Economía

El potencial de la agricultura familiar campesina

Las estadísticas agropecuarias son pocas y bastante atrasadas en el país. El último censo agropecuario data del 2007, y de allí para adelante los datos que se poseen tienen su origen en estudios muy parciales o locales. A eso se agrega que la agricultura familiar campesina, AFC, es un sub sector de la agricultura nacional particularmente invisibilizado, pues no tiene la fuerza económica ni la presencia mediática de la agricultura frutícola o forestal, por mencionar algunos de los otros sistemas de producción que tienen presencia en el país.

Sin embargo, la agricultura familiar campesina, aun cuando sus cifras absolutas puedan haber sufrido algunas modificaciones, suman más de 220 mil unidades, si se toman  las que tienen menos de 20 hectáreas físicas de superficie, de un total cercano a las 300 mil unidades productivas en el total del país. Estas unidades concentran más del 40 % de la tierra de riego del país, y generan más del 20 % del valor bruto de la producción agropecuaria. Si se consideran solo las unidades menores a 10 hectáreas, éstas ascienden a más de 170 mil unidades productivas.

Este tipo de unidad productiva se caracteriza – además de su poca superficie – por el hecho de que la fuerza de trabajo fundamental con que se llevan adelante las labores productivas es proporcionada por componentes del grupo familiar, que no reciben por ello una remuneración formal. Se puede agregar, hoy en día, que son unidades donde la mujer ha ido adquiriendo un creciente liderato como dirigente de la familia y de la producción. Por las necesidades de ingresos adicionales, y por la mayor cercanía con los centros urbanos, por lo menos de carácter regional, tanto los hombres como las mujeres de la agricultura familiar campesina realizan otras actividades productivas además del trabajo directo de la tierra. En general estas unidades son administradas por personas mayores, pues la evidencia de la subdivisión perpetua de los predios no estimula la permanencia  de los jóvenes en el campo.

La AFC constituye un sector productivo de baja productividad, pues no logran acceder o incorporar plenamente las tecnologías agrícolas como la mecanización y el uso de los agroquímicos que han sido la base de la modernización agrícola del siglo XX. Hay allí un rezago tecnológico que se suma al bajo dominio de las tecnologías de la información y las comunicaciones propias del siglo XXI. La digitalización de los procesos productivos, administrativos y comerciales está bastante ausente de la AFC. Como se sabe, estas innovaciones se utilizan con éxito en la agricultura de varios países, generándose incluso el término ya usual en la literatura de  “agricultura inteligente” para referirse a la agricultura que utiliza en forma permanente servicios tales como las ventas on line; los drones y los sensores para tener datos  en tiempo real sobre la condiciones del clima o de los suelos; los programas de computación para llevar adecuadamente los procesos administrativos tales como el manejo de inventarios, la información de mercados, el manejo del agua, el análisis  de rendimientos y costos, e incluso todo lo relativo a la relación con los bancos, entre otros servicios.

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En cuanto a la comercialización de su producción la AFC suele vender a intermediarios o a mayoristas en los grandes mercados agropecuarios del país, tal como Lo Valledor, agentes todos estos frente a los cuales la AFC, actuando en forma individual y por tanto, atomizada, tiene poca capacidad de negociación o poco poder de mercado. Se agrega a todo ello que en los procesos de cosecha y post cosecha se pierde por merma más de un 25 % de la producción, porcentaje que podría reducirse si se contara con buenas condiciones de manejo, de acopio y de transporte.

Precisamente por los rezagos tecnológicos que enfrenta la AFC es posible pensar en un gran salto adelante en la producción y la productividad de este sub sector agrícola si se solucionaran esas brechas. Eso no es un sueño irrealizable, pero requiere asumir la modernización de la AFC como una gran tarea nacional, en la cual se pongan en juego muchos de los instrumentos de política económica con que cuenta el Estado, tales como el financiamiento, la extensión, la regulación de mercados, la capacitación y la dotación tecnológica, y el apoyo a la asociatividad.

Si el país asumiera esas tareas, en forma clara, masiva y extensiva, se podría lograr un incremento sustantivo en la producción agropecuaria, lo cual daría lugar a una auténtica revolución agraria, que elevaría las condiciones de vida del campesinado y abriría condiciones como para erradicar el hambre en el conjunto del país.

 

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Por Sergio Arancibia

 

 

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Economista

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