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El presidente Kast estrellado con la realidad

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En las siguientes breves líneas de esta columna, estimo importante revisitar una tesis que cobra mayor vigor con cada revisión del acontecer nacional, consolidándose como una inquietud que persiste de manera recurrente en el análisis de nuestra realidad. Esta es: la persistente discrepancia performativa del presidente, la cual genera no solo decepción en sus electores, sino también una profunda incertidumbre en un país que clama por certezas de todo tipo. Entiendo por disonancia performativa como la fractura existente entre la narrativa proyectada y la praxis política; una contradicción donde el acto se distancia irremediablemente de la convicción subyacente. En este contexto, la administración de José Antonio Kast exhibe una inconsistencia ética manifiesta al cuestionar el manejo de los recursos públicos de gestiones previas, centrando su retórica en una crítica obsesiva hacia Gabriel Boric. No obstante, de manera paradójica, su gestión sostiene remuneraciones sumamente elevadas para su círculo de asesores y equipo gubernamental. Esta misma disonancia se observa ante el incremento en el costo de los combustibles: mientras en el pasado instaba a la rebelión y a la protesta social frente a tales alzas, hoy su mandato se enfrenta a las mismas vicisitudes que otrora fustigaba, evidenciando una preocupante ausencia de coherencia entre su discurso y la realidad que hoy le toca conducir.

 

Lamentablemente, el presidente José Antonio Kast no está emitiendo las señales de estabilidad que se esperaban de él; quienes le dieron su voto buscaban posicionar la seguridad en un mundo acelerado y cambiante, pero hoy no existe claridad sobre sus objetivos ni sobre el rumbo que tomará el país bajo su mandato. Este escenario se vincula con la carencia de un proyecto político sólido, tanto en la cúpula del Partido Republicano como en la figura de Kast, un punto que ya se había advertido anteriormente. A esta falta de visión se suma la ausencia de cuadros políticos capaces de articular un plan de la envergadura que la nación requiere, lo que en la práctica acarrea consecuencias significativas.

 

Lo que sí se perfila con nitidez en la administración de José Antonio Kast es una priorización del mercado, con un énfasis marcado en el esfuerzo individual y un presupuesto sumamente ajustado. Es evidente que el gobierno percibe los beneficios sociales como un gasto excesivo que desincentiva el trabajo, aunque paradójicamente lo que se observa es el favorecimiento de un «capitalismo de amigos», donde resurgen las disonancias performativas propias del mandatario.

 

Bajo esta gestión, el futuro se precariza mediante el fin del ascensor social y la generalización de empleos precarios que fragilizan las condiciones de vida, sumado a una desinversión en lo público. Esto alimenta la decepción en la juventud, que cuestiona el sentido de participar en política si nada transforma su realidad vital. Fenómenos como los homicidios juveniles, portonazos, riñas escolares viralizadas y una violencia sin un relato que la contenga, tienden a agudizarse en un gobierno que convierte la política en un mero espectáculo. Esta violencia anómica actual representa el costo de la desigualdad ante la falta de un proyecto colectivo nacional.




 

La viabilidad de un proyecto nacional se ve comprometida ante la actual fragmentación social, donde los espacios de encuentro transversales se han desvanecido. Instituciones como escuelas, barrios y centros hospitalarios operan bajo una segmentación por ingresos que, lejos de ser una novedad, revela cómo la ciudadanía habita en burbujas estancas que rara vez convergen. Esta dinámica erosiona la confianza interpersonal y política, elementos indispensables para la cooperación en pos de un horizonte compartido. Desde el año 2010, Chile carece de consensos fundamentales sobre el modelo de sociedad deseado, la tensión entre el rol del Estado y el mercado, o la fisonomía de nuestra identidad cultural en un contexto marcado por la migración y el reconocimiento de los pueblos originarios. Ante la ausencia de un relato aglutinador, el quehacer político se degrada a una mera administración de crisis coyunturales, renunciando a la construcción de un porvenir común y profundizando la percepción de una sociedad fracturada.

 

A pesar de la resistencia de algunos sectores, el panorama es complejo. La derecha ha logrado imponerse en la batalla cultural, controlando el sentido común y la hegemonía, lo que explica la amplia mayoría obtenida por Kast. No obstante, tras ese triunfo, la gestión parece haber chocado con el obstáculo insalvable para cualquier sector de las derechas: la realidad.

 

Fabián Bustamante Olguín.

Académico del Departamento de Teología, Universidad Católica del Norte, Coquimbo.



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Fabián Bustamante Olguín

Doctor en Sociología, Universidad Alberto Hurtado Magíster en Historia, Universidad de Santiago Académico Asistente del Instituto Ciencias Religiosas y Filosofía Universidad Católica del Norte, Sede Coquimbo

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