
Los resorts en zonas de guerra no quieren construirse solo en Gaza: ya existen en el Sáhara Occidental
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Dajla, en el Sáhara Occidental ocupado, es ya un paraíso turístico construido sobre un territorio en conflicto: surf, resorts y cine normalizan la ocupación marroquí. Si un resort en Gaza escandaliza, los de Dajla deberían hacerlo igualmente.
En julio de 2026, mientras el mundo se indignaba por el anuncio de un mega‑resort en la Franja de Gaza, otra costa — más silenciosa, más alejada de las pantallas, pero no menos disputada — seguía prosperando en el corazón de un conflicto olvidado. Dajla, en el Sáhara Occidental ocupado por Marruecos desde 1975, es hoy una de las capitales mundiales del turismo de postal: surf, kitesurf, hoteles de lujo, spas frente a un mar que no pertenece a quienes lo habitan. La normalización de la ocupación pasa también por aquí: por las olas, los cócteles, las piscinas infinitas. Y por una autopista de 1.055 kilómetros que corta el territorio en dos, bautizada — no por casualidad — con el nombre de Donald J. Trump.
El paralelismo con Gaza no es una provocación: es un hecho. Si un resort construido en un territorio devastado y asediado escandaliza a la opinión pública, entonces los resorts de Dajla deberían escandalizar igualmente. Porque la lógica es la misma: transformar un territorio ocupado en un producto turístico, borrar la historia, sustituir la memoria por el marketing y volver invisible a un pueblo que sigue reclamando autodeterminación.
Un conflicto que dura medio siglo
Para comprender la metamorfosis turística del Sáhara Occidental, hay que volver a 1975, cuando España abandonó el territorio sin organizar el referéndum de autodeterminación previsto por Naciones Unidas. Marruecos ocupó militarmente la región, mientras el Frente Polisario proclamaba la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y se refugiaba en los campamentos de Tinduf, en Argelia.
En 1991, un alto el fuego mediado por la ONU prometió un referéndum que nunca se realizó. Desde entonces, el Sáhara Occidental permanece suspendido: un territorio clasificado por la ONU como “no autónomo”, pero administrado de facto por Marruecos, que controla alrededor del 80 % gracias al “muro de arena” de 2.700 kilómetros.
En diciembre de 2020, Estados Unidos — bajo la administración Trump — reconoció la soberanía marroquí sobre el territorio, a cambio de la normalización de relaciones entre Marruecos e Israel en el marco de los Acuerdos de Abraham. Fue un borrado del derecho internacional. Desde entonces, la diplomacia occidental ha adoptado progresivamente la narrativa marroquí: autonomía sí, autodeterminación no.
Dajla: la capital del surf construida sobre el silencio
Dajla es el símbolo de esta normalización. En los últimos diez años, la ciudad ha sido transformada en un polo turístico global: resorts de lujo, escuelas de kitesurf, festivales internacionales, inversiones millonarias. Los folletos hablan de “paraíso intacto”, “olas perfectas”, “desierto mágico”. Ni una palabra sobre el hecho de que el territorio está ocupado. Ni una palabra sobre el pueblo saharaui. Ni una palabra sobre el conflicto.
El negocio del surf se ha convertido en una de las principales palancas económicas de Marruecos en la región. Las escuelas de kite atraen cada año a miles de turistas europeos. Los hoteles se levantan sobre tierras que, según el derecho internacional, pertenecen al pueblo saharaui. Las concesiones se otorgan sin consulta, en violación de las sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, que ha establecido repetidamente que el Sáhara Occidental es distinto de Marruecos y que cualquier explotación de recursos debe contar con el consentimiento del pueblo saharaui.
Pero el turismo no es solo un negocio: es una estrategia política. Convertir Dajla en un destino glamuroso significa reescribir la geografía del conflicto. Significa hacer olvidar que, a pocos kilómetros de los hoteles, existen puestos de control, bases militares y un muro que separa familias desde hace cincuenta años.
La Odisea de Christopher Nolan: el cine como herramienta de ocupación
En 2026, el caso de la película Odisea de Christopher Nolan mostró hasta qué punto la cultura puede utilizarse para legitimar una ocupación. El director, atraído por ventajas fiscales y logísticas ofrecidas por el gobierno marroquí, rodó varias escenas en el Sáhara Occidental ocupado.
María Carrión, directora del FiSahara, declaró: «Podría haber elegido cualquier duna del mundo, pero no esta». El set fue blindado: activistas, cineastas saharauis y personas políticamente expuestas fueron mantenidas a distancia, a menudo por la fuerza. Carrión definió la película como un «film extractivo»: no solo explota el paisaje, sino que contribuye a borrar la historia del territorio, transformándolo en un decorado neutro, disponible, sin pueblo.
El cine, como el turismo, se convierte así en una herramienta de ocupación: estetiza el desierto, elimina el conflicto, normaliza la presencia marroquí.
La autopista Trump: infraestructura para la ocupación
En 2026, Marruecos inauguró la «President Donald J. Trump Highway», una autopista de 1.055 kilómetros que conecta Tiznit con Dajla. Mil millones de dólares para una infraestructura que no es solo una carretera: es un monumento político.
La dedicación a Trump es un homenaje al presidente que reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Pero también es un mensaje: la ocupación es irreversible, permanente, normalizada. La autopista sirve para integrar económicamente el Sáhara Occidental en Marruecos, facilitando el transporte de fosfatos, pescado, productos agrícolas y — sobre todo — turistas.
Es la materialización física de un trueque geopolítico: territorio a cambio de alianzas.
Gaza y Dajla: la misma lógica de borrado
Cuando en 2026 se anunció un mega‑resort en la Franja de Gaza, la indignación mundial fue inmediata: ¿cómo se puede construir un paraíso turístico en un territorio devastado, asediado, aún en guerra?
Pero la pregunta debería ser más amplia: ¿por qué los resorts de Dajla no generan la misma indignación?
Si un resort en Gaza es un escándalo, entonces los de Dajla también lo son. Si es inaceptable construir piscinas infinitas en un territorio bombardeado, también lo es construirlas en un territorio ocupado. Si Gaza no puede convertirse en un producto turístico, el Sáhara Occidental tampoco debería serlo.





