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Crímenes urbanos

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No, no es que vaya a escribir de los numerosos hechos de sangre que asolan a la ciudad. Tampoco estoy en plan de revivir lo que era el “plato fuerte” de la cobertura del histórico diario Clarín en sus antiguos tiempos, la crónica roja con sus llamativos e ingeniosos titulares (“El descuartizado era un hombre íntegro” fue un hito de la creatividad—no exento de humor negro—de esos viejos maestros del periodismo). No, los crímenes a los que me refiero son aquellos que han tenido como víctima a la ciudad misma. Nuestras urbes, desde hace ya algún tiempo, vienen sufriendo los efectos de acciones que pueden catalogarse como criminales, tanto en el sentido de sus repercusiones prácticas, como estéticas, así como en la destrucción causada. Crímenes efectuados, muchas veces por autoridades y en más de una ocasión, atendiendo a poderosos intereses.

Algunos de estos atentados contra la ciudad han sido daños colaterales—si así los pudiéramos llamar—de intentos modernizadores, es decir, no siempre hubo mala intención. Probablemente, uno de esos primeros casos de conflicto entre la conservación del patrimonio urbano y la modernidad se produjo cuando se demolió el puente de Cal y Canto construido a iniciativa del Corregidor Zañartu, e inaugurado en 1780. El puente fue demolido en 1888, ya que la estructura entorpecía los trabajos de canalización del río Mapocho.  La canalización permitió ganar terreno en ambas orillas y evitar los daños que las crecidas del río producían en el centro de la ciudad. Sin embargo ¿pudo haberse evitado la destrucción del puente? Es probable que la tecnología de la época no hubiera permitido integrar la imponente estructura con las obras de canalización ya que el objetivo de la canalización era justamente achicar el cauce del Mapocho. Ganarle terreno al río tenía también otro efecto económico importante: más espacio para construir y por lo tanto más utilidades para el negocio inmobiliario.

La especulación inmobiliaria estuvo detrás de otro notable crimen urbano: la demolición de la Estación Providencia, situada a un costado de la Plaza Italia y en cuya extensión se halla hoy el Parque Bustamante. La bella estructura hoy sólo aparece en algunos sitios del Internet como parte de ese Santiago que se fue. Desde allí partía el tren a Puente Alto (Ferrocarril del Llano de Maipo) que en esa localidad combinaba con el Ferrocarril Militar que iba por el Cajón del Maipo hasta El Volcán. Cuando la estación fue terminada en 1911 los planes eran grandiosos, no sólo se pensaba extender el tren hasta Pirque (de ahí que la estación fuera también conocida con ese nombre), sino que incluso se pensaba que desde esa línea por el Cajón del Maipo eventualmente se podría construir un nuevo ferrocarril trasandino. Eran tiempos en que en Chile se soñaba en grande y el ferrocarril era reconocido como un importante factor de desarrollo.  La Estación Providencia era además el punto terminal oriente del Ferrocarril de Circunvalación, cuyo objetivo era cubrir en forma circular la parte principal de la ciudad, conectando desde Estación Mapocho, pasando por Yungay, Central (Alameda), San Eugenio, San Diego (Matadero), Santa Elena y Ñuñoa. Aunque se pensó unir de manera subterránea a Providencia con Mapocho, eso nunca se concretó.

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Los que tengan algunos años, como el autor de esta nota, recordarán que, una vez construido el parque luego de la demolición de la estación en 1943 y hasta los años 50, el FC a Puente Alto siguió llegando hasta la Plaza Italia (yo lo recuerdo muy bien: allí hice mi primer viaje en tren, en un viaje familiar al río Maipo). Luego se lo recortó hasta llegar sólo a Irarrázaval, y finalmente, en 1962, en aras de “modernizarnos” fue levantado completamente. Un gran error que revela la falta de visión de los gobernantes de entonces: de haberse mantenido ese tren a Puente Alto, en lugar de la costosa construcción de la línea de metro, pudo haberse utilizado el mismo trazado y derecho de vía del FC a Puente Alto, modernizando sus estaciones e infraestructura, poniendo doble vía y voilá, el metro a Puente Alto en la forma de un tren urbano al estilo del existente en Roma y otras ciudades, pudo haberse construido a una fracción del costo. Igualmente puede considerarse como un crimen urbano, el levantamiento del pintoresco tren de trocha angosta que iba desde Puente Alto al Cajón del Maipo, el famoso ferrocarril militar, operado por el Regimiento de Ingenieros Ferrocarrileros. Ese tren hoy día sería una atracción turística como lo es el Tren del Fin del Mundo en Ushuaia. El FC Militar fue levantado durante la dictadura.

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Y entrando al rubro del transporte público, esta es otra área donde la ciudad ha sido víctima de los mayores atentados. La calidad, la seguridad y el medio ambiente sufrieron por políticas de transporte urbano dictadas desde los grandes conglomerados internacionales del petróleo, como Fernando Pino Solanas denunciara en su documental La próxima estación (2008). El film, si bien enfoca a Argentina, puede aplicarse al resto de América Latina ya que en prácticamente todas las grandes ciudades del continente después de la Segunda Guerra Mundial, las redes tranviarias fueron desmanteladas y en cambio vino la masiva introducción de vehículos que usan diesel o gasolina como combustible. Aunque trolebuses fueron también introducidos en ese tiempo, y éstos son eficientes y no contaminantes, ellos también fueron sustituidos por más vehículos diesel en los años 70 y 80. (En Chile sólo Valparaíso mantiene una pequeña flota gracias al esfuerzo de un emprendedor que tuvo la visión para luchar por su conservación, aunque la supervivencia del servicio está siempre sujeta a vaivenes de las políticas públicas de subsidios).

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El desmantelamiento de la red de tranvías y luego la de los trolebuses en Santiago y otras ciudades contrasta con la postura más racional y con más visión de futuro que han tenido autoridades en ciudades europeas como Ámsterdam, Viena, Berlín o Bruselas, donde el tranvía es junto al metro el más común medio de transporte colectivo, nunca removieron sus redes, y cuando ellas fueron destruidas por la guerra, esas ciudades las reconstruyeron. Incluso en Norteamérica, donde al automóvil es rey, ciudades como Toronto en Canadá, San Francisco, Filadelfia y Nueva Orleans en Estados Unidos, conservaron sus líneas de tranvías.

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El tranvía, descartado en los años 60 como “cosa vieja” es hoy en día un sistema ampliamente usado e incluso se reintroduce en ciudades que los habían removido. El uso de vías segregadas les permite circular más rápido, evitar atochamientos y ser, por tanto, muy eficaces. Lo irónico es que, en Santiago en arterias como la Alameda, Independencia o Irarrázaval, los tranvías de ese tiempo ya circulaban por vías exclusivas. Si alguien con sentido de futuro y no llevado por la superficial atracción de una modernidad mal entendida, hubiera podido reflexionar entonces, habría visto que esos rieles aun tenían potencial.

Lo mismo puede decirse de la torpe medida de desmantelar la que fuera una extensa red de trolebuses en Santiago. Hoy muchas ciudades en Suiza, Austria, Francia y otros países en Europa se benefician de los trolebuses de nueva generación, que pueden operar con tomacorrientes conectados a cables aéreos y cargan sus propias baterías mientras circulan, así pueden continuar por calles donde no hay tendido (esta tecnología es conocida como In Motion Charging o IMC, carga de batería en movimiento). A diferencia de los buses eléctricos autónomos que deben ser cargados y en ese intertanto no pueden ser utilizados, esta nueva generación de trolebuses permite su uso continuo: sus baterías siempre están cargadas por el solo hecho de circular.

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En cuanto a los crímenes contra la estética de la ciudad hay que distinguir entre aquellos cometidos por las autoridades y aquellos originados en desquiciadas acciones de la gente. Cuando Jaime Ravinet fue alcalde de Santiago rehízo la venerable Plaza de Armas, para empezar, el alcalde arrancó una buena cantidad de árboles en el área cercana a la Catedral; como resultado de eso quedó una suerte de desierto que en el verano se hace insoportable ya que el sol recalienta el pavimento que reemplazó a árboles y césped. Parece que esa autoridad edilicia tuvo un especial odio contra la icónica plaza, además demolió el gazebo donde en mis tiempos de niñez el Orfeón de Carabineros ofrecía su dominical retreta. En su lugar, se levantó una suerte de OVNI que parece extraviado entre palomas y jugadores de ajedrez. Una plaza de modesta elegancia como era nuestra Plaza de Armas quedó convertida en una especie de rincón de parque de diversiones.

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El estallido social—una expresión espontánea del deseo de vastos sectores por cambiar el estado de cosas—tuvo su lado oscuro en las acciones francamente vandálicas de parte de elementos del lumpen, infiltrados en las manifestaciones. En nuestros tiempos de activismo juvenil en los años 60, por cierto nunca se nos hubiera ocurrido saquear tiendas ni destruir monumentos (sobre el de Baquedano no me pronuncio, no es una memorable escultura, eso hasta los más patriotas deben aceptarlo, en todo caso la estatua no sufrió daños irreparables y ahora se la ha trasladado a otro sitio), pero el monumento que sí causa indignación verlo todo pintarrajeado es el de la Fuente Alemana en el Parque Forestal, seguramente el conjunto escultórico más bello de la capital (esto en una ciudad sin muchos monumentos que siquiera valga la pena mirar).

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Como otros han mencionado en este mismo medio, la protesta debía tener también un sentido ético. El daño a bienes públicos como semáforos, luminarias, señalética y monumentos no tuvo nunca justificación. Lo más probable es que los daños fueron perpetrados por sujetos del lumpen que siempre le han hecho el juego a la derecha, pero no debe desconocerse que también desde “nuestro lado” algunos “cabros desubicados”, ignorantes de lo que es la lucha social, pudieron haberse tentado en esa suerte de orgía destructora: exceso de adrenalina, por un lado, falta de formación cívica y po1ítica, por otro.

Por supuesto, Santiago no es Chile y en otras regiones ha ocurrido también crímenes contra la belleza urbanística. Por ahora sólo menciono un par en la hermosa ciudad de Valparaíso, tan a mal traer por la pandemia y también por las acciones vandálicas del lumpen. Me imagino que a esta altura el monumento al Almirante José Toribio Merino ha sido removido del frontis del Museo Marítimo. Sin embargo, el almirante también parece haber estado detrás de otro atentado contra la belleza porteña. Me refiero al que debe ser el monumento público más feo de todo Chile: esa extraña pieza escultórica que semeja un coprolito en medio de la Avenida Argentina en conmemoración no se sabe a qué y que, según me han contado, fue una idea del propio Merino. La última vez que la vi ya estaba en mal pie porque la escultura—pretendidamente de arte moderno—es de cobre y el clima y la salinidad del aire ya lo han dañado. A Merino, que era pintor en sus ratos libres, debe haberle gustado ese adefesio.  Cualquiera que se dirija hacia el edificio del Congreso en la Avenida Pedro Montt, puede ver esa escultura que semeja eso… el entrelazamiento de unos mojones, además la oxidación del cobre le ha acentuado ese color excremental. (Ahí quisiera invitar a los muchachos que intentaban derribar el monumento a Baquedano, a que echen abajo ese gigantesco monumento a la evacuación intestinal erigido a instancias del almirante-pintor).

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¿Por qué decir todas estas cosas? Precisamente para hacer notar que, así como queremos mejores condiciones de vida, salud, educación, transporte público, pensiones y medio ambiente, también la belleza es parte de las aspiraciones humanas. La mayor parte de los chilenos vive en ciudades y queremos que éstas sean bien cuidadas, gratas de ver y seguras. La belleza urbana no tiene por qué ser sólo un privilegio para quienes viven en los barrios de altos ingresos: una ciudad descuidada, sucia, llena de graffiti y con infraestructura destruida o sin funcionar es no sólo un atentado a la estética, sino que además hace más triste la vida de los más pobres. Por eso hay que evitar que la urbe siga siendo víctima de más ataques, aunque se hagan en el nombre de una modernidad que nadie se molesta en entender ni explicar.

 

Por Sergio Martínez (desde Montreal, Canadá)

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Desde Montreal, Canadá

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  1. Felipe Portales says:

    No solo la falta de visión de nuestras autoridades y -en ocasiones- el lumpen han ocasionado grave daño a nuestras ciudades. Especialmente nuestra clase alta -con su codicia y mal gusto- han echado a perder ciudades enteras. Particularmente grave ha sido la virtual destrucción de Con-Con, conjugada con la destrucción de sus dunas, tremendamente bellas y que constituían una reliquia prehistórica de incalculable valor. Y qué decir del adefesio
    efectuado en toda la zona costera entre La Serena y Coquimbo, donde se pudo hacer un precioso diseño urbanístico siguiendo la huella del Plan Serena.

    • Serafín Rodríguez says:

      Eso no es nada, profe! En Valdivia demolieron el histórico «Hotel Pedro de Valdivia» incluido el mural del gran comedor con una representación de la fundación de la ciudad que podría haber sido salvado y construyeron el adefesio del «Hotel Dreams». Como si esto fuera poco, también decidieron proteger el Fuerte de Niebla de la erosión que causa el tráfico de los visitantes y construyeron unas pasarelas de metal que relucen brillantes desde la distancia y no combinan para nada con el ambiente, el fuerte y su entorno. En el Palacio de Knossos en Creta, el que recibe millones de vistas al año, las pasarelas y sus barandas son de madera y se mimetizan con el terreno. Lo mismo ocurre en otros sitios arquológicos y turísticos del mundo como las cataratas de Iguazú o el Niágara en que las barandas y pasarelas combinan con el medo ambiente tal como muestran los videos y fotos en Internet, pero en Chile tenemos que ser la excepción que brilla por su imbecilidad.

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