Cultura

A 50 años de Quimantú

Cuando el pueblo hacía historia, la clase trabajadora había llegado a La Moneda y   las grandes mayorías empezaban a ser favorecidas por cambios revolucionarios, el gobierno del presidente Salvador Allende tomó la decisión  de dar un vigoroso impulso a la formación cultural de los chilenos y adquirió para el Estado y puso en marcha la editorial nacional Quimantú, de lo cual se cumplen este mes 50 años.

Este acontecimiento memorable se concretó por determinación presidencial el 12 de febrero de 1971, en momentos en que el país se proyectaba hacia un sistema de socialismo democrático sustentado por valores superiores como la igualdad,  la transparencia, la solidaridad y la justicia social.

El gobierno popular no fue neutro con respecto a la cultura, como ha ocurrido en el medio siglo siguiente, sino que actuó y compró la más grande empresa editorial, Zig Zag, cuyos trabajadores se encontraban en huelga afectados por sueldos impagos e influenciados por el frenesí reivindicativo que iba en aumento.

Allende lo destacó categóricamente: “El paso que hemos dado significa el inicio de una nueva etapa de la difusión de la cultura en nuestro país. La nueva editorial del Estado contribuirá eficazmente a la tarea de proveer a los estudiantes chilenos de sus textos de estudio, promover la literatura nuestra y permitir que el libro sea un bien que esté al alcance de todos los chilenos”.

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Al poner en funciones la empresa Quimantú, destinada a la edición de millones de libros y revistas,  la nueva administración del país – había asumido recién tres meses antes – actuó con un propósito social destinado a través de un inédito impulso cultural a la formación integral de los trabajadores y sus familias,  facilitándoles la lectura y la posibilidad de una mayor capacitación personal y colectiva.

Para la consolidación de la nueva sociedad que asomaba era fundamental construir una nueva cultura acorde a los tiempos, por sobre los intereses de la burguesía y el capitalismo. En el programa gubernamental se proclamaba que “la cultura no se crea con una ley, sino que surge de la lucha constante por la fraternidad contra el individualismo,  por el trabajo contra su desprecio, por los valores nacionales sin sumisión a valores que no nos pertenecen”.

A poco andar la editorial nacional se convirtió en el referente cultural del gobierno. Desde sus dependencias se otorgó a la población colecciones completas, literatura chilena, clásicos universales, literatura infantil, textos escolares, obras de estudio y análisis, documentos de trabajo y numerosos impresos coherentes con las políticas de democratización que se aplicaban.

La memoria retiene títulos emblemáticos: “Y corría el billete…”, de Guillermo Atías, en cuyas páginas se relataba el drama de los trabajadores de las empresas estatizadas debido a los intereses de privados; o “El miedo es un negocio”, de Fernando Jerez, novela que hablaba sobre el pánico financiero que desataron los sectores reaccionarios desde el 4 de septiembre de 1970, día del triunfo de Allende.

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Se recuerda  que la expansión que tuvo lugar de la industria del libro en ese entonces no ha sido igualada en décadas: muchas veces  se hacían tirajes de 50 mil ejemplares de todo tipo de libros que se vendían en kioscos a precios muy bajos, en tanto se masificaba el libro de bolsillo al alcance de todos.  Era la promoción de la obra literaria desde el compromiso social.

Junto con el gobierno popular la empresa estatal Quimantú fue asaltada y destruida por tropas militares el 11 de septiembre de 1973, y cientos de miles de libros y revistas fueron incinerados. No podía esperarse otra cosa de una pandilla de generales y almirantes fascistas que nunca se interesaron en acercarse a la cultura, pero tampoco ninguno de los gobiernos civiles neoliberales que vinieron después ha intentado recuperar los elevados niveles culturales que se vivieron durante el breve tiempo allendista.

 

Hugo Alcayaga Brisso

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Valparaíso

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