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Gobernar no es jugar al Excel: la semana en que el gobierno mostró que no está listo

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Si alguien todavía tenía dudas, esta semana el gobierno decidió despejarlas con entusiasmo: no basta con ganar una elección para saber gobernar. Y lo que hemos visto no es una mala semana, es un recordatorio bastante brutal de eso.

Porque una cosa es prometer orden, eficiencia y mano firme desde la oposición —donde todo es fácil y gratuito— y otra muy distinta es sentarse en el poder y descubrir que la realidad no cabe en una planilla Excel. Ahí es donde empiezan los problemas. Y vaya que empezaron.

El famoso plan de recortes fiscales fue presentado como si fuera una cirugía necesaria. El problema es que el “cirujano” entró al pabellón sin diagnóstico político y terminó metiendo bisturí donde no debía. Programas sociales sensibles, como la alimentación escolar, quedaron en la mira. ¿Resultado? Incendio inmediato. Porque sorpresa: nadie, ni sus propios electores, reacciona bien cuando siente que le están quitando lo básico.

Y lo más llamativo no fue el error —todos los gobiernos los cometen—, sino la torpeza para manejarlo. Salieron a explicar tarde, mal y a medias. Después vinieron las aclaraciones, los matices, los “no quisimos decir eso”. Traducción: improvisación. Un gobierno que comunica así no está conduciendo, está parchando.




Pero lo realmente preocupante no es el error puntual, es el patrón. Porque mientras afuera trataban de apagar el incendio, adentro el gabinete hacía lo suyo: pelear en público como si nadie estuviera mirando. El cruce entre Vivienda y Hacienda no fue un simple desacuerdo técnico. Fue una señal clarísima de que aquí cada uno está tocando su propia canción, y nadie dirige la orquesta.

Y cuando no hay dirección, lo que hay es ruido. Mucho ruido.

En medio de ese caos, el gobierno insiste con su “megarreforma” económica como si fuera la solución mágica a todo. Menos impuestos, más inversión, crecimiento. El mantra se repite como si por insistencia fuera a volverse realidad. Pero mientras tanto, el resto del país sigue funcionando —o intentando hacerlo— sin mucha claridad de hacia dónde va esto.

Porque fuera de esa obsesión económica, la agenda simplemente no aparece. Cultura paralizada, políticas sociales en revisión eterna, regiones mirando desde lejos cómo se toman decisiones sin mucha conexión con el territorio. Gobernar no es elegir un tema favorito y olvidarse del resto. Eso no es liderazgo, es fijación.

Y claro, los efectos ya se sienten. Seguridad, economía, inmigración —las grandes banderas— hoy generan más dudas que certezas. Y eso no es porque la oposición esté “instalando un relato”. Es porque cuando un gobierno improvisa, la gente se da cuenta. No hace falta mucho análisis para verlo.

Lo que pasó esta semana no es un accidente. Es un síntoma. Un síntoma de un gobierno que llegó con seguridad en sí mismo, pero sin el oficio necesario para sostenerla. Que cree tener claridad, pero no logra traducirla en decisiones que funcionen en el mundo real.

Porque gobernar no es decir “hay que hacer esto” y esperar que ocurra. Es anticipar conflictos, ordenar equipos, construir respaldo y ejecutar con precisión. Y hoy, nada de eso está pasando.

El problema es que el tiempo en política no es infinito. La paciencia se agota. La confianza también. Y cuando la percepción de desorden se instala, sacársela de encima es como intentar desinventar un meme: simplemente no ocurre.

Así que no, esto no fue solo una semana difícil. Fue una advertencia en pantalla gigante. Una de esas que los gobiernos inteligentes toman en serio.

La pregunta es si este lo es.

Porque si la respuesta es no, entonces lo de esta semana no fue el punto más bajo.

Fue apenas el comienzo.

 

Félix Montano



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