disney por su parte, hace ya tiempo que han desterrado de su catálogo a uno de sus clásicos, Canción del Sur, de 1946, también sindicada como racista por el rol sumiso y obsequioso del personaje principal, el Tío Rhemus. (Este film tiene hermosas canciones, fue muy popular y en Chile en los años 50, incluso hubo un programa radial infantil con un animador que tomó el nombre del personaje).

En el plano de las humanidades el tema de qué debe conocerse y qué debe ocultarse, crea un debate bastante difícil de dirimir: ¿podría un profesor de cine en una universidad, ser despedido si es que muestra a sus alumnos The Birth of  a Nation (El nacimiento de una nación) de un pionero del cine como David W. Griffith, que introdujo la noción de montaje que luego perfeccionaría el soviético Sergei Eisenstein? Pues resulta que en ese film los “héroes” son unos sujetos del Ku Klux Klan que acuden al rescate de una chica blanca secuestrada por… negros. Y si se quiere ir más lejos, es evidente que la manera como Shakespeare retrata al prestamista judío Shylock en El mercader de Venecia hoy bien podría considerarse como antisemita. Algún profesor de literatura que recomendara leer a Jorge Luis Borges, podría hallarse en problema con algunos fanáticos que le recordarían que el escritor argentino será todo lo brillante que se quiera, pero también fue condecorado por Pinochet…

¿Qué lleva a esas actitudes de fanatismo y conformismo ideológico? El psicólogo social Elliot Aronson en su libro The Social Animal señala cómo el afán de pertenencia, de ser aceptado como parte del grupo, es una importante motivación para hacer a veces las cosas más horribles: el fascismo, especialmente en su versión nazi, ofrece muchos ejemplos de cómo eso puede conducir a conductas fanáticas. Cuando uno ve en la televisión a muchos de esos rostros enardecidos de los que defienden la supremacía blanca en Estados Unidos, puede ver claramente ese fanatismo al descubierto.

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Pero ¿puede ocurrir algo semejante desde el otro lado? ¿Desde el lado de quienes abogamos por el cambio social y por un mundo mejor? Es el temor que deja ver la carta de los intelectuales que examino en esta nota: “no se debe permitir que la resistencia se endurezca en su propio tipo de dogma o coacción, que los demagogos de la derecha ya están explotando”.

En otras palabras, no hay que caer en el juego de los enemigos del progreso social. Sin embargo, también hay que admitir que los riesgos están muy presentes. En verdad, siempre lo han estado, sólo que a veces los hemos podido contener a tiempo.  Por cierto, está siempre presente la realidad que la derecha en su expresión más extrema, el fascismo, cuando puede hacerlo, despliega sus formas más brutales y no se detiene ni ante el asesinato ni el genocidio. Pero aun teniendo eso presente, nuestro accionar debe ser diferente.

Un recuerdo de esos intensos años del gobierno de la UP viene a mi memoria: como instructor de educación política del Partido Socialista, me tocaba viajar a diversos lugares. En una ocasión me tocó ir a un sitio en el Cajón del Maipo. La camioneta era conducida por uno de esos compañeros muy imbuido de su rol en tareas técnicas, como llamábamos lo referente a lo militar y la seguridad. El vehículo iba a una velocidad que no me agradaba, pero admito que, para algunas personas, como al parecer era el caso del compañero chofer, había algo de pose de macho en eso de conducir a alta velocidad… En eso ocurre algo fatal: un perro se atraviesa y la camioneta lo atropella. Le hice ver al conductor que parara, no lo hizo, aunque sí disminuyó su velocidad. Lo increpé por el atropello al animal, a lo que me respondió, de un modo entre pomposo y sarcástico, algo que quedó en mi memoria: “¿Y qué es un perro, al lado de la revolución, compañero…?”  No le respondí ni le hablé el resto del viaje, que afortunadamente terminaba pronto. Pero ese incidente siempre lo asocié a un pasaje de la novela Oscuridad a mediodía de Arthur Koestler. Ese compañero chofer, conduciendo a toda velocidad creía cumplir un deber revolucionario—y lo malo es que estaba convencido de ello—si un perro era un obstáculo descartable ¿podría ser que el siguiente fuera un ser humano? Me acordé del personaje de la novela, Rubashov, un dedicado hombre del Partido, que durante las purgas de Stalin es arrestado y sujeto a interrogatorio. Uno de los guardianes, Gletkin, no tiene problema en torturar al veterano bolchevique, forzado a confesar crímenes contra el estado, que no cometió. Ambos creen cumplir con su deber hacia el Partido, el que tortura y el que confiesa. El veloz conductor de la camioneta, inspirado joven combatiente de la revolución, puesto en una posición de poder ¿actuaría como Gletkin lo hizo?

Eso no tiene respuesta. Lo que sí importa, es que mediante una tarea de formación política contribuyamos a que nuestra gente, nuestros militantes, nuestros cuadros que conducirán las transformaciones sociales que el país, y el mundo, necesitan, estén motivados por los ideales revolucionarios, sí, pero al mismo tiempo sean exponentes del humanismo y de la racionalidad que Marx y hoy otros pensadores y pensadoras plantean. Que no haya lugar para el fanatismo ni la intolerancia en sus filas, porque si lo hay, entonces no se construirá una sociedad mejor.

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Es en este sentido que esta carta, firmada por intelectuales de distintas trayectorias, nos debe hacer reflexionar. Por cierto, no podemos incurrir en los mismos procedimientos de censura, de represión de ideas, que usa la derecha, sea en Chile o en cualquier parte del mundo. “La forma de derrotar las malas ideas es mediante la exposición, el argumento y la persuasión, no tratando de silenciarlas o de desear que desaparezcan,” señalan los firmantes de la carta. Desde la izquierda, desde la perspectiva de los que queremos cambiar el mundo, tenemos que mostrar, con el ejemplo, de que somos mejores que los derechistas y ciertamente, mucho mejores que los fascistas. Pero si recurrimos a sus mismos métodos, la gente nos va a ver como si fuéramos similares.

 

Por Sergio Martínez (desde Montreal, Canadá)

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