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Fin de la hegemonía mundial de EE. UU. y el nuevo Medio Oriente

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Desde el ataque sorpresa de EE. UU. e Israel a Irán, el 28 de febrero, la realidad muestra hoy una situación geopolítica y económica completamente nueva en Medio Oriente.

La guerra aparecía originalmente en el plan de los agresores como una rápida acción militar que duraría pocos días: decapitación del Gobierno; bombardeos a gran escala; una revolución popular previamente ensayada contra el Gobierno, que se suponía no tenía apoyo social; y el ataque de milicias kurdas del Kurdistán iraní[i], que se ocuparían de contribuir a la caída final de la República Islámica.

Nada de eso ocurrió, como puede verlo todo el mundo ahora. Han transcurrido ya cinco largos meses de guerra, con interrupciones y falsos episodios de paz. E Irán continúa en pie. No solo eso. Ha pasado de defenderse de ataques discontinuos —así lo exigen las subidas y bajadas del precio del crudo en Wall Street— a responder a cada uno de ellos mediante una cuidadosa estrategia de «ojo por ojo, diente por diente», mostrando en su desarrollo un avanzado nivel de nueva de tecnología militar, la que hasta ahora, ha resultado ser simplemente superior a la de sus agresores. De ello dan cuenta la destrucción calculada y precisa en Israel y los bombardeos contra las bases norteamericanas en los países del Golfo Pérsico y Jordania. Superioridad que quedó de manifiesto al firmar EE.UU. el Memorandum de (des)Entendimiento donde Irán imponía su voluntad. Acuerdo roto de inmediato por Trump y sobre el cual Irán exige desde entonces su cumplimiento. El resultado concreto hoy de esta derrota es que Trump busca de cualquier manera terminar con este desastre lo más rápidamente posible. A lo que se opone Israel.

La resistencia y resiliencia iraníes se explican no solo por la profundidad de un país con 93 millones de habitantes, una superficie de 1.648.195 km² y una civilización de 5.000 años. Se explican también por la comprensión de que su propia existencia estaba, y todavía está, en juego. El funeral del asesinado Líder Supremo llevó, según las estimaciones difundidas, a por lo menos 20 millones de personas a las calles de varias ciudades. Ha demostrado el apoyo que tienen los Ayatolás. Y aunque el país ha sufrido grandes pérdidas económicas debido a los bombardeos y a las sanciones impuestas por EE. UU. durante décadas, el aumento de los precios del crudo ha permitido obtener importantes ingresos, que se utilizan en la reconstrucción y en la producción armamentística.




La amenaza existencial se explica porque el objetivo declarado era y es destruir Irán y dividirlo en pedazos para que las grandes potencias se hicieran con su petróleo, tal como lo hicieron desde comienzos del siglo XX ingleses y norteamericanos[ii]. Se trata también de asegurar para Israel el papel de hegemón regional, financiado y apoyado política e incondicionalmente por EE. UU., apoyo en el que participan importantes sectores financieros y empresariales estadounidenses y las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley en su conjunto llamadas el “lobby judío”[iii]. Y, en el mediano y largo plazo, disponer de posiciones estratégicas para la guerra contra China y Rusia.

El estrecho de Ormuz, símbolo de la victoria de Irán

Sin duda, la herramienta más formidable de Irán en esta guerra, ha venido de la mano no de las armas sino de la economía: tomar el control de las aguas del Golfo Pérsico y del estratégico estrecho de Ormuz, por donde pasa, como ya sabemos, alrededor del 20 % o más del comercio mundial de crudo y otros muchos productos.

Una decisión sorpresiva para muchos, pensada y perfectamente ejecutada. Este completo dominio de las aguas del Golfo por parte de Irán ha terminado convirtiéndose en una clara derrota para EE. UU. e Israel.

Ni los bombardeos aéreos ni la Marina de EE. UU. han podido vencer en su intento de abrir dichas aguas al tráfico naviero. Los bombardeos han cesado después de confirmarse su inutilidad y la evidente disminución del inventario armamentístico disponible por parte de EE. UU. La aviación se queja de tener que bombardear los mismos objetivos varias veces porque ya no tiene más objetivos en su lista de destrucción.

La Marina estadounidense, por su parte, ha debido retirarse del teatro de operaciones. No consigue entrar en las aguas del Golfo por temor a su destrucción casi asegurada a manos de las defensas iraníes. La guerra moderna ha enviado a los grandes portaaviones y buques de guerra a un segundo plano. Son blancos fáciles de misiles y drones, los que han resultado casi imposibles de neutralizar. Hasta el punto de que EE. UU. ha adoptado la curiosa actitud de pretender bloquear el tráfico en el Golfo y su estrecho desde el exterior del Golfo. Una medida totalmente ineficiente, dadas los miles de kilómetros que habría que controlar en mar abierto. Una tarea prácticamente imposible.

Mientras tanto, Irán y Omán, su vecino del frente al otro lado del estrecho, ultiman un acuerdo para el cobro de peajes a los barcos comerciales. Algo similar acontece hoy en Suez, el Bósforo, los Dardanelos y otros pasos estratégicos. No utilizan allí el nombre de peaje, sino el eufemismo «tasas obligatorias por servicios de navegación», lo que viene a ser prácticamente lo mismo.

Así, los norteamericanos se han quedado sin opciones reales para vencer la resistencia de Irán, ni por aire ni por mar. Tampoco por tierra. Irán está a unos 10.000 km de EE. UU. Solo pensar en la logística que supondría transportar medio millón de efectivos o más para tomar una costa y permanecer en ella, sometidos a un bombardeo incesante, ha hecho desistir a los más porfiados estrategas militares del Pentágono. Porque si dicha fuerza militar no fuera capaz de permanecer y establecer su control sobre las aguas del Golfo, no tendría ningún sentido una aventura semejante y potencialmente mortal. Sin embargo, como Trump no escucha, la locura de una invasión terrestre continúa abierta como opción.

Por otra parte, hacia el fin de esta etapa de la agresión, Israel ha tenido que refrenar su odio eterno hacia Irán. El temor a una mayor destrucción, después de la ya recibida, y el hecho de que su famoso escudo de protección haya demostrado su incapacidad para detener los supermisiles iraníes han morigerado su actitud. Ahora se dedica a rearmarse y, para ello, ha reducido sus ataques. Pero no en Gaza ni en el sur del Líbano, donde su ejército continúa con el genocidio. Que europeos, canadienses, británicos, japoneses y otros países de Occidente no ven, con honrosas excepciones como la de España. Se mantienen callados, demostrando la doble moral de sus gobiernos y su complicidad con los asesinos. Las cosas como son.

Peligran los «petrodólares»

EE.UU. contaba y cuenta todavía con el apoyo de las monarquías familiares del Golfo Pérsico en su guerra contra Irán. Recordemos que estas tienen acuerdos con EE. UU. desde hace décadas: cambiar protección por «petrodólares» y obediencia política y diplomática. Con ello se ha mantenido de forma no despreciable la arquitectura mundial de un esquema Ponzi donde el dólar continúa siendo la moneda de reserva mundial. Según este esquema, estos países se obligan a vender su petróleo en dólares norteamericanos, lo que hace que esta moneda sea indispensable para los compradores de todo el mundo. Pero, además, dicho acuerdo establece la obligación a estos mismos países de invertir parte de las utilidades en el propio EE. UU.

Hoy los países del Golfo dudan de este viejo acuerdo tan favorable a EE. UU. La confianza en el dólar en el mundo se está perdiendo. Los actuales 40 billones de dólares de deuda externa hacen dudar incluso al más respetuoso defensor de la solidez del dólar como moneda de reserva mundial. Basta observar lo que hace hoy Japón, uno de los mayores tenedores de bonos del Tesoro de EE. UU[iv].  Recordamos lo anterior para que se entienda mejor el peligro financiero que corre EE. UU. si termina dicho acuerdo con los países del Golfo o se ve seriamente mermado.

Irán ha golpeado una por una las bases militares estadounidenses ubicadas en todas las monarquías petroleras de la región, incluida una muy grande en Jordania. País que juega el papel de defensa aérea de Israel contra los misiles y drones iraníes que vuelan desde el Este. Prácticamente todas estas bases están destruidas o semi-destruidas. EE. UU. está reubicando al personal de estas instalaciones, tanto en Jordania como en el propio Israel, lo que es recibido con desagrado por parte del Gobierno sionista, en tanto Irán bombardea allí donde hay tropas norteamericanas en la región. Y hay un temor razonable por las consecuencias. Los mismos temores que tienen las monarquías petroleras, que hoy se ven entre la espada y la pared. Por una parte, están presionadas por EE. UU. para participar con ellos en la agresión contra Irán, algo que ha conseguido parcialmente y donde los participantes han escondido la mano. Por otra, temen que, al albergar activos militares estadounidenses, caigan sobre ellas misiles y drones, frente a los cuales las supuestas defensas de su «protector» no han funcionado. Todavía más, temen que sus instalaciones petroleras y otras críticas sean atacadas, tal como ya ha ocurrido. Enfrentan además, la amenaza mortal de la destrucción de sus plantas desalinizadoras de agua de mar para convertirla en agua potable. Sin ellas estos países simplemente no existirían como tales. Israel corre un riesgo similar. Sus plantas desalinizadoras aseguran el 80 % del agua potable del país[v]. Si fueran destruidas, sería preciso emigrar, tal como ya lo hacen muchos israelíes ricos. (En contraste, Irán recibe solo el 10 % de su agua potable de plantas desalinizadoras).

El objetivo de Irán es expulsar de la región del Golfo todas las bases norteamericanas. Ni más ni menos. Hasta aquí, demuestra que lo está consiguiendo. Un objetivo muy principal entre otros. Para los países del Golfo ha quedado más que claro que las bases norteamericanas no estaban ni están allí para defenderlos. Están para asegurar el dominio militar de EE. UU. sobre esos mismos países y para ayudar a Israel en su permanente enfrentamiento con Irán. El objetivo de Irán cobra así pleno sentido a los ojos de estos.

Tendremos crisis económica mundial

Una consecuencia de la guerra es la crisis económica que ya sentimos todos en el bolsillo. La sufren directamente los países petroleros del Golfo, al no poder sacar su petróleo para venderlo. Algunas de sus instalaciones petroleras y gasísticas han sido dañadas en distintos grados por los misiles iraníes. Algunas de esas instalaciones podrían tardar años en ser reconstruidas. Están perdiendo mucho dinero. Si a esto se agrega el hecho que el aliado yemenita de Irán, Ansar Allah han bloqueado por su parte el estrecho de Bab Al Mandel a la entrada del Mar Rojo que comunica con el Canal de Suez y con el al mar Mediterráneo, impidiendo las exportaciones de Arabia Saudita que en parte hace por puertos en esa zona. Dominio completo de Irán entonces en los dos estrechos.

Es toda la economía mundial la que sufre. Sin gas y petróleo todo se paraliza. Faltarán productos que provienen del petróleo o que sirven para su transformación: fertilizantes, plásticos y productos petroquímicos en general, además de helio y muchos otros productos. Faltarán alimentos. Y, claro, se encarecerán los transportes de todo tipo, así como los usos industriales que requieren mover prácticamente cualquier máquina en el mundo. Para algunas empresas esto significará la quiebra.

Los efectos de una profunda crisis económica mundial producto de lo que estamos viviendo son todavía tenues, según los expertos. Lo peor está todavía por venir. No hay que olvidarlo.

Como nota al margen, digamos que en 2025, Chile importaba un 42,7 % de su crudo desde Vaca Muerta, en Argentina[vi]. La disminución de la oferta ha hecho subir el precio mundial de acuerdo con el mercado. Economistas y agentes de Bolsa concuerdan en que subirá más. No sabemos qué pasaría si disminuye la oferta argentina para nosotros o cuanto subirá el precio. Esto, porque Chile tiene un contrato con Vaca Muerta desde 2026 a 2033 por $12.000.000 millones de dólares pero sin especificar precio fijo por barril, el que se calcula tomando como referencia el precio de mercado[vii]. Esto significa una cierta dependencia respecto de un país limítrofe con el cual el nuestro, lamentablemente, se ve muchas veces más como adversario que como amigo. Lo digo simplemente como un dato que conviene tener en cuenta. Geopolítica obliga.

La derrota de EE. UU. en esta guerra, provocada por ellos mismos, es observada con atención por todo el mundo. No solo por China y Rusia, sus enemigos estratégicos, sino también por europeos y algunos países asiáticos que hasta ahora han pensado siempre que podían contar con el paraguas defensivo norteamericano. Porque si EE. UU. no es capaz de defender a los países del Golfo derrotando militarmente a Irán, mucho menos podría defender a Europa y otros de ese miedo atroz y ficticio que representan Rusia y China. Los europeos comienzan a crear los instrumentos de su propia defensa común. La factura de esta carrera armamentística la pagarán los pueblos europeos.

Respecto de la victoria de Irán, es preciso hacer la salvedad de que Irán cuenta y ha contado en esta guerra con la valiosa ayuda militar encubierta de China y Rusia. Una ayuda invaluable para los sistemas de guía de misiles y drones además de equipos para la defensa, sobre todo la guerra electrónica. Ambas son potencias atómicas, y la segunda de ellas es, según algunos la principal potencia militar del mundo actual.

Pacto defensivo entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán

La noticia del fin de semana pasado ha caído como una bomba en Medio Oriente. Los tres países arriba mencionados, todos ellos de mayoría religiosa sunita, han decidido firmar un acuerdo formal para su defensa común, llevado a cabo el viernes 7 de Agosto en Riad. Entre otras cosas, han acordado su propia versión del artículo 5 de la OTAN, según el cual un ataque contra uno de ellos se considerará como un ataque contra todos. Un acuerdo complejo de implementar por las alianzas y conflictos anteriores de los participantes con países aliados de estos del acuerdo. Como quiera que sea este extraordinario acuerdo viene a confirmar el gran cambio sufrido en la región por la derrota de EE. UU. e Israel a manos de Irán. Los países del Golfo están llegando a una conclusión lógica. A la luz de la experiencia vivida, lo mejor es asegurar la propia seguridad. Surge así una nueva arquitectura de seguridad entre los propios países de la región. La vieja arquitectura con EE.UU como protagonista principal ha muerto en esta guerra. De modo que tenemos ahora, en el muy intrincado mapa geopolítico de Medio Oriente, un Eje de la Resistencia chiita formado por Irán, los yemenitas de Ansar Allah, Hezbolah en Líbano, Hamas en Gaza y las milicias chiitas de Irak. Ahora tenemos este nuevo eje digamos sunita recién descrito.

Las relaciones entre todos estos países son mucho más complejas. Entre ellos existe un cúmulo de disputas y fricciones, incluso con enfrentamientos armados. Mencionamos aquí apenas el último: la confrontación de Arabia Saudita contra los yemenitas de Ansar Allah en su frontera y la respuesta de estos, bombardeando instalaciones petroleras sauditas hasta hoy mismo (8 de agosto de 2026). Esta nueva alianza no solo dispone para su defensa del poderoso y moderno ejército turco y del enorme dinero saudita. Cuenta, además, con las armas nucleares de Pakistán y su ejército cercano al millón de efectivos en total. Aunque no tienen fronteras comunes y están relativamente lejos unos de otros, su posición, como un triángulo que domina buena parte de la región, bien podría hacer de ellos una alianza capaz de contribuir a asegurar la paz regional. El tiempo lo dirá.

Quien más debe estar preocupado con esta nueva alianza es Israel. No olvidemos que su plan expansionista del Gran Israel incluye parte de Egipto, parte de Turquía, parte de Siria, parte de Arabia Saudita y parte de Irak —si es que acaso no me falta algo—. De modo que esta alianza está enviando una poderosa señal de advertencia al Estado hebreo. Israel tendrá ahora que pensarlo dos veces antes de invadir Turquía, como ya lo anticipan recientemente los siempre belicosos sionistas, quienes son y han sido, a mi juicio, también el principal foco de desestabilización en toda la región.

El mundo que viene

Libre el mundo de una potencia dominadora, se ha abierto un nuevo período en el que habrá otras potencias disponibles para conquistar el mando. Es la propia necesidad creciente de seguridad de las grandes potencias la que hace que estas tengan que aumentar incesantemente su poder para mantenerse como hegemón. Al ser mayores, crecer y expandirse, van creando enemigos y rivales. Son las leyes del desarrollo histórico del poder en acción.

El estado de la Historia mundial es uno de guerras permanentes, más pequeñas o más grandes, en las que se imponen quienes tienen primacía militar, tecnológica y económica. Tres aspectos fundamentales. Todo imperio llegó a serlo porque, en su región del mundo, dominaba en estos tres aspectos. Cualquier mirada somera a la historia de los imperios, a su ascenso y declive, permite explicar estos procesos a partir de la forma en que se desarrollaron estos tres aspectos. Hay otros, por supuesto: profundidad geoestratégica; desarrollo cultural capaz de imponer un relato universalmente más o menos aceptado; grado de desarrollo y estabilidad política de esa civilización. Pero los primeros tres, creo, son los fundamentales. Ya un viejo estratega lo estudió largamente hace tiempo[viii]. Concordamos plenamente con el.

EE. UU. pierde en todos los tableros

Nadie puede predecir cómo y cuándo terminará esta guerra de EE. UU. e Israel contra Irán. Pero lo que queda indiscutiblemente claro es que con esta derrota el mapa geopolítico de Medio Oriente ha cambiado profundamente. EE.UU. ha dejado de ser casi formalmente la gran potencia dominadora del mundo. E Israel ya no es la potencia intermedia dominadora en dicha región.

Si a lo anterior agregamos que, en Ucrania, Rusia está cada día más cerca de completar su victoria militar contra la OTAN, la derrota de EE. UU. es por partida doble. La OTAN se muestra incapaz de invertir dicho proceso a pesar de los cientos de miles de millones de euros invertidos en préstamos y lo mejor de su arsenal convencional. Su tecnología militar y su capacidad de producción de armas no han dado el ancho. Su tozudez ideológica frente a la derrota le impide sentarse a discutir con los eslavos cuál será el destino final de Ucrania. Esta ha sido utilizada por EE. UU. para desarrollar sus planes estratégicos, que ya quedaban claros mucho antes de 2022. Bastaría con leer a Z. Brzezinski[ix]. El conocido asesor presidencial norteamericano afirmaba que: «Sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio euroasiático». Para el la independencia de Ucrania era la clave para impedir que Rusia pudiera reconstruir su esfera de influencia. Era, por lo tanto, imperativo expandir la OTAN hacia el Este.

Un aviso final para nosotros

En el mundo multipolar cada gran potencia tenderá a crear su propia esfera de influencia como siempre lo ha sido. Los países pequeños como el nuestro, que todavía se creen el cuento de que solos se puede maniobrar con éxito en este mundo, deben lograr que nuestros estrategas geopolíticos cambien esta visión tan errada, por otra que propicie alianzas regionales duraderas y pragmáticas, aplicando la «Realpolitik[x]». EE.UU nos ha permitido en los últimos 40 años ser el buen alumno neoliberal que se mostraba como ejemplo. No ha habido ahí mérito soberanista alguno de nuestros gobiernos. Ahora que “estamos en crisis” como anuncia en todos lados el Presidente Kast, interesa menos el alumno destacado. Somos tratados como siempre se trata a los vasallos. Ya lo advirtió Kissinger en su conocida sentencia: “puede ser peligroso ser enemigo de EE.UU, pero ser amigo de EE.UU puede ser fatal.”

Buscar la independencia económica por ejemplo, sería propiciar la formación del más que obvio triángulo del litio junto con Bolivia y Argentina, al que nos hemos referido en un comentario anterior. En un mundo multipolar, México y Brasil son los candidatos naturales para constituir a América Latina en otro polo importante que escape definitivamente de la relación de dependencia y el «patio trasero». No en contra de EE. UU., porque sería estúpido no reconocer su todavía inmenso poder, sino a favor de nuestros propios intereses, como lo hacen México y Brasil hoy, guardando todas las diferencias con estos dos grandes países. Con diplomacia y un gran sentido de la autodeterminación política y económica. Tenemos todos los recursos para hacerlo. Pensar que somos «socios estratégicos» de EE. UU. es una tontería mayúscula.

 

Patricio Serendero

[i] Región del noroeste de Irán que se extiende a lo largo de la frontera con Irak.

[ii] La intervención histórica de ingleses y norteamericanos en Irán está bien descrita en el libro Desorden, de Helen Thompson, 2022, Ed. Clube do Autor (en portugués).

[iii] “The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy” ,2007, John J. Mearsheimer y Stephen M. Walt

[iv] Nuestro Banco Central pareciera desconocer esta nueva realidad. Mantiene una enorme cantidad de Bonos del Tesoro de EE,UU entre sus reservas internacionales tal como lo comentamos anteriormente.

[v]     Informes oficiales del Gobierno israeli. Ver por ejemplo: https://embassies.gov.il/beijing/en/news/https-enewembassiesgovil-beijing-en-admin-contact?utm_source=chatgpt.com

[vi] Datos de la Comisión Nacional de Energía. Reporte del 30 de diciembre de 2025.

[vii]   Muy poco transparente es la información de ENAP y el gobierno sobre los precios que paga por el crudo. De hecho hay un oficio de este año de la Cámara de Diputados pidiendo dicha información.

[viii] Paul Kennedy, Auge y caída de las grandes potencias (1987); relación entre economía, tecnología y poder militar.

[ix] El asesor presidencial de J. Carter y conocido analista geopolítico Z. Brzezinski, El gran tablero mundial, 2007

[x] Término acuñado por el filósofo alemán Ludwig von Rochau, en 1853. «El secreto de la política no está en eliminar los males del mundo, sino en elegir el mal menor.» Esta debe ser pragmática y realista al margen de consideraciones ideológicas y morales, buscando defender los intereses materiales concretos del país.

 



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