
Chile no está quebrado: lo que sí está en quiebra es el discurso del gobierno
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No. Chile no está en quiebra.
Y repetirlo desde una cuenta oficial del Estado no lo convierte en verdad: lo convierte en irresponsabilidad.
El gobierno ha decidido instalar una narrativa alarmista —“no hay plata”, “Estado quebrado”, “caja vacía”— como si se tratara de un eslogan más en la batalla política diaria. Pero esto no es una consigna cualquiera. Es lenguaje económico con consecuencias reales.
Porque cuando un Estado dice que está quebrado, no está opinando. Está enviando una señal al mundo.
Y esa señal, en términos estrictos, significa una sola cosa: que el país no puede pagar sus deudas.
Eso no es Chile hoy. Ni cerca.
Una afirmación grave —y falsa
Un país quebrado es un país en default. Sin acceso al crédito. Con su moneda desplomándose. Con inversionistas huyendo. Con su reputación financiera dañada por años.
Nada de eso está ocurriendo.
Chile sigue financiándose en los mercados internacionales, mantiene su capacidad de pago y continúa operando con normalidad en su institucionalidad fiscal. Sí, con tensiones. Sí, con menos margen. Pero funcionando.
Entonces, ¿por qué decir que está quebrado?
Porque políticamente conviene.
La construcción de un relato
El mensaje es claro: herencia desastrosa, Estado devastado, manos atadas. Es un relato útil para justificar decisiones impopulares y trasladar costos al pasado.
Pero ese relato se construye sobre una distorsión deliberada.
Chile no está en quiebra. Tiene déficit. Tiene deuda. Como la mayoría de los países después de una pandemia global. Pero sigue siendo un país solvente.
Confundir —o hacer creer— que ambas cosas son lo mismo no es un error técnico. Es una estrategia.
El peligro de creerse el propio discurso
El problema es que estas palabras no circulan solo en redes sociales. También son leídas por mercados, inversionistas y agencias internacionales.
Decir que el país está quebrado, aunque sea en tono político, erosiona la credibilidad. Y la credibilidad es uno de los activos más importantes de una economía.
Se puede perder rápido. Recuperarla cuesta años.
Jugar con eso para ganar una discusión interna es, como mínimo, imprudente.
El Mepco como coartada
La excusa inmediata es el precio de la bencina: no se puede bajar porque “no hay plata”.
Pero el Mepco nunca fue una herramienta para fijar precios a voluntad. Es un mecanismo de estabilización con límites. Su uso depende de decisiones fiscales, no de una supuesta quiebra.
El Estado podría decidir gastar más en subsidios. La pregunta es si quiere hacerlo y a qué costo.
Pero decir que no puede porque el país está quebrado es una simplificación burda.
No es falta de capacidad. Es una decisión.
Cuando la política degrada la economía
Aquí hay algo más profundo que una discusión técnica. Hay un deterioro del estándar del debate público.
Cuando el gobierno exagera la situación económica hasta niveles ficticios, no solo desinforma. También rebaja la conversación a un terreno donde los hechos importan menos que el impacto.
Y eso tiene consecuencias.
Porque gobernar no es solo tomar decisiones. Es también explicar la realidad con precisión. Sin adornos, pero sin distorsiones.
El costo de la exageración
Hoy Chile no está en quiebra.
Pero instalar esa idea sí puede generar daño.
Puede aumentar la incertidumbre. Puede debilitar la confianza. Puede afectar la percepción internacional del país.
Todo por una narrativa que, en el fondo, busca algo bastante simple: justificar el presente culpando al pasado.
Una línea que no se debió cruzar
Hay discusiones legítimas sobre gasto público, deuda y prioridades fiscales. Son necesarias. Urgentes, incluso.
Pero hay una línea que no se debió cruzar: decir que el país está quebrado cuando no lo está.
Porque cuando el Estado habla, no habla como un usuario más. Habla con el peso de una institución.
Y ese peso exige responsabilidad.
Hoy, más que las finanzas públicas, lo que está en cuestión es algo igual de importante: la seriedad con que se ejerce el poder.
Simón del Valle





