
Estados Unidos nunca ha sido aliado de Chile (I)
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Ningún país con vocación imperial ha tenido verdaderos aliados, salvo circunstancialmente frente a “enemigos” comunes. Sólo tienen países competidores, resistentes o subordinados. Está en el ADN de aquellos estar siempre luchando por el mayor predominio posible en el escenario mundial para lo cual compiten con otros países con igual vocación y buscando subordinar a su hegemonía al mayor número posible de naciones. Y Estados Unidos prácticamente desde su creación ha tenido una vocación imperial, particularmente con el conjunto de países americanos. Esto fue enunciado ya en la tristemente célebre Doctrina Monroe, elaborada por su presidente James Monroe (1817-1823) y que dio cuño a la frase “América para los americanos”. Y claro, los estadounidenses siempre se han referido asimismo como “América” y a sus habitantes como “americanos”. Y han hablado del “sueño americano” y del “modo de vida americano” (“American Way of Life”). Y hoy de MAGA: “Hacer a América Grande Otra Vez” (“Make America Great Again”). De este modo, “América” son ellos, y lo demás del continente “nuestro patio trasero”, ¡como lo expresó el Departamento de Estado en una declaración reciente! (Ver “El Mercurio”; 16-9-2026).
Y en concreto, aquello se expresó en su gigantesca expansión territorial en el siglo XIX a través de guerras de conquista o de compras de territorios. Así, desde las trece colonias originales de la costa este se fue apoderando de todo el territorio hasta el Pacífico, a través de guerras genocidas contra una multitud de pueblos indígenas y de guerras contra México por el cual le conquistó más de la mitad de su territorio. Asimismo, a fines de dicho siglo, al vencer en una guerra a España se apoderó de Puerto Rico y Filipinas y convirtió a Cuba en una suerte de protectorado hasta 1933. Por otro lado le compró Florida a España; Luisiana a Francia; y Alaska a Rusia.
Y respecto de Chile las desavenencias surgieron desde el comienzo, producto de la actitud paternalista de los primeros enviados del gobierno de Estados Unidos a Chile. Así, de acuerdo a Eugenio Pereira Salas, el enviado William Gardner Worthington le señaló a Bernardo O’Higgins en 1818: “El mundo lo conoce a usted como el jefe militar de Chile, pero si usted sigue mis consejos, será conocido como el padre de este país. No le hago oficialmente estas indicaciones, sino en mi papel de gran amigo de la libertad y me ofrezco para tener con usted entrevistas familiares para tratar estos asuntos” (cit. en Hernán Ramírez Necochea.- Historia del imperialismo en Chile; Edit. Austral, Santiago, 1970; p. 36).
Y los primeros conflictos serios surgieron en 1819, cuando Chile capturó varios barcos estadounidenses en las costas peruanas, dado que Estados Unidos se negó a reconocer el bloqueo impuesto por la Escuadra Libertadora del Perú, comandada por Thomas Cochrane. La disputa por la carga requisada y por las indemnizaciones solicitadas por el país del norte pudieron resolverse recién en 1863, “esencialmente a favor de Estados Unidos, por el arbitraje del rey de Bélgica” (Fredrick B. Pike-. Chile and the United States. 1880-1962. The emergence of Chile’s Social Crisis and the Challenge to United States Diplomacy; University of Notre Dame, Notre Dame, 1963; p. 24).
Esto fue generando tempranamente una gran desconfianza y aversión. Así, Diego Portales –años antes incluso de convertirse en virtual dictador- expresó en una certera carta a su amigo José Cea en 1822: “El Presidente de la Federación de N. A., Mr. Monroe, ha dicho: ‘Se reconoce que la América es para estos’. ¡Cuidado con salir de una dominación para caer en otra! Hay que desconfiar de esos señores que muy bien aprueban la obra de nuestros campeones de liberación, sin habernos ayudado en nada: he aquí la causa de mi temor (…) Yo creo que todo obedece a un plan combinado de antemano; y ese sería así: hacer la conquista de América, no por las armas, sino por la influencia en toda esfera. Esto sucederá, tal vez hoy no; pero mañana sí. No conviene dejarse halagar por estos dulces que los niños suelen comer por gusto, sin cuidarse de un envenenamiento” (Ernesto de la Cruz.- Epistolario de don Diego Portales, Tomo I; Universidad de Chile, Santiago, 1930; p. 12).
Y ciertamente aquella profunda desconfianza se acrecentó a la luz de las también tempranas pretensiones chilenas de tener una hegemonía en el Pacífico, expresadas claramente en la guerra declarada por Chile a la Confederación Perú-boliviana (1836-39). Así, el mismo Portales le expresó en una carta al comandante en jefe de las fuerzas navales y militares de Chile, el general Manuel Blanco Encalada, el 10 de septiembre de 1836: “La Confederación debe desaparecer para siempre jamás del escenario de América. Por su extensión geográfica; por su mayor población blanca; por las riquezas conjuntas del Perú y Bolivia, apenas explotadas ahora; por el dominio que la nueva organización trataría de ejercer en el Pacífico, arrebatándonoslo (…) Cree el Gobierno, y este es un juicio también personal mío, que Chile sería o una dependencia de la Confederación como lo es hoy Perú, o bien la repulsa a la obra ideada con tanta inteligencia por (Andrés de) Santa Cruz, debe ser absoluta (…) Las fuerzas navales deben operar antes que las militares, dando golpes decisivos. Debemos dominar para siempre en el Pacífico: esta debe ser su máxima ahora, y ojalá fuera la de Chile para siempre” (Ibid.; Tomo III; Impr. de la Dirección General de Prisiones, Santiago, 1938; pp. 452-4). Por todo lo anterior fue bastante comprensible que en relación a dicha guerra, “Washington mantuvo una postura neutral, aunque en el fondo favorecía a la Confederación” (Heraldo Muñoz y Carlos Portales.- Una amistad esquiva. Las Relaciones de Estados Unidos y Chile; Edit. Pehuén, Santiago, 1987; p. 21).
Aunque a la vez hubo también genuinos intentos en los años 30 de promover una integración comercial entre los nuevos países del continente. Así, lo planteó el ministro Joaquín Tocornal, ante el Senado, en 1835: “Otros pueblos han comenzado su carrera con una industria floreciente que los hacía capaces de competir con los Estados que habían entrado antes que ellos en la escena del mundo. Nosotros no podemos disimularnos que la nuestra está en su infancia y que sería sofocada para siempre en su germen si no nos diésemos unos a otros la mano para desarrollarla y extenderla. Adoptando otro plan malograríamos mucha parte de las ventajas de nuestra independencia y, acaso, no habríamos más que pasar de un pupilaje a otro, en que nuestros recursos naturales permanecieran estancados en beneficio ajeno. Así que profesando escrupulosa imparcialidad para con las naciones extranjeras, hemos creído conveniente y necesario modificar esta regla general, reservándonos en los tratados de comercio la facultad de conceder favores especiales a las repúblicas hermanas y aplicando con más libertad esta excepción a aquellas que por su vecindad y por la naturaleza de sus productos parecían destinadas a formar con nosotros una confederación más estrecha” (Mario Barros.- Historia Diplomática de Chile 1541-1938; Edit. Andrés Bello, Santiago, 1990; pp. 120-1). Desgraciadamente, el proyecto chileno no tuvo acogida y “la guerra contra la Confederación terminó por sepultar la idea” (Ibid.; p. 121).
Y la desconfianza y aversión a Estados Unidos ya tuvo una expresión concreta en la propuesta de Pedro Félix Vicuña (fundador de El Mercurio de Valparaíso y padre de Benjamín Vicuña Mackenna) de 1837 de crear una Gran Congreso Americano con exclusión de Estados Unidos, propuesta que no fructificó. Y en los años 40 las relaciones entre ambos países se vieron muy afectadas por la abierta simpatía demostrada por Chile a México en su guerra con Estados Unidos (1846-48) y luego por la indignación de los chilenos “respecto del duro tratamiento que muchos de sus compatriotas recibieron durante la fiebre del oro en California” (Pike; p. 24).
Además, en 1846 se produjo un incidente violento en que estuvieron envueltos tripulantes de un barco estadounidense en Chiloé. Y a raíz de ello, el representante de la Misión de Chile en Estados Unidos, Manuel Carvallo, advirtió al Ministerio de Relaciones Exteriores: “Nada celebrará tanto este Gobierno (de EE. UU.) como tener algún pretexto para ejecutar tropelías en el Archipiélago (de Chiloé) y hasta pretender apoderarse de él. Para creerlo así me fundo en el interés que hace poco tiempo ha manifestado el pueblo americano (sic) de adquirir algún puerto en nuestras costas que sirva de asilo doméstico a su marina mercante. El Ministro argentino me ha informado que con tal objeto se ha presentado una petición al Congreso, o que se ha hecho una moción en él, pidiendo que se autorice al Presidente para entrar en negociación con Chile, o el Perú o el Ecuador sobre la adquisición de un puerto en Chiloé, Valdivia o algún puerto de la costa” (Ramírez; pp. 81-2).
Felipe Portales
(Continuará).
