
Aprobación en picada: política y temporalidad
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Por qué los gobiernos en ejercicio pierden tan rápido la aprobación con la que comienzan su mandato? La respuesta es conocida: Se suele decir que es porque sus errores e ineptitudes circunstanciales defraudan las expectativas. Pero hay una respuesta sociológica más interesante: la discordancia temporal.
La literatura científica llama promissory legitimacy —legitimidad fundada en la promesa— al apoyo que obtiene una autoridad por la credibilidad del porvenir que ofrece. Pero ese crédito se consume muy rápido. La política produce expectativas en días pero el crecimiento, el empleo, la seguridad o la productividad cambian en años. Entretanto, la opinión pública, sin embago, evalúa sin pausa.
Cada semana sin señales visibles deja de parecer parte normal de un proceso y empieza a leerse como incumplimiento de la promesa. Esta no desaparece de golpe: envejece mal.
Ahí es donde se activa un círculo difícil: La falta de resultados reduce la confianza; la desconfianza oscurece la lectura de cada dato; incluso una mejoría parcial parece tardía o insuficiente. El gobierno pierde así el crédito que necesitaba precisamente para explicar por qué sus políticas requieren tiempo. Pierde apoyo en el congreso pues ponerse del lado de quien denuncia la falta eficaciia resulta productivo en votos.
El gobierno de Kast propuso cambiar todo en 90 días. Quien promete rapidez no solo se obliga a actuar: vuelve políticamente sospechosa toda demora. Por eso el control del ritmo es tan importante como olvidado en política. Una promesa se mantiene viva solo si el futuro deja anticipos reconocibles en el presente: metas intermedias, mejoras parciales, protección para quienes soportan los costos y capacidad visible de corregir. Sin esas señales, el mañana deja de justificar el presente.
En Esperando a Godot, Samuel Beckett mostró una espera sostenida únicamente por la certeza de que algo llegará. Su fuerza corrosiva no proviene solo de la demora, sino de la ausencia de indicios. En política ocurre lo mismo: la espera se vacía cuando nada confirma que el futuro prometido se está acercando.
El problema de Kast no es que aún no haya cumplido todo. Es haber prometido una velocidad que los procesos sociales no obedecen. Un gobierno no puede vencer al tiempo. Pero sí puede evitar que cada día transcurrido deje de ser espera y empiece a parecer una refutación.
Mauro Basaure
director del Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual (TECSA) de la UNAB.





