
Las elecciones y la revolución
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“El Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera de la sociedad; tampoco es ‘la realidad de la idea moral’, ‘la imagen y la realidad de la razón’, como afirma Hegel. Es más bien un producto de la sociedad en una fase determinada de su desarrollo; es la confesión de que esta sociedad se ha enredado en una contradicción insoluble consigo misma y está dividida en antagonismos irreconciliables que no puede conjurar. Pero para que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en conflicto, no se devoren a sí mismas y no arrasen a la sociedad en una lucha estéril, se hizo necesario un poder que, aparentemente, se situara por encima de la sociedad, que amortiguase el choque y lo mantuviera en los límites del ‘orden’. Este poder, nacido de la sociedad, pero que se coloca por encima de ella y se divorcia cada vez más de ella, es el Estado.”
— F. Engels
Introducción
Chile enfrenta una coyuntura crítica para el sostenimiento del capitalismo: mantener el modelo neoliberal subordinado o asumir un proteccionismo igualmente dependiente bajo la tutela del imperialismo norteamericano. Las elecciones presidenciales no constituyen un hecho aislado: se insertan en una crisis estructural del sistema capitalista a nivel global, en una región atrapada por la lógica extractivista y en un país que atraviesa un proceso de descomposición social y debilitamiento institucional.
Frente a esta realidad, debemos afirmar con claridad: ninguno de los proyectos en disputa representa una salida real para los intereses del pueblo trabajador. Todos responden a una lógica común: preservar las estructuras del capital. Es la disputa interna de una casta —la denominada “clase política”— por definir quién administra mejor los negocios del capital y cómo se reparten sus privilegios. Ninguno expresa los intereses de la clase trabajadora, ni siquiera de forma parcial.
Una salida revolucionaria, la única que puede resolver de raíz los problemas sociales y abrir una verdadera perspectiva de desarrollo humano y soberano, no está hoy en el horizonte político visible, aunque las condiciones materiales para ella sean más que suficientes. La capacidad productiva mundial excede con creces las necesidades de la humanidad. La miseria no es resultado de la escasez, sino de una organización social fundada en la explotación. No se trata de un problema técnico de distribución, como sostienen reformistas y progresistas, sino de la necesidad de superar un modo de producción históricamente agotado, cuya base son las relaciones sociales de explotación.
Una sociedad basada en el desarrollo pleno de las capacidades humanas y orientada a satisfacer necesidades colectivas es hoy técnicamente posible. El único obstáculo es político: la ausencia de voluntad y dirección para emprender el camino revolucionario. A diferencia de procesos históricos anteriores, donde el cambio de sistema se dio como consecuencia de la evolución espontánea de las fuerzas productivas, el tránsito hacia una sociedad socialista exige conciencia, organización y dirección revolucionaria. De ahí la necesidad imperiosa de construir el llamado factor subjetivo: el partido revolucionario, capaz de orientar, organizar y educar al pueblo para la toma del poder.
Este factor no emerge de forma automática. Aunque las condiciones objetivas estén maduras, la revolución solo es posible si existe una fuerza social organizada con claridad política, teoría científica y dirección estratégica. Esa es la principal tarea del momento: la acumulación de fuerzas con conciencia revolucionaria.
El capitalismo en crisis orgánica
El capitalismo se encuentra en una crisis estructural y orgánica prolongada. La sobreacumulación de capital, la caída de la tasa de ganancia, la financiarización de la economía y la destrucción del medio ambiente son síntomas de un sistema en decadencia. Para mantener su tasa de beneficio, el capital intensifica la explotación del trabajo, extendiendo jornadas, precarizando condiciones y externalizando costos a escala global. Pero esto no resuelve su crisis: la agrava.
La sustitución del trabajo vivo por tecnología no anula el rol del proletariado; lo reconfigura. Lejos de desaparecer, la clase trabajadora se fragmenta, se dispersa y se precariza, pero sigue siendo el motor del sistema. Solo el trabajo humano genera valor, y en esa contradicción —entre la necesidad del capital de reducir costos y su dependencia del trabajo vivo— se expresa la naturaleza insoluble de la crisis actual.
El intento de resolver esta contradicción por medio de la guerra, la destrucción de fuerzas productivas y la militarización de la economía muestra el carácter criminal del imperialismo actual. Las guerras por recursos, el saqueo ambiental y la ofensiva geopolítica contra China son parte de esta estrategia de recomposición violenta del orden capitalista mundial. La humanidad vive un período de transición donde la única salida realista es revolucionaria.
América Latina y la dependencia estructural
En América Latina, la dependencia estructural del capital extranjero se expresa en la persistencia del modelo extractivista, el endeudamiento crónico, la precariedad laboral y la subordinación política. Chile representa uno de los casos más extremos:
Endeudamiento masivo como mecanismo de reproducción social.
Más del 50 % de los trabajadores gana menos de $500.000 líquidos.
Dependencia absoluta del cobre y el litio.
Avance del crimen organizado, la corrupción y la informalidad.
Chile vive una crisis de legitimidad estructural, donde el Estado ha perdido su función integradora y el orden social se descompone. El capital expulsa cada vez a más personas de la producción directa y las empuja a formas de supervivencia fuera de la legalidad o en el margen del sistema.
La moral, la ética, las instituciones y las leyes ya no rigen como mecanismos de cohesión: el dinero se ha erigido en el único principio rector. Esta descomposición no es simplemente cultural o moral; es el resultado directo del modelo de acumulación basado en la sobreexplotación y la exclusión.
El proletariado y los nuevos sujetos
Una crítica central que debemos asumir es no caer en una idealización de la clase obrera tradicional ni en una despolitización automática de los sectores populares excluidos. La clase trabajadora no ha desaparecido, pero ha mutado: hoy está feminizada, migrante, juvenil, tecnificada y fragmentada. Su rol en la producción de valor persiste, aunque con nuevas formas.
Junto a ella han emergido nuevas capas sociales funcionales al capital, muchas de ellas desclasadas en el sentido de estar desconectadas de la producción de mercancías y sin conciencia de clase. Viven bajo condiciones de subsistencia, sin posibilidad de organización colectiva ni referencia ideológica clara. Pero esto no implica que estén condenadas al nihilismo: son terreno de disputa política.
La Generación Z, por ejemplo, aunque excluida en gran medida de la producción material, es uno de los sectores más activos en las protestas sociales. Su potencial político depende de la capacidad de los revolucionarios para politizar su malestar, dotarlo de contenido estratégico y orientarlo hacia una salida colectiva.
Las elecciones y sus límites
El proceso electoral chileno no es expresión de una democracia participativa, sino una competencia entre fracciones de una misma clase dominante. La llamada “clase política” no es una clase social en el sentido marxista, pero sí una casta parasitaria funcional al gran capital, autodesignada y protegida por la legalidad burguesa. Su función es canalizar el malestar social dentro de los límites del orden.
La verdadera disputa no ocurre entre izquierda y derecha, sino entre distintas formas de gestión del capitalismo. La oligarquía chilena —los Luksic, Matte, Angelini, Edwards, etc.— son quienes realmente gobiernan. La “clase política” solo administra su poder.
En casi 300 años de evolución, el capitalismo ha perfeccionado la democracia representativa como forma de dominación. Solo en contextos de crisis profunda y debilidad burguesa pueden surgir procesos excepcionales como la Unidad Popular o la Revolución Bolivariana. Y cuando eso ocurre, el capital no duda en romper su propia legalidad y recurrir al fascismo o al golpe de Estado.
Estrategia revolucionaria
Para los revolucionarios, las elecciones no son un terreno de principios, sino un espacio táctico. Solo adquieren valor si permiten avanzar en la conciencia política, el desenmascaramiento del reformismo y la acumulación de fuerzas. Participar o no participar depende del análisis concreto, no de una postura moral.
Hoy, la única salida real a la crisis es una revolución socialista, pero no existen condiciones subjetivas para llevarla adelante. Esto implica que la tarea central es construir ese factor subjetivo revolucionario: una organización con capacidad de disputar hegemonía, articular demandas, levantar un programa de poder y orientar estratégicamente las luchas.
Esta construcción debe partir de una teoría revolucionaria actualizada, que asuma los cambios en las relaciones de producción, en los sujetos sociales y en las formas de lucha. No basta con repetir fórmulas del pasado: hay que elaborar una propuesta política capaz de dar respuestas a los problemas concretos del presente.
Conclusión
Las elecciones no son el terreno principal de la lucha de clases, pero sí un espacio donde se definen condiciones que afectan su desarrollo. La situación global del capitalismo nos empuja hacia el abismo. La revolución no es solo una necesidad histórica, sino una tarea política inmediata.
Paradójicamente, un gobierno progresista como el de Jeanette Jara puede abrir más posibilidades para la acumulación de fuerzas revolucionarias que uno abiertamente reaccionario como el de Kast o Matthei. Bajo un gobierno progresista, la vida del pueblo no mejora sustancialmente, pero permite mayor margen de acción política para los sectores organizados. En cambio, bajo el fascismo, incluso esa posibilidad se pierde.
La historia no se acelera por decreto. Se construye con estrategia, organización y conciencia. Hoy, más que nunca:
¡Chile no necesita reformas, necesita una revolución!
José Leiva





