
Bachelet abandona la carrera por la ONU: una candidatura atrapada entre Kast, Trump y la crisis del multilateralismo
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La expresidenta terminó su carrera por la Secretaría General de Naciones Unidas con apenas un voto favorable y once negativos. Su derrota no puede atribuirse únicamente a la decisión de Kast de retirar el respaldo chileno, pero tampoco puede ignorarse el efecto de dejarla sin el apoyo diplomático de su propio país, mientras en Estados Unidos sectores republicanos pedían expresamente bloquearla.
Michelle Bachelet llegó al final de su carrera por la Secretaría General de Naciones Unidas con un resultado difícil de disimular: un solo voto favorable, once en contra y tres países que no expresaron opinión en el tercer sondeo informal realizado entre los quince integrantes del Consejo de Seguridad. Un día después decidió retirarse.
Pero el 1-11-3 cuenta solamente el desenlace. No explica por sí solo cómo una candidata que comenzó respaldada conjuntamente por Chile, Brasil y México, con dos presidencias de Chile y una extensa trayectoria dentro de Naciones Unidas, terminó prácticamente aislada en el organismo que pretendía dirigir.
Para entenderlo hay que retroceder siete meses.
El 2 de febrero, el entonces presidente Gabriel Boric anunció desde La Moneda que Chile, Brasil y México presentarían conjuntamente a Bachelet. No se trataba de una candidatura improvisada. Había sido presidenta de Chile en dos ocasiones, primera directora ejecutiva de ONU Mujeres y alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. América Latina aparecía, además, como la región con expectativas de suceder al portugués António Guterres y nunca una mujer había ocupado la Secretaría General.
La presentación conjunta de Santiago, Brasilia y Ciudad de México pretendía darle desde el comienzo una dimensión regional. Los tres gobiernos dijeron entonces que la candidatura expresaba su voluntad de fortalecer el sistema multilateral.
Siete semanas después, esa arquitectura comenzó a desarmarse.
Kast retira a Chile
El 24 de marzo, apenas trece días después de asumir la Presidencia, José Antonio Kast retiró el patrocinio chileno.
La Cancillería argumentó que “la dispersión de candidaturas de países de América Latina y las diferencias con algunos de los actores relevantes que definen este proceso” hacían inviable la postulación. No fue solamente una declaración política: el Ministerio de Relaciones Exteriores anunció que la Cancillería y todas las embajadas chilenas dejarían de participar en los esfuerzos de promoción de Bachelet.
Al día siguiente Naciones Unidas registró oficialmente el cambio. La candidata chilena quedaba desde entonces nominada exclusivamente por Brasil y México.
Era una situación diplomática singular: una expresidenta de Chile aspiraba al máximo cargo de Naciones Unidas mientras su propio Estado había retirado la candidatura.
¿Condenó Kast a Bachelet?
Los datos disponibles no permiten afirmarlo. Once votos negativos en el último sondeo muestran que el problema terminó siendo mucho mayor que la posición chilena y no existe manera de demostrar que la permanencia de Chile hubiera revertido semejante correlación de fuerzas.
Pero tampoco es sostenible que la decisión de La Moneda haya sido irrelevante.
Durante los meses decisivos de una elección construida mediante conversaciones bilaterales, negociaciones y gestiones ante los quince miembros del Consejo de Seguridad, Bachelet perdió la red diplomática del país del cual había sido dos veces presidenta.
El excanciller Juan Gabriel Valdés, que participó en la campaña, relató posteriormente que en reuniones con diplomáticos extranjeros la pregunta aparecía una y otra vez: ¿por qué Chile había retirado a una candidata presentada por el propio Estado apenas semanas antes?
Brasil y México tuvieron que hacerse cargo de una campaña que originalmente había nacido tripartita.
México y Brasil continuaron
Claudia Sheinbaum decidió mantener el respaldo inmediatamente después de la retirada chilena. El 25 de marzo sostuvo públicamente que las razones para apoyar a Bachelet seguían vigentes: su experiencia, su defensa de la paz y los derechos y su concepción de Naciones Unidas como espacio para la resolución de conflictos.
Todavía el 25 de agosto, cuando la candidatura ya mostraba serias dificultades, la presidenta mexicana insistía en que Bachelet representaba una concepción basada en la paz, los derechos humanos, la Carta de Naciones Unidas y el multilateralismo.
Brasil también mantuvo formalmente el patrocinio. Lula recibió a Bachelet en Brasilia el 31 de agosto y ambos acordaron esperar el tercer sondeo antes de adoptar una decisión definitiva.
Había razones para la cautela.
En el primer straw poll, realizado el 30 de julio, Bachelet obtuvo seis votos favorables, cinco negativos y cuatro sin opinión. No era un buen resultado, pero tampoco equivalía a una candidatura desaparecida: ocupó el cuarto lugar.
Tres semanas después ocurrió el derrumbe.
En la segunda consulta cayó de seis apoyos a solamente dos, recibió seis votos de desaliento y siete países se declararon sin opinión. Quedó séptima entre ocho aspirantes.
El viernes 18 de septiembre llegó el golpe definitivo: un voto favorable, once contrarios y tres sin opinión.
La candidatura no sólo no había logrado conquistar nuevos apoyos. Había perdido cinco de los seis con que había comenzado.
El muro de las grandes potencias
La elección de un secretario general de Naciones Unidas no es una elección mundial convencional.
Los 193 integrantes de la Asamblea General realizan formalmente el nombramiento, pero el candidato debe ser previamente recomendado por el Consejo de Seguridad. Eso significa que Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido —los cinco miembros permanentes— disponen de poder de veto.
Bachelet lo sabía y concentró buena parte de su campaña en esas capitales.
En París fue recibida por Emmanuel Macron. En Beijing mantuvo reuniones con el vicepresidente chino Han Zheng y con el canciller Wang Yi. En Moscú conversó con Serguéi Lavrov.
La reunión rusa permite observar otro aspecto del problema. Lavrov señaló ante Bachelet que Moscú quería un secretario general “neutral, independiente” y comprometido con la totalidad de la Carta de Naciones Unidas. Rusia vinculó esa exigencia con sus conocidas discrepancias sobre Kosovo, Crimea y lo que considera dobles estándares occidentales.
Bachelet respondió defendiendo precisamente la independencia e imparcialidad del futuro secretario general.
China tampoco hizo público un compromiso. Durante la reunión con Wang Yi, Bachelet defendió el multilateralismo y señaló que Naciones Unidas debía fortalecer conjuntamente sus tres pilares: paz, desarrollo y derechos humanos. También reafirmó la política de una sola China.
Las reuniones demostraban que Beijing y Moscú estaban dispuestos a escucharla. No demostraban que estuvieran dispuestos a elegirla.
La puerta que no se abrió en Washington
Estados Unidos fue distinto.
Bachelet recorrió países miembros del Consejo de Seguridad, pero no consiguió una reunión de alto nivel en Washington. Según informó Folha de S.Paulo, la diplomacia brasileña solicitó a la administración Trump que recibiera a la candidata. Washington no respondió al pedido.
Y existía una oposición política explícita.
El 25 de marzo, parlamentarios republicanos de ambas cámaras del Congreso enviaron una carta al secretario de Estado, Marco Rubio, solicitando directamente que Estados Unidos vetara a Bachelet.
Los legisladores cuestionaron principalmente su actuación en materia de derechos reproductivos durante sus años en Naciones Unidas y sostuvieron que sus posiciones eran incompatibles con las prioridades que la administración Trump buscaba imponer al organismo internacional.
La carta es importante porque transforma una sospecha en un hecho comprobable: dentro del oficialismo estadounidense existía una campaña política organizada para bloquear a Bachelet.
Eso no permite afirmar que Estados Unidos haya emitido alguno de los once votos negativos conocidos este viernes. Los straw polls son secretos.
De hecho, el embajador estadounidense en Chile, Brandon Judd, aseguró el 8 de septiembre que Washington no había comunicado ningún veto.
“Ella es una candidata, así que la estamos considerando”, dijo. “No hemos dicho que la vayamos a vetar”.
Formalmente, por tanto, nunca hubo un veto estadounidense anunciado.
Políticamente, la hostilidad de un sector importante del poder republicano era pública.
Una candidata incómoda para la ONU de Trump
Hay aquí un conflicto que excede a Michelle Bachelet.
La candidatura había sido construida alrededor de conceptos como derechos humanos, multilateralismo, igualdad entre los Estados, cooperación internacional y fortalecimiento del sistema de Naciones Unidas.
Son precisamente algunos de los terrenos en los que la administración Trump ha planteado una revisión profunda de la política estadounidense hacia la ONU.
Bachelet tampoco escondió sus diferencias. A comienzos de septiembre habló de la crisis del multilateralismo y señaló que el poder blando estadounidense había disminuido mientras el de China había crecido.
Para entonces parecía haber asumido su propia situación.
“Sé que no voy a ser secretaria general”, dijo el 3 de septiembre en Santiago.
No era solamente una frase irónica. El segundo sondeo ya había mostrado que la candidatura estaba al borde del fracaso.
¿Una candidatura condenada desde el comienzo?
Los resultados permiten ahora una lectura fácil: Kast habría tenido razón en marzo y Bachelet nunca tuvo posibilidades.
La cronología obliga a ser más cuidadosos.
Cuando fue presentada en febrero contaba con tres Estados patrocinadores importantes de América Latina, una extensa trayectoria dentro de Naciones Unidas y un contexto en el que la región aspiraba a suceder a Guterres. Además, existía una fuerte demanda para que por primera vez una mujer condujera la organización.
No era una candidatura absurda.
Sí era una candidatura extraordinariamente difícil.
Necesitaba atravesar simultáneamente las diferencias entre las grandes potencias, la fragmentación latinoamericana y las resistencias ideológicas que su trayectoria despertaba especialmente en sectores del gobierno y del Congreso estadounidense.
A esas dificultades se agregó, apenas comenzada la carrera, la retirada de Chile.
Kast puede sostener ahora que anticipó correctamente el resultado. Su gobierno había afirmado en marzo que la candidatura era inviable y el 1-11-3 parece respaldar retrospectivamente aquel diagnóstico.
Pero queda abierta otra pregunta: cuánto contribuyó Chile a producir la debilidad que después presentó como inevitable.
No existe una respuesta contrafactual posible. Nadie puede saber cuántos votos habría obtenido Bachelet si Chile, Brasil y México hubieran mantenido durante siete meses una ofensiva diplomática conjunta.
Sí sabemos que eso nunca ocurrió.
Una derrota que trasciende a Bachelet
La derrota posee también una dimensión política para el progresismo latinoamericano.
La candidatura nació de tres gobiernos progresistas: Boric, Lula y Sheinbaum. Fue presentada como una defensa del multilateralismo, los derechos humanos y la cooperación internacional.
Luego Boric dejó La Moneda, Kast asumió la Presidencia, Chile retiró el patrocinio y Brasil y México continuaron solos.
Sería simplista transformar el resultado en una votación mundial entre izquierda y derecha. China y Rusia no forman parte del progresismo latinoamericano y poseen el mismo poder de veto que Estados Unidos. Cada potencia actúa según sus propios intereses y la elección del secretario general siempre ha sido una negociación geopolítica.
Pero también sería difícil ignorar el significado político del episodio.
Bachelet representaba una determinada concepción de Naciones Unidas justamente cuando el multilateralismo atraviesa una de sus mayores crisis desde la creación del organismo. Su candidatura chocó con un mundo marcado por la confrontación entre potencias, las guerras, el debilitamiento del derecho internacional y una administración estadounidense que pretende reducir y reorientar el papel de la ONU.
No cayó solamente una candidata.
Terminó también una apuesta de Brasil, México y, originalmente, Chile por instalar en la conducción de Naciones Unidas una figura latinoamericana identificada con los derechos humanos y el multilateralismo.
La paradoja final es difícil de ignorar.
Michelle Bachelet fue presidenta de Chile dos veces, dirigió ONU Mujeres y fue alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Llegó a Beijing, Moscú y París buscando los votos de las grandes potencias. Brasil y México mantuvieron su nombre hasta el final.
Pero llegó al último sondeo sin el respaldo diplomático de su propio país.
Y cuando aparecieron las quince papeletas sobre la mesa del Consejo de Seguridad, sólo una dijo que debía continuar.
Félix Montano
