
La ultraderecha asume todo el poder: una vuelta en redondo
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Al otro lado del jolgorio del sistema político, en especial de la ultraderecha, este debería ser un día triste para el pueblo. Por la intercesión de un gobierno que no entendió la diferencia entre gobierno y poder, que basado en ofrecimientos vacuos y desprovistos de principios de los que decían ser sus adalides, se permitió el avance arrollador de la ultraderecha.
Es necesario, eso sí, reconocerles una virtud. Asumieron quizás intuitivamente, que en política la decisión es la mitad del triunfo. Eso, que otros con centenaria historia de lucha con y desde el pueblo parecieron olvidar, fue determinante para todo lo que vino.
Así, enfrentamos una época en la cual todo aquello que significó algo en términos de justicia, reparación y fidelidad histórica, simplemente se va a diluir en la gestión de quienes, precisamente, fueron los instigadores, planificadores, ejecutores y encubridores de la asonada fascista que demolió con bombas el edificio en el que a esta hora se suceden los protocolos de un país que ha hecho del olvido su motor principal.
Chile ha dado una vuelta en redondo.
Y todo cuanto se habló de justicia, reparación histórica y del nunca más, hoy se ve superado por la vía de la solemnidad de los buenos amigos, la complacencia de la amistad cívica y la fiesta de la democracia que renueva sus votos.
Más allá del sarao y de las apariencias, hay un pueblo que no ha sido invitado al festín.
No solo al de los salones y formalidades, sino al que han disfrutado un puñado de poderosos, ese uno por ciento que se lleva la mitad de toda la riqueza, y que vive en un país que no es el de todos.
Chile es uno de los países más desiguales del planeta a pesar de ser rico en recursos que una democracia de verdad, no solo la que lleva a votar cada dos años y medio, podría destinar a la felicidad, o al menos a la tranquilidad de quienes viven con el sobresalto de las deudas, la incertidumbre de la cesantía y la tensión de un trabajo precario en salarios y estabilidad.
El orden del que este gobierno saliente fue uno de sus entusiastas precursores, a pesar de los puños alzados y los pañuelitos, ha sido egoísta con sus niños cuya educación es un sistema hecho para que los ganadores de plata ganen más plata aún. Un sistema que no tiene un norte transcendente, que no sabe para qué educa a sus hijos. Que los discrimina por fortuna y barrio.
Este es un sistema que premia al corrupto que viven del arreglín y el choreo. Vea no más cuántos de los altos dignatarios del sistema político están o han estado procesados por algún acto penado por la ley. Ya no digamos lo referido a las buenas costumbres o una ética mínima.
El sistema político completo estuvo a punto de caer empujado por el desprecio más generalizado que se ha logrado medir entre la población. Todas las instituciones que dan forma al Estado han pasado por situaciones en que sus jefes, dirigentes o mandos, han sido procesados e incluso condenados por robar lo que, en teoría, pertenece a todos.
Comandantes en jefe de todas las ramas de las Fuerzas Armadas, Carabineros, policía de Investigaciones, distinguidos diputados y senadores en ejercicio y retirados, severos ministros de la impoluta Corte Suprema, jueces y altos funcionarios del sistema penal pensado para perseguir delincuentes, prácticamente todos los partidos políticos, e infinidad de alcaldes y concejales, han sido protagonistas de grados variables de actos de corrupción, robo, exacciones, malversaciones y conductas reprochables. Muchos de ellos lucen hoy mismo sus galas en esta fiesta de la democracia.
Este día Chile termina un ciclo comenzado un martes con un cielo nublado, con aviones y sin dios.
La restauración de la dictadura esta vez por otros medios, tiene su punto mayor cuando el nuevo presidente luce con orgullo y plena razón la banda presidencial que usara el dictador en sus tiempos de gloria.
Este debería ser un día triste para el pueblo, pero al parecer no es así.
La cultura que el sistema impuso en medio siglo de educación sin alma ni vocación, destinada a formar personas sin razonamiento ni cultura, fue la precisa para el intento que hoy se ve concretado. La educación no cambia nada. Solo refuerza, confirma y perfecciona la cultura que la crea.
Súmese la religión de la deuda y el crédito. Agregue la componente contrainsurgente que los sucesivos gobiernos, unos más evidentes que otros, deslizaron en todas las leyes que tienen que ver con los trabajadores y sus derechos. El resultado han sido organizaciones sindicales y gremiales fantasmales o subsumidas por el sistema.
Vea qué pasó con las otrora aguerridas federaciones estudiantiles y la anemia, la anomia, que las hizo desaparecer como los sujetos que ponían los acentos y las razones.
Los partidos de la izquierda histórica, en especial el Partido Comunista, deberán estar a esta hora revisando sus aportes a esto que sucede en los salones cuando se entroniza la ultraderecha más peligrosa de cuantas hay en el continente y quizás en el planeta.
Este no es un cambio más, es un retorno a lo más execrable del ordenamiento político. Retrotrae a los tiempos de la persecución y la matanza y se estrena en momento en el que el planeta se retuerce entre la guerra y la incertidumbre vital.
Es un momento en el que los pueblos deben decir algo que supere el silencio cómplice al que lo han relegado quienes venían a cambiarlo todo y terminaron siendo cambiados ellos mismos ante el oropel del poder y el sueldo magnífico.
Se viene un tiempo duro y peligroso para la gente que trae el gesto propio del perpetuamente distraído por deudas, dudas y esa inextinguible necesidad de creer en algo que sea mejor que las seis cuotas precio contado.
Y que no está por ninguna parte.
Ricardo Candia Cares





