La corrupción es la característica principal de las oligarquías latinoamericanas: el crimen, el abuso y el robo viene de tiempos más remotos, incluso, desde los Pizarro y los Almagro. En la conquista española nos invadió la peor ralea de los ibéricos, que se contaban entre los convictos, ignorantes, codiciosos y buscadores de oro, hasta los “curas evangelizadores”. El llamado “hispanismo”, (el líder en Chile Jaime Eyzaguirre, era el gran enemigo en la historiografía de la denominada “la leyenda negra” – España asesina de indios – que no era por amor a la disciplina histórica, sino que, especialmente, para rendir pleitesía al dictador Francisco Franco).

El Instituto de Cultura Hispánica, dirigido en ese entonces por Gregorio Marañón, era la “catedral” del culto hispánico, sobre todo porque iba dirigido a los países de Hispanoamérica – como los españoles la llaman -.

Los oligarcas latinoamericanos que se repartieron las mercedes de tierra, venían de Andalucía y Extremadura y, posteriormente, hacia el siglo XVIII, del país vasco. El gran ministro Conde de Aranda tuvo la idea de repartir América española en varios reinados y, a su vez, la de la expulsión de los Jesuitas, (de haberse llevado a efecto el proyecto del Conde de Aranda, a lo mejor, se hubiera evitado la guerra civil entre españoles que los ignorantes llamaron “independencia de América”, nombre atribuido por historiadores y profesores de dudosa formación académica).

Las oligarquías norteamericanas actuales son tan corruptas como las que operaban en la “madre patria”, y entre ellas destaca la peruana: desde el triunfo de Alberto Fujimori frente al escritor Mario Vargas Llosa y  hasta hoy, todos los Presidentes de Perú han sido ladrones y corruptos, (uno de ellos – Alán García – se suicidó antes ser llevado a la justicia; Alejandro Toledo, está en proceso de extradición, y se debate ahora entre borrachera y borrachera;  Alberto Fujimori aún está hospitalizado en calidad de prisionero; Ollanta Humala  espera su sentencia; el ladrón y corrupto, Pedro Pablo Kuczinsky, se encuentra en prisión domiciliaria debido a su avanzada edad; el vicepresidente,  Martín Vizcarra, que traicionó a PPK hoy, después de vacado por su inmoralidad en el ejercicio de su cargo de Presidente de la República, está implicado en el escándalo del caso “Vacunagate”. La inmoralidad de todos estos sucesivos gobernantes demuestra que la oligarquía virreinal está podrida.

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Martín Vizcarra es reconocido como un Presidente corrupto y mentiroso, (al menos, tuvo el mérito de haberse atrevido a cerrar el Congreso, dominado el APRA y por Fuerza Popular, Partido de Keiko Fujimori, hija del sátrapa), y hoy aparece junto a su hermano y su mujer entre las casi 500 personas que usaron la vacuna para ser inoculados antes que todos los peruanos, (especialmente personal médico y hospitalario en general). El “Lagarto”, como lo llama un famoso escritor peruano y, además, mentiroso compulsivo se justificó, una vez descubierto, “por haberse presentado voluntariamente a una tercera fase experimental de la vacuna”, mostrándose como un héroe. Afortunadamente, fue desmentido prontamente por los técnicos encargados del proyecto, quienes afirmaron que las vacunas inoculadas, las en el Palacio Pizarro, como también en la casa de Vizcarra, (tres dosis: una para él, otra para su mujer y una tercera para su hermano), ya estaban probadas.

Las ministras de Salud y de Relaciones Exteriores, sumadas al Nuncio Apostólico, aprovecharon “la ganga” de las más de 470 dosis de vacuna, enviadas como cortesía al gobernó peruano.

La espera de que justicia peruana tome cartas en este asunto, sigue siendo una ingenuidad, pues los jueces son tanto o más corruptos que los políticos. Alguien probo y de buena voluntad expresó que las “las personas se corrompían, no así las Instituciones”, ¡Dios lo conserve en su candidez!

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

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22/02/2021

 

 

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Historiador y cronista

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