
Victoria de Die Linke (La Izquierda) en Berlín demuestra cómo se derrota a las ultraderechas
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El 20 de septiembre, Die Linke (La Izquierda) ganó las elecciones en Berlín con 25,7% de los votos, dejando atrás a la CDU (Democracia Cristiana alemana) que gobierna Alemania desde la cancillería. Es la primera vez en la historia del partido —contando a su antecesora, el PDS de la extinta RDA— que logra ser la fuerza más votada en unas elecciones regionales alemanas. Ni en los años noventa ni en su mejor década en la ex Alemania del Este había ocurrido esto. Ocurrió ahora, en la capital, contra el pronóstico que llevaba meses enterrando a la izquierda alemana.
No fue un accidente aritmético. La candidata Elif Eralp ganó su propio distrito directo con el 50% de los votos: no un escaño de lista, un mandato territorial, cuerpo a cuerpo. La campaña sumó 75.000 votantes que antes se abstenían, sobre todo menores de 44 años. Es una fuerza que no recicla a los mismos fieles: trae gente nueva a la política, justo cuando el hartazgo democrático parecía ser propiedad exclusiva de la extrema derecha en toda Europa.
La propia Eralp explica buena parte de ese resultado. Hija de socialistas y sindicalistas turcos que huyeron a Alemania tras el golpe militar de 1980, abogada de formación, pasó once años como asesora jurídica de la bancada de Die Linke en el Bundestag antes de dar el salto a la política electoral en 2021. No llegó como outsider mediático sino como cuadro forjado en el trabajo parlamentario y sindical —fue delegada sindical y miembro de la comisión de convenios colectivos en ver.di—, con una agenda centrada, sin ambigüedades, en la vivienda: expropiación de grandes inmobiliarias como Vonovia y un tope de alquileres para la vivienda pública. Sería la primera jefa de gobierno de izquierda en Berlín y la primera con raíces turcas, un dato que no es anecdótico en una ciudad donde la extrema derecha construye buena parte de su discurso sobre la migración.
Y no fue un fenómeno aislado de una sola ciudad-estado. El mismo domingo, en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, la combinación SPD-Linke-Verdes sumó mayoría parlamentaria pese a que la AfD (extrema derecha con dirigentes condenados por retórica nazi) ganó la primera posición en votos: la izquierda alemana, unida, sigue siendo capaz de bloquear a la ultraderecha incluso en el terreno donde ésta más fuerte se ha vuelto. La lectura fácil —»la AfD arrasa en todas partes, la izquierda alemana ya no tiene nada que ofrecer»— no resiste el contraste con lo que pasó esa misma noche en dos lugares distintos del país. Berlín y Schwerin, la misma noche, desmienten juntos el relato de la marea inevitable.
Lo que ocurrió esa noche no fue solo una victoria de Die Linke: fue una sustitución. El SPD, socio histórico del bloque progresista, se hundió a un dígito en Berlín y perdió terreno en el noreste pese a retener el gobierno regional. Donde antes el electorado de izquierda tenía una sola casa posible, ahora tiene otra que crece exactamente al ritmo en que la socialdemocracia se vacía. No es una izquierda que se divide y se debilita: es una izquierda que se reordena y encuentra, en el partido que hace una década parecía condenado a la irrelevancia, a su nuevo polo de gravedad.
El propio adversario lo reconoció sin rodeos. Stefan Evers, candidato de la CDU, calificó la campaña ganadora de «dinámica, confrontativa, poco ortodoxa» al admitir la derrota. Cuando el rival explica la pérdida por una mejor campaña, y no por el azar, conviene tomar nota: hubo estrategia, no solo viento a favor. Die Linke peleó por temas de clase —vivienda, costo de vida— sin diluirse ni correr detrás del discurso identitario que sí sedujo a una porción del electorado del BSW.
Quienes reducen todo esto a un nicho urbano-universitario deberían explicar por qué ese nicho —joven, hasta ahora desencantado— es precisamente el que crece en toda Europa, y por qué fue ahí donde la izquierda alemana logró, al fin, una victoria histórica. La hipótesis más simple no es que la izquierda esté agotada: es que en Berlín encontró la fórmula que el resto de la izquierda continental busca sin éxito hace años, mientras observa cómo la extrema derecha capitaliza sola el malestar social.
Queda, por supuesto, la pregunta de la gobernabilidad: ganar una elección no es lo mismo que gobernar, y el resto del arco político berlinés podría optar por aislarla en la oposición antes que aceptar un liderazgo de Die Linke. Pero esa es una discusión posterior, de aritmética parlamentaria, no una que borre el hecho político central: en la ciudad más grande y más observada de Alemania, la izquierda ganó, y lo hizo creciendo, no administrando una derrota digna.
Alemania tiene, desde ese domingo, un dato incómodo para quienes ya habían decretado el fin de la izquierda como fuerza de gobierno. Berlín demuestra que se puede crecer sin imitar a la ultraderecha y que un bloque de izquierda unido —Linke, Verdes, y los restos de una socialdemocracia en retirada— sigue siendo, hoy, el único dique real frente al avance de la AfD. Esa es la noticia de fondo, y es una noticia de esperanza.
Leopoldo Lavín Mujica
