
La batalla cultural y sus riesgos
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Las imágenes de Joaquín Lavín hijo esposado y declarado en prisión preventiva acusado de delitos de fraude al fisco, tráfico de influencias y falsificación de instrumento privado mercantil, es pariente directa del juicio que se le sigue a su mujer, la exalcaldesa de Maipú que tuvo a bien llevarse gran parte de la municipalidad para su casa. Y se hermana con la investigación a la que está sometida la senadora Camila Flores, la que habría robado una cantidad aun no determinada de dinero correspondientes a las arcas fiscales.
Si se considera que la UDI y RN son los partidos con mayores casos de corrupción demostrados, vaya a saber usted cuantos más hay en la oscuridad, es de suponer que esa carcoma corrupta es en gran medida un rasgo inherente a la ultraderecha: un timbre cultural mucho más nítido que un caso aislado de un par de ladrones.
Cierto es que por el lado de izquierda neoliberal hay numerosos casos en que importantes personeros ligados a partidos de la exConcertación y del Frente Amplio aprendieron rápido eso que dijeron les causaba una repulsa ética.
Resulta de toda justicia afirmar que la costumbre de robar lo que les pertenece a todos los chilenos, se ha transformado en un rasgo de la cultura política chilena, la que viene decayendo hace rato.
Súmese la ofensiva del actual gobierno en contra de políticas que, aunque escasas y egoístas, los gobiernos dícese que progresistas, de la izquierda democrática o de la centro izquierda, al menos dejaban un poco para el populacho que nunca toca nada. Una miseria impresentable, pero qué se le va a hacer
Las declaraciones de los últimos días del presidente Kast que hace gala de una ignorancia difícil de creer, le agrega otro pelo a la leche: la cultura de la ultraderecha, toda derecha es ultra, resulta de una combinación de un amor desenfrenado por el dinero, ignorancia supina y un odio palpable a todo lo que huela a pobre.
En ese concierto de temer: ¿qué hace la izquierda revolucionaria oculta en un silencio que más bien parece una inexplicable cobardía ante la obligación de salir al ruedo y dar la pelea?
Da la impresión de que no tenemos la capacidad ni legitimidad ni la temática para salir a dar lo que la ultraderecha nombra como la batalla cultural justo en los momentos en que esa cultura de quienes se han hecho de prácticamente todo el poder, despliega sus mejores galas que avergüenzan en su mediocridad de ladrones y semianalfabetas funcionales.
La ultraderecha no tiene mucho que mostrar en términos de aportes culturales en la construcción histórica de la nación más allá de matanzas, traiciones, explotación, abusos y el avance a sangre y fuego allí donde ha habido algo que robar en tierras y vidas humanas.
La configuración de este país y sus macabras desigualdades obedece a la imposición de un sistema de explotación basado en un patriarcado fundado en la división entre plebeyos y patrones, explotadores y explotados, rotos y poderosos.
En la base de esta cultura patronal no hay sino abusos, violaciones, robos y la generación de una aristocracia que se ha dedicado a explotar la tierra y al ser humano.
Todo el resto, que es en el fondo lo que vale, que no tiene precio y que da forma a la basta cultura nacional, ha sido desarrollado por el pueblo llano y trabajador, por sus organizaciones y luchas, por sus políticos honestos y por sus artistas e intelectuales.
El pueblo de Chile, traicionado innumerables veces en la historia, debe asumir su contraparte ante el avance desmesurado de los sectores más oscurantistas de la historia que hoy se alzan con casi todo el poder por la intercesión de los irresponsables pequeñoburgueses que un día se lanzaron a jugar a la política, y de los partidos otrora revolucionarios que perdieron la brújula, el decoro y todo lo demás.
El arte popular y sus innumerables expresiones deben ser un arma mediante la cual se particularice a niveles de la comprensión masiva de quienes se ven sojuzgados por un orden aplastante, las propuestas de resistencia y construcción. El conocimiento sistemático de los fenómenos naturales y sociales deben ponerse al servicio de proyectos de escala humana y no para que los inmorales que tienen al ser humano al borde de la locura y la muerte, ganen aún más dinero. Nadie sabe para qué.
Llama la atención que los intelectuales genuinamente de izquierda, los investigadores que dominan las claves de la dominación y de las leyes naturales, aquellos que saben objetivamente que este sistema es necesariamente inhumano, no levanten su voz airada y masivamente cuando se obra en contra de la inteligencia, del sentido de lo humano y su trascendencia.
Y sorprende que los cultores de las artes, gente jugada que en los tiempos más peligroso supieron decir lo suyo y dar herramientas de lucha por medio del canto, la poesía, el teatro, el cine y toda iniciativa del arte, hoy parece que no estuvieran perturbados por lo que se avecina y no estuvieran estremecidos de bronca por el peligro que se cierne sobre un orden que desde hace treinta años viene de mal en peor desde el punto de vista de la gente mentida y manipulada.
Haría falta un remezón de la inteligencia y la creatividad para estremecer a la gente y dar razones e impulsos. Haría falta convencerse de que la de ahora es una dictadura en un estado en que parece democracia y su gradualidad nos ha hecho creer que las cosas están bien así, cuando en realidad, no pueden estar peor.
Así sea que se corra el peor riesgo: ganarse la bronca de aquellos a los que se quiere ayudar a ver.
Ricardo Cardia Cares





