
El primer 11 de septiembre de Kast: silencio en La Moneda, memoria en las calles
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Por primera vez desde el retorno a la democracia, el Gobierno decidió no realizar una conmemoración oficial del golpe de Estado. José Antonio Kast viajó a Los Ríos y llamó a mirar hacia el futuro. Pero el vacío de La Moneda fue ocupado por los actos de memoria y por declaraciones desde la propia derecha que mostraron que el silencio presidencial, lejos de cerrar la disputa sobre el pasado, terminó haciéndola más visible.
La Moneda permaneció este 11 de septiembre fuera de la conmemoración.
No hubo ceremonia oficial por los 53 años del golpe de Estado. Tampoco un mensaje presidencial al país ni un acto institucional encabezado por José Antonio Kast. El mandatario mantuvo su agenda y viajó a la Región de Los Ríos.
Es la primera vez desde el retorno a la democracia en 1990 que un gobierno chileno decide no realizar una conmemoración oficial de la fecha.
No fue un olvido ni una contingencia de agenda. Fue una decisión política.
Desde Corral, Kast explicó que “la historia no la podemos borrar”, pero agregó que tampoco se puede pedir a los chilenos que estén “condenados por nuestra historia” a no mirar hacia el futuro. Presentó sus actividades de gobierno durante la jornada como una forma de encontrarse con los problemas actuales del país.
El argumento fue reiterado por su administración. El subsecretario de la Secretaría General de Gobierno, Máximo Pavez, afirmó que el deber del Ejecutivo es “mirar los próximos 50 años”. El día anterior, el ministro del Interior, Claudio Alvarado, había explicado que el Gobierno pretendía contribuir a un Chile donde las diferencias políticas no condujeran nuevamente a “los extremos del pasado”.
La explicación parece sencilla: no mirar hacia atrás para evitar las divisiones y concentrarse en los problemas del presente.
Pero el silencio de un Estado sobre su propia historia nunca es completamente neutral.
Piñera también quería mirar hacia adelante
La comparación con Sebastián Piñera resulta particularmente reveladora.
Piñera tampoco quería que Chile permaneciera atrapado en las divisiones de 1973. Utilizó incluso palabras extraordinariamente parecidas a las que ahora emplea Kast.
Pero llegó a una conclusión exactamente inversa.
El 11 de septiembre de 2018 encabezó en el Palacio de La Moneda una ceremonia ecuménica por los 45 años del golpe, acompañado por Cecilia Morel, todo su gabinete, funcionarios de Gobierno y capellanes católico y evangélico.
Piñera dijo entonces que los países debían recordar su historia, pero no quedar “atrapados” en ella.
Y agregó una frase significativa viniendo de un presidente de derecha: que así como la izquierda había aprendido a condenar la violencia y respetar la democracia, la derecha había aprendido a condenar las violaciones a los derechos humanos y respetar la democracia.
No escondió lo sucedido. En su discurso habló del golpe militar, de la muerte de Salvador Allende, del bombardeo de La Moneda y, sobre todo, del “quiebre de nuestra democracia”.
Ahí está una de las diferencias fundamentales entre ambas derechas.
Piñera proponía mirar hacia adelante recordando. Kast propone hacerlo retirando al Gobierno del acto de recordar.
No es una diferencia protocolar.
Es una diferencia política.
¿Qué significa el silencio?
Desde 1990, los gobiernos democráticos han mantenido profundas diferencias respecto de cómo interpretar las causas del golpe, la Unidad Popular, la dictadura y la transición.
Pero gradualmente se construyó un mínimo institucional: el 11 de septiembre significó el quiebre de la democracia; durante la dictadura se produjeron violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos; y el Estado tiene responsabilidades permanentes respecto de la memoria, la verdad, la justicia y las garantías de no repetición.
Ese mínimo no obliga a tener una interpretación única de la historia.
Obliga a reconocer determinados hechos.
El Gobierno de Kast no necesitó reivindicar el golpe este viernes para modificar ese consenso. Le bastó con retirarse.
El problema es que el vacío dejado por La Moneda no permaneció vacío.
Durante la misma jornada, figuras de la derecha gobernante explicaron desde dónde entienden la decisión presidencial.
“Si es nuestra fiesta”
Una de las declaraciones más sorprendentes provino de María José Hoffmann, vicepresidenta de la UDI.
Hoffmann contó cuál había sido su primera reacción cuando supo que el Gobierno no realizaría ninguna ceremonia:
“¿Pero cómo, si es nuestra fiesta?”, recordó haber pensado. “Somos de gobierno, somos de derecha, nos toca celebrar a nosotros”.
Después explicó que había comprendido el sentido de la decisión presidencial y la interpretó como un gesto de encuentro. Añadió que si la izquierda esperaba que el Gobierno le hiciera “una fiesta”, estaba equivocada.
La dirigente quiso precisamente defender el gesto de Kast.
Pero su primera reacción resulta probablemente más reveladora que la explicación posterior.
Porque muestra que, para una dirigente importante de la derecha chilena, todavía puede surgir espontáneamente la idea del 11 de septiembre como una fecha de “nosotros”: una fecha de la derecha y, por tanto, susceptible de celebración cuando “somos gobierno”.
Cincuenta y tres años después del bombardeo de La Moneda y del comienzo de una dictadura de 17 años, la frase dice bastante sobre los límites de la pretendida neutralidad histórica.
Desaparecidos y reforma agraria
Más lejos fue el diputado republicano Luis Sánchez.
Al defender la decisión de Kast, argumentó que existen distintas visiones del 11 de septiembre porque los chilenos tienen diferentes historias familiares.
“Habrá gente que tiene familiares detenidos desaparecidos; yo, personalmente, tengo familiares que fueron víctimas de la reforma agraria”, señaló.
Sánchez explicó después que había crecido escuchando historias de sus padres y abuelos sobre personas que durante la Unidad Popular llegaban armadas a intentar sacar a familias de sus propiedades. Su conclusión fue que todos tienen historias y “traumas del pasado” que condicionan su visión de 1973.
No hace falta atribuirle al diputado palabras que no pronunció.
Basta observar la comparación que escogió.
Una política de transformación de la propiedad agrícola —iniciada antes de la Unidad Popular, durante los gobiernos de Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva, y profundizada bajo Salvador Allende— queda colocada argumentalmente frente a la desaparición forzada de personas ejecutada por organismos del Estado.
Puede discutirse la reforma agraria, sus procedimientos, sus excesos, sus conflictos y episodios de violencia.
Pero una controversia política o patrimonial y un crimen de lesa humanidad no constituyen categorías equivalentes.
Precisamente esa distinción es uno de los fundamentos del derecho internacional de los derechos humanos.
El silencio no produjo silencio
Y entonces ocurrió algo que probablemente el Gobierno no buscaba.
Mientras La Moneda se retiraba del 11 de septiembre, la conmemoración se trasladó con mayor nitidez fuera de ella.
Hubo homenajes en el Cementerio General, actos de organizaciones de derechos humanos, actividades en sitios de memoria, universidades y distintos puntos de Santiago y regiones.
Frente a la tumba de Salvador Allende se reunieron familiares, dirigentes políticos, exautoridades, estudiantes y ciudadanos. Gabriel Boric sintetizó allí el contraste de la jornada:
“No necesitamos ceremonias oficiales para recordar la historia”.
El expresidente agregó que, frente a quienes creen que es necesario dar vuelta la página y olvidar, existe un pueblo que se niega a hacerlo. Isabel Allende respondió también al argumento de permanecer anclados en el pasado: la memoria, sostuvo, habla del presente y del futuro.
Más tarde, dirigentes de partidos desde el Partido Comunista hasta la Democracia Cristiana acompañaron a familiares de Allende en un recorrido desde Morandé con Alameda hasta la Plaza de la Constitución, frente al palacio que fue bombardeado hace 53 años.
No corresponde todavía afirmar que este 11 de septiembre fue más masivo que los anteriores. Eso deberá establecerse con cifras, balances y una comparación que será posible hacer cuando termine la jornada.
Pero algo sí resulta evidente.
La ausencia del Gobierno no produjo la ausencia de la memoria.
Produjo un contraste.
La memoria fuera de La Moneda
Ese puede terminar siendo el hecho político más significativo de este 11 de septiembre.
Por primera vez desde 1990, el Estado —representado por el Gobierno y el Presidente de la República— decidió no ocupar el espacio institucional de la conmemoración.
Y precisamente por eso se hizo más visible todo lo que ocurrió fuera de él.
La paradoja es considerable.
Kast pretendió quitar al 11 de septiembre del centro de la agenda gubernamental para mirar hacia el futuro. Pero su silencio abrió inmediatamente la pregunta sobre el significado político de ese silencio.
Pretendió evitar una controversia histórica, pero durante las mismas horas dirigentes de la derecha hablaron de la fecha como “nuestra fiesta” y pusieron en una misma argumentación a los detenidos desaparecidos y las “víctimas de la reforma agraria”.
Pretendió retirar al Gobierno de una fecha que considera divisiva, mientras familiares, estudiantes, organizaciones sociales, antiguos dirigentes y nuevas generaciones ocuparon otros espacios para recordarla.
El primer 11 de septiembre de José Antonio Kast terminó así mostrando dos imágenes contrapuestas.
Una fue la de La Moneda sin ceremonia.
La otra, la de la memoria desplazándose fuera de La Moneda.
Y acaso allí se encuentre una respuesta al intento de dejar atrás el pasado.
La memoria histórica no existe solamente porque un gobierno la conmemore. Tampoco desaparece porque otro decida dejar de hacerlo.
Pertenece también a una sociedad que recuerda.
Y este 11 de septiembre, mientras el Gobierno eligió el silencio, esa memoria siguió hablando.
Simón del Valle
