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Zanjas, muros y fantasmas: la frontera como espectáculo político

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Hay decisiones que buscan resolver problemas. Y hay decisiones que buscan representar soluciones. La “franja fronteriza” impulsada por José Antonio Kast parece inscribirse, cada vez con mayor claridad, en la segunda categoría: una política que se construye más como señal que como solución.

La excavación de zanjas en la frontera norte —primer gesto visible del llamado “Plan Escudo Fronterizo”— no solo ha abierto surcos en el desierto, sino también en la discusión pública. Y lo que emerge es menos un consenso en torno a su eficacia que una creciente inquietud sobre su sentido.

La promesa de control: orden como narrativa

El gobierno presenta la medida como parte de un sistema integral: zanjas, muros, tecnología, despliegue militar. Un dispositivo de control que promete cerrar lo que durante años ha sido una frontera porosa.

El relato es simple y eficaz: frente a la migración irregular, orden. Frente al desborde, control. Frente a la incertidumbre, una línea trazada en la tierra.




Pero la política pública no se mide por su claridad narrativa, sino por su capacidad real de intervenir en problemas complejos. Y ahí comienza la tensión.

La contradicción estructural: cerrar sin poder cerrar

Chile comparte con Bolivia y Perú una de las fronteras más extensas y geográficamente complejas de la región. Altiplano, desierto, pasos no habilitados: un territorio que históricamente ha resistido cualquier intento de control total.

La evidencia comparada es clara: las barreras físicas no eliminan los flujos migratorios, los desplazan. Lo que hoy se bloquea en un punto, mañana aparece en otro. La frontera no se cierra, se reconfigura.

Aquí aparece la primera contradicción estructural del plan: se promete control total en un espacio donde ese control es, por definición, incompleto. Se instala una expectativa que la propia realidad geográfica y social desmiente.

La frontera como símbolo: política de alto impacto, baja resolución

Desde la oposición, la crítica ha sido consistente: se trata de una medida “simplista” frente a un fenómeno complejo. No porque no tenga efectos —los tiene, en puntos específicos— sino porque no aborda las causas estructurales de la migración.

El riesgo es conocido en política pública: confundir visibilidad con eficacia.

Una zanja es visible. Un dron es visible. Un muro es visible.
Pero la migración responde a dinámicas mucho menos visibles: crisis regionales, redes transnacionales, economías informales, políticas de asilo.

La pregunta entonces no es si la medida funciona en un punto determinado, sino si resuelve el problema en su conjunto. Y ahí la respuesta es mucho menos convincente.

Escalamiento regional: de política interna a señal externa

Lo que comenzó como una política doméstica ha comenzado a escalar en el plano internacional.

El presidente interino de Perú, José María Balcázar, introdujo una advertencia cargada de historia: “cuidado con volver a la época del Muro de Berlín”. No es una comparación menor. Es una forma de señalar que las soluciones basadas en barreras físicas han tenido, históricamente, un rendimiento limitado y un alto costo simbólico.

Desde Bolivia, el exmandatario Jorge “Tuto” Quiroga fue aún más directo: habló de un “gesto hostil” y de “enemistad”. La crítica no se limita a la eficacia de la medida, sino a su impacto en la relación bilateral.

Aquí emerge una segunda contradicción: una política que se presenta como defensa del orden interno, pero que genera desorden en el plano regional. Se busca control hacia adentro, pero se tensiona la integración hacia afuera.

Integración versus cierre: una tensión latinoamericana

América Latina no ha construido históricamente muros entre sus países. No por falta de conflictos, sino por una tradición —imperfecta, pero persistente— de fronteras permeables y relaciones interdependientes.

La propuesta de Kast rompe con esa tradición. Se acerca más a modelos externos —como el estadounidense— que a la lógica regional.

Esto no es solo un cambio técnico, es un cambio político: redefine cómo Chile se posiciona frente a sus vecinos. De la cooperación imperfecta a la desconfianza estructural.

Y esa redefinición no ocurre en el vacío. Ocurre en una región marcada por crisis migratorias, fragilidad institucional y equilibrios diplomáticos delicados.

El factor humano: entre disuasión y riesgo

Otra crítica relevante apunta a las consecuencias humanitarias. La experiencia internacional muestra que cuando se endurecen las fronteras, los flujos no desaparecen: se vuelven más peligrosos.

Rutas más largas, condiciones más extremas, mayor exposición a redes ilegales. La política de disuasión puede terminar incrementando los riesgos para quienes intenta disuadir.

Esto introduce una dimensión ética que no puede ser ignorada: ¿hasta qué punto el control territorial justifica el aumento del riesgo humano?

Populismo punitivo: cuando la solución precede al problema

La oposición ha calificado la medida como populista. No en el sentido superficial del término, sino en uno más preciso: una política que responde más a la demanda de certezas que a la complejidad del problema.

El populismo punitivo opera así: identifica un problema real, ofrece una solución visible, simplifica su implementación y maximiza su impacto simbólico.

La zanja cumple con todos esos elementos.

Pero el problema es que, en política pública, la simplificación excesiva suele tener un costo: la ineficacia a largo plazo.

El riesgo democrático: gobernar desde la excepción permanente

Más allá de la medida específica, hay un elemento que merece atención: el tipo de gobernabilidad que se instala.

El plan incluye no solo infraestructura, sino también cambios en reglas de uso de la fuerza, mayor presencia militar y una lógica de excepción en zonas fronterizas.

No se trata de afirmar que esto constituye, por sí mismo, una ruptura democrática. Pero sí de advertir una tendencia: la expansión de herramientas extraordinarias para abordar problemas estructurales.

Cuando la excepción se vuelve permanente, el equilibrio democrático comienza a tensionarse.

La historia como advertencia

Las zanjas pueden cavarse rápido. Las políticas públicas, no.

La historia está llena de muros que prometieron orden y terminaron siendo símbolos de fracaso. No porque no funcionaran en lo inmediato, sino porque nunca resolvieron lo que decían resolver.

Chile enfrenta un desafío real en su frontera norte. Negarlo sería irresponsable. Pero enfrentarlo con soluciones que privilegian el impacto sobre la eficacia puede ser, también, una forma de evasión.

En política, las señales importan. Pero cuando las señales reemplazan a las soluciones, el riesgo no es solo la ineficacia, sino la erosión de la confianza pública.

Y entonces la pregunta deja de ser técnica y se vuelve histórica:

¿estamos construyendo una política fronteriza… o un nuevo símbolo de nuestras propias limitaciones para gobernar problemas complejos?

Simón del Valle

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



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Simon Del Valle

Periodista

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