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La patria de la resaca: violencia, inquilinaje y la ilusión del pañuelo al aire

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Se requiere transitar hacia un patriotismo cívico y republicano: uno que abandone la lógica del inquilino sumiso y asuma la incomodidad de la ciudadanía plena. Un patriota auténtico es el que cuestiona el poder, exige derechos, asume deberes comunitarios y combate el clasismo atávico que nos fractura

 

La zamacueca de Manuel Antonio Caro. #ColecciónMNBA

Hay un ritual atávico que cada septiembre ejecuta la sociología nacional con una precisión matemática. Se engalanan las fachadas, se revisten los espejos retrovisores con la tricolor, la autoridad se engalana con pins de la bandera patria en su solapa y se adquiere con devoción febril la quincalla de un patriotismo de vitrina que vacía de contenido la idea de nación para reducirla a una utilería desechable. Nos place la escenografía del entusiasmo, el festejo desmedido que sepulta momentáneamente la grieta social en el humo de las fondas. Sin embargo, detrás del zapateo y la copa alzada, la chilenidad suele amanecer en la misma desilusión amarga de siempre: una resaca no solo alcohólica, sino histórica, que revela la vaciedad de un colectivo que prefiere el fetiche ceremonial a la construcción de una comunidad política verdadera.

Para comprender la raíz de esta ficción festiva es indispensable acudir a la mirada histórica, con el fin de desmenuzar con rigor cómo la identidad chilena se ha construido sobre mitos fundacionales tramposos. La propia gesta independentista carga desde su génesis con una contradicción constitutiva que el relato escolar insiste en edulcorar. El hito de septiembre no nació de una gesta de emancipación popular o de un impulso democrático libertario, sino de una maniobra de la oligarquía criolla que, resguardando sus propios privilegios de clase, juró fidelidad provisional al rey Fernando VII. Aquella semilla ambivalente consolidó una república donde la libertad fue la prerrogativa de unos pocos, mientras que para la mayoría se tradujo simplemente en el cambio de amo. La chilenidad nació así, teñida por un elitismo estructural que condicionó el concepto mismo de patria.

Un baile en la casa de Gobierno.
Fuente: http://www.memoriachilena.cl//temas/documento_detalle.asp?id=MC0005039

Este marco histórico ayuda a explicar por qué la sociedad chilena parece atrapada en la sombra alargada de la hacienda. El «inquilinaje» no es solo una institución socioeconómica del pasado agropecuario; es, ante todo, una matriz cultural y subjetiva que moldeó la psique del ciudadano chileno. La estructura latifundiaria inculcó durante siglos la subordinación, el servilismo y la costumbre de mirar hacia arriba en busca de validación o paternalismo. El inquilino, desprovisto de deliberación y acostumbrado al favor del patrón, mutó con las décadas en un habitante contemporáneo que exige consumo, pero recela del ejercicio cívico. Nos enseñaron a obedecer antes que, a razonar, a aceptar la tutela antes que a ejercer la soberanía. El resultado es un país donde el disenso se observa con sospecha y la crítica audaz se tilda de traición, perpetuando un patriotismo de fachada que celebra los símbolos de la tierra mientras tolera la desposesión real de sus habitantes.




Violencia histórica

La consecuencia trágica de este esquema es que Chile ha sido moldeado por la violencia como constante histórica. Incapaz de procesar institucionalmente sus antagonismos profundos debido al peso de esa herencia dócil y jerárquica, el país resuelve sus crisis a través de explosiones sociales cíclicas. La historia nacional se lee como un péndulo fatal: largos periodos de una paz aparente y sofocante —impuesta por la disciplina estatal o el repliegue ciudadano— interrumpidos por revueltas telúricas que sacuden los cimientos del poder. Pero la tragedia radica en el desenlace de esta dinámica, pues la revuelta desprovista de una ciudadanía organizada y deliberante suele derivar, irónicamente, en un nuevo cierre autoritario. Volvemos así al punto de partida, sustituyendo un orden asfixiante por otro, en un bucle neurótico que nos impide madurar como sociedad.

Frente a este diagnóstico, resulta urgente desarmar el «patriotismo de fonda, resaca y fetiche». No necesitamos una patria que se reduzca al merchandising tricolor ni al patriotismo corporativo que apela a la unidad nacional solo cuando requiere cohesión para el mercado. El verdadero compromiso con la tierra y su gente no se mide por la estridencia del embanderamiento en septiembre, sino por la capacidad de romper el servilismo heredado. Se requiere transitar hacia un patriotismo cívico y republicano: uno que abandone la lógica del inquilino sumiso y asuma la incomodidad de la ciudadanía plena. Un patriota auténtico no es el que aplaude a ciegas los mitos del origen, sino el que cuestiona el poder, exige derechos, asume deberes comunitarios y combate el clasismo atávico que nos fractura.

Superar el bucle de la violencia y el repliegue exige resignificar la convivencia. Romper la inercia autoritaria no vendrá de una nueva imposición desde arriba ni del estallido irracional desde abajo, sino de la edificación paciente de un tejido social que se reconozca a sí mismo con capacidad crítica y soberana. Es momento de dejar de conformarnos con la ilusión de la fiesta de tres días que maquilla el desencanto del resto del año. Solo cuando despertemos de la resaca colectiva y sustituyamos la servidumbre del inquilino por el coraje de la responsabilidad cívica, podremos fundar, finalmente, una patria que valga la pena habitar.

 

Edison Ortiz

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