Latinoamérica

Colombia: La música de la esperanza

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“Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Don Federico me grita
y Taita Facundo calla;
los dos en la noche sueñan
y andan, andan.
Yo los junto.

—¡Federico!
¡Facundo! Los dos se abrazan.
Los dos suspiran. Los dos
las fuertes cabezas alzan:
los dos del mismo tamaño,
bajo las estrellas altas;
los dos del mismo tamaño,
ansia negra y ansia blanca,
los dos del mismo tamaño,
gritan, sueñan, lloran, cantan.
Sueñan, lloran. Cantan.
Lloran, cantan.
¡Cantan!”

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Balada de los abuelos,

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Nicolás Guillén.

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Recuerdo diáfana la voz de mi abuelo, como sus ojos azul claro que nos dejó en la familia algún europeo aventurero. De niño me contó el oscuro día en que le quitaron la esperanza, un nueve de abril de 1948. Se habían llevado los sueños de muchos con la vida de Gaitán, el candidato del pueblo. Aquel día el abuelo salió a oír las arengas de oradores enfurecidos y sin saber cómo se encontró en medio de la balacera. Durante horas se cubrió con cuerpos muertos para escapar de las balas de los francotiradores del ejército, hasta que el abrigo de la noche le permitió volver a casa entre las sombras. Mi abuelo, a su vez, había oído de su padre historias de muerte cuando, en la Guerra de los Mil días, este había luchado con el partido liberal. Al final había obtenido un pedazo de tierra, fruto de la parcelación de las posesiones de los terratenientes, que podían atravesar departamentos enteros. Sin embargo, la esperanza de una reforma agraria, de un cambio real, murió como los miles de soldados sin nombre de ambos bandos, enterrados bajo las selvas y el fango.

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La generación de mis padres también sufrió la sangre de esperanzas perdidas, cuando en los noventas se apagaron las vidas de los candidatos presidenciales Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro y Luis Carlos Galán. Con ellos se esfumó el sueño de que algún día tuviéramos un presidente, no necesariamente de izquierda, aquello tal vez era pedir demasiado, pero por lo menos alguien que no representara a esa élite de pocos que desde hace siglos controla los hilos del poder, la propiedad de la tierra y la riqueza con sus leyes y su violencia. Muchos hombres y mujeres valiosos de aquella generación perdieron la vida o se vieron forzados al exilio, luchando por la esperanza de ver un cambio en el status quo que perduraba desde la colonia.

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Mi generación creció con años de desesperanza en la guerra frontal a las guerrillas y al narcotráfico. No hubo un posible candidato que representara el cambio, además había subido un tirano al poder, que se perpetuaba con marionetas a su servicio y comandaba a un ejército que asesinaba a jóvenes inocentes para reclamar premios de vacaciones y dineros de sangre. En aquellos años también nos quitaron la esperanza que representa la sonrisa de un pueblo, cuando se llevaron a Jaime Garzón en 1999. Entonces decidí irme de Colombia, hace más de veinte años. Como yo, muchos de mi generación eligieron la vía del éxodo y desde la diáspora cultivamos la esperanza de volver a un país diferente.

 

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Como a Nicolás Guillén, me escoltan las sombras de mis dos abuelos. El otro no tenía ojos diáfanos de conquistador y venía del campo, era de rostro serrano y moreno, y siempre fue conservador porque en su pueblo todos lo eran. Probablemente no hubiera votado por Petro en estas elecciones. Mi familia grande, como la de cada colombiano, tiene gente de derecha y de izquierda, tengo primos de ojos claros, oscuros y achinados, tías de pieles blancas, morenas y negras, abuelos revolucionarios y otros del ejército, hermanos sindicalistas e industriales, estudiantes y policías, indígenas y afros, primas enamoradas del otro y del mismo sexo. Somos todos familia, y de vez en cuando nos sentamos a comer juntos. Con el amor de familia olvidamos las diferencias de cada uno, somos indulgentes con los que son o la piensan diferente, como debe ser en una familia. El futuro nos muestra que si queremos una verdadera paz, debemos hacer lo mismo con cada hermano colombiano.

 

La guerra interminable, los prejuicios, la violencia, han llevado a generaciones a odiar a facciones diferentes solo por el hecho que representan un partido político o unos ideales diversos, sin jamás querer saber nada del otro bando. Generaciones enteras se han matado sin conocer las razones del otro, ignorándolas. Padres, madres, hijos e hijas, hermanas y hermanos, abuelas y ancestros han gritado vivas al centralismo o al federalismo, al partido liberal o conservador, a la derecha o a la izquierda, solo por herencia de familia, sin cuestionar, sin rechistar, obedientes a los padres, a la tradición de los abuelos. Cuántas veces hemos olvidado que dos abuelos tan diferentes, muchas veces de ideas opuestas, nos escoltan como sombras (¡y cuánto pueden pesar aquellas sombras!).

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Hoy, si estuvieran aquí, mis dos abuelos, como yo ahora, se abrazarían, soñarían, llorarían, cantarían…

 

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Hoy regresé desde tierras lejanas para ver la semilla de una esperanza: la posibilidad de un país nuevo, visto desde la generación de mi hermana menor, que este año pudo votar por primera vez y por fin pudo elegir a alguien que la representa. La nueva generación salió a las calles el año pasado, puso el cuerpo en la primera línea y en la segunda, defendió sus derechos al ritmo de la música que cantaba el cambio. Ellos no van a crecer con una esperanza que les quitaron.

Regresé para ver el delirio colectivo en el que está sumido un país que nunca había visto un cambio tal desde que fue declarado nación. Nunca los corredores marmóreos de los palacios de gobierno, construidos para perpetuar el mando de la élite, se soñaron con ver a un joven revolucionario al mando, escoltado por una mujer afrodescendiente de origen humilde. Muchos de los dinosaurios fosilizados en sus poltronas no lo pueden creer aún, pero también a Colombia por fin le tocó el cambio.

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Soy realista, no olvido los gritos de los grafitis de mi ciudad empapada de lluvia. Un Aqueronte negro, inflado por el invierno, divide en dos la carrera 30, en las orillas de su cauce asesinado por el cemento se leen enormes grafitis que piden justicia para los líderes sociales, calaveras macabras recuerdan que la guerra no ha terminado, aunque se haya firmado la paz.

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“¿Que sería de nosotros, que hubiera sido de nosotros, pueblo sonriente, sin la música, sin romántico motor para vivir, sin romántico motor para seguir?” así cantó el cantor Roberto Camargo en el concierto que celebró la entrega del informe final de La Comisión de la Verdad. Esa Verdad con mayúscula como la Violencia con mayúscula que escribiera Rivera en la frase inicial de La Vorágine. De aquellas ochocientas páginas del informe surgen otros heraldos negros, como los de los grafitis fantasmagóricos de las orillas del Aqueronte capitalino, pero también hay esperanza porque la comisión terminó su informe a pesar de sus detractores. Ahora puede comenzar la justicia y con ella la reparación y el perdón. Son décadas de dolor y rencor las que deberán ser procesadas por un pueblo sufrido. Sin embargo, sé que pronto entenderemos que somos una familia grande con tíos, primas, abuelos y hermanas muy diferentes a nosotros, pero todos podemos sentarnos a comer un domingo, al final de una larga semana en la que se creó un nuevo mundo, hubo tormenta, crisis, llanto y guerra, pero al final se podrá brindar a la paz y a la esperanza de lo que se viene. Ya comenzó el cambio.

 

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La gente sigue festejando la victoria de Petro y Francia en las calles y en las casas, y no puedo evitar contagiarme de esta alegría. Ahora si puedo pensar en volver a casa después de más de veinte años, ahora por fin quisiera poner hijos en el mundo con la Música, la música de la esperanza.

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por Felipe Román

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